Bandera LGTBI.
Bandera LGTBI.

El Tribunal Supremo prohibió el pasado mes de mayo a las administraciones el uso de banderas no oficiales, y hace tres semanas, basándose en este fallo, el Juzgado de lo Contencioso-Administrativo número 3 de Valladolid condenó hace tres semanas a la Diputación de Valladolid por colgar la bandera LGTBI en uno de los balcones tras la denuncia de la Asociación Española de Abogados Cristianos.

La sentencia parece perfectamente razonable: las instituciones oficiales representan lo que representan, el país o la comunidad autónoma o el municipio, y colocar al mismo nivel la bandera de los LGTB junto a la enseña que representa a todos los habitantes del territorio es, además de confuso, evidentemente discriminatorio.

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No, claro, para el ‘lobby’ feroz. El progresismo consiste en eso, en no admitir nunca un “no” por respuesta, no cansarse jamás y seguir alborotando y presionando hasta que todos aceptemos que son la religión oficial de la modernidad y nos arrodillemos ante ella.

Así, la FELGTB (Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales, si les interesa la sopa de letras) exige ahora que se deje de penalizar a las Administraciones locales que “ensalzan” la bandera LGTBI. Su presidente, Uge Sangil, ha pedido “una reflexión en este sentido, que se despenalicen por completo y de manera clara las muestras de apoyo a la igualdad de derechos y oportunidades para las personas LGTBI y que se ponga fin a este aluvión de decisiones judiciales contradictorias”, porque “censurar símbolos en favor de la igualdad y la libertad en las instituciones es inconstitucional”.

No tiene nada que ver con que la causa representada sea buena, mala o regular, legítima o ilegítima, sino con el hecho de que lo que se representa es otra cosa

¿A que no lo sabía usted, que prohibir en sedes oficiales que cada cual cuelgue su símbolo favorito es “censurar”? El argumento es interesante. Eso de “apoyar la igualdad de derechos y oportunidades” es absolutamente declarativo: les desafío a que encuentren una plataforma ideológica que se oponga a eso.

Así que, digamos, si usted es el responsable de una agencia oficial o de un consejería y apoya la “igualdad de oportunidades y derechos” entre nacidos y no nacidos, podría enarbolar junto a la bandera española, la de su ayuntamiento o autonomía, una enseña provida.

Pero no, fíjense, ni siquiera estoy abogando por ello. Aunque considero que la causa de la vida es infinitamente más justa y urgente que todas las causas sobre identidades basadas en el tipo de personas con las que deseas acostarte -ya saben, no hay derecho alguno si no hay derecho a vivir-, me parece justo y razonable que no se me permita hacerlo en un edificio oficial.

Y es que no tiene nada que ver con que la causa representada sea buena, mala o regular, legítima o ilegítima, sino con el hecho de que lo que se representa es otra cosa. Parece hasta tonto tener que decirlo, pero aunque mi firma valga tanto como la suya, querido lector, y probablemente sea más bonita, entiendo que la ley tenga algo que decir contra el hecho de que la estampe en un contrato suyo. Se llama falsificación.

Pero esto no va de nada tan aburrido como la ley o la lógica. Esto va de la hegemonía, del dominio, del despliegue de poder.

Bajo la Administración Trump se prohibió en la bandera arcoíris ondeara en las embajadas de Estados Unidos en otros países. La razón de que hubiera que prohibirlo era, naturalmente, que se hacía a menudo durante el Día del Orgullo, o la semana, o el mes. No tiene demasiado sentido estar en el extranjero, buscando la embajada de tu país, y ver ondeando en el edificio que lo representa, junto a la enseña nacional, la de un colectivo particular con sus particulares aspiraciones y visiones ideológicas que no puede representar la colectividad nacional ni lo pretende.

Es probable que esa prohibición quede abolida en las próximas semanas, porque el presidente electo, Joe Biden, se ha propuesto extirpar y revertir todo lo que ha hecho Trump y hacer como si nunca hubiera existido. La política en Estados Unidos volverá a ser lo que iba camino de ser con Obama, una rendición en toda regla al totalitarismo progresista. Solo que en esta rendición el ejército vencido no enarbola la bandera blanca, sino la arcoíris.

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