Pancarta feminista que despreciaba el peligro del coronavirus el pasado 8M de 2020.
Pancarta feminista que despreciaba el peligro del coronavirus el pasado 8M de 2020.

Nadie dejó su Mercadona más cercano sin papel higiénico cuando Greta Thunberg nos anunció el apocalipsis. Qué demonios, uno de los más píos devotos de la farsa climática, Barack Obama, se compró una carísima mansión playera en Martha’s Vineyard tan cerca del agua que una subida del nivel del mar de un palmo le arruinaría las petunias.

Tampoco cuando ganó Trump las elecciones. ¿Recuerdan todos los famosos y todos los ‘bots’ anónimos en redes sociales jurando por lo más sagrado (¿Planned Parenthood?) que con el magnate inmobiliario llegaban las doce plagas, que era un loco fascista que haría estallar el planeta y convertiría Estados Unidos en una reedición del Tercer Reich, y que ellos se irían del país si acontecía semejante catástrofe? Bueno, pues ganó, y al día siguiente no se detectaron importantes atascos en las entradas a Canadá o una subida notable en los vuelos a Europa.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Otro tanto podemos decir del ‘Brexit’. Otro cataclismo de pega.

¿Qué decir del Welcome Refugees? No muros, puentes. En Italia, cuando empezó a presentarse gente en los hospitales de Lombardía con síntomas de coronavirus, un miembro del partido gobernante -ahora no recuerdo el cargo- lanzó en redes una campaña, ‘Abrace a un chino’, para luchar contra el pánico y la discriminación. Muchos ingenuos se pusieron a abrazar orientales ocasionales para hacerse el ‘selfie’ solidario y colgarlo en redes, que era como colgarse medallas.

Con el feminismo es más difícil, porque la contradicción viene de fábrica, y el histérico “¡nos están matando!” convive sin problemas con el objetivo de volver sola y borracha a casa. Todos hemos leído comentarios de mujeres aterradas de que un tipo fuera por la calle en su misma dirección, pero tampoco parece que mujer alguna se haya encerrado en casa en medio de esa supuesta emergencia.

Pero ha bastado un puñado de muertes y la palabra ‘pandemia’ para que todos los españoles hayamos aceptado sin chistar arresto domiciliario por tiempo definido, una depresión económica espectacular a corto plazo y pelear por el último rollo de papel higiénico.

El miedo colectivo es la última y definitiva prueba de sinceridad, uno de los más eficaces detectores de lo que de verdad cree la gente, en contraste con lo que dice creer

Bienvenidos a una alarma real, que entre sus muchos males nos hace el favor de desenmascarar la patochada de las alarmas ficticias, ideológicas, desplegadas como signo de fe progresista. Así, como estamos ahora, es como se comporta la gente cuando realmente se lo cree.

El miedo colectivo es la última y definitiva prueba de sinceridad, uno de los más eficaces detectores de lo que de verdad cree la gente, en contraste con lo que dice creer. En medio de una cultura plagada de mentiras, de ficciones, de actuaciones teatrales para la galería, bajo el gobierno de un tipo que no dice una verdad ni aunque le paguen, el pánico muestra una refrescante franqueza.

Aquí hemos citado más de una vez la Segunda Ley de Conquest, según la cual toda institución no explícitamente conservadora acaba inevitablemente siendo de izquierdas. Pero en el caso que nos ocupa convendría más citar la primera, con un ligero retoque. Decía el historiador británico que todo el mundo es conservador acerca de aquello que conoce bien. En nuestro caso, podría decirse que nadie es de izquierdas cuando la realidad se hace inescapable. Al menos, no de la izquierda que padecemos hoy, la de la interseccionalidad, discriminaciones infinitas, proliferación de grupos de víctimas autodesignadas y alarmas de moda.

En malos tiempos como estos, ante una pandemia a la que no le puede importar menos tu ideología y en la que el ‘premio’ por equivocarse complaciendo la corrección política puede ser la enfermedad y la muerte, las modas ideológicas mueren una muerta súbita, inmediata.

Es viejo, lo hemos dicho hasta la saciedad, es tan obvio que da casi vergüenza repetirlo: si quieres saber en qué cree de verdad alguien, no escuches lo que dice, no leas lo que escribe, mira lo que hace. Puede cantar las glorias de la sanidad pública española, que si cuando se pone de verdad malita se va a la Ruber Internacional -como Carmen Calvo, Baltasar Garzón e incontables revolucionarios de buen pasar-, miente con toda la boca. Mira quién se preocupa por los que lo pasan mal, no quién se arroga su representación y habla en su nombre. Mira qué hacen con su dinero, con su propia vida. Iba a decir que hablar sale gratis, pero no, es mejor: decir determinadas cosas no solo no les obliga, sino que les renta extraordinariamente a muchos.

Por hacer un poco de examen de conciencia y aplicarme el cuento, he de decir que la cosa va mucho más allá de la política y nos afecta a todos. Casi ninguno de nosotros puede estar seguro de lo que en verdad cree hasta que no lo ha puesto a prueba, a una prueba sin trampa ni cartón como es la perspectiva de la enfermedad y la muerte. Ahora es el momento.

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