Fernando Simmón posa para 'El País'.
Fernando Simmón posa para 'El País'.

Lo último, un sonriente Fernando Simón mostrando una camiseta, imagino que diseñada especialmente para él por un fan, con la leyenda de ‘Puto Virus’. Es decir, lo penúltimo, porque el lector ya se habrá dado cuenta de que los medios adictos al régimen -como en cualquier verdadero régimen, casi todos- están empeñados en crear en torno a este patético ínútil un verdadero culto a la personalidad.

Veamos. El Gobierno no ha gestionado mal la crisis del coronavirus. Eso sería como decir que Genghis Khan fue un vecino incómodo, o Jack el Destripador un cirujano torpe. El desastre, la decastación en que ha convertido el Ejecutivo de Sánchez la pandemia es de los que se cuentan y no se creen, de los que no te salen peor ni intentándolo.

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¿En qué nos fijamos? En la megamanifestación del 8-M que el Gobierno no solo no desautorizó, pese a las advertencias oficiales llegadas desde todos los puntos imaginables sobre la barbaridad que era aquello, sino que animó a ir con machacón entusiasmo y mandó a ella una nutrida representación. Era por aquellos días que salió el ínclito Simón para asegurar que no había cuidado, que aquí habría, a todo tirar, uno o dos casos diagnosticados.

Uno o dos casos. Digiéranlo: eso ya bastaría para echarle fulminantemente y entre carcajadas sardónicas.

Es desmoralizador ver a ese fantoche convertido en un héroe; transmite el mensaje de que toda resistencia es fútil, de que no hay nada que hacer

Pero esperen. ¿Hablamos de los muertos, de esos más de 40.000, récord en defunciones por millón? ¿O del hecho de que se cambiaran tantas veces las formas de contarlos que nos hurtaran decenas de miles de muertos, escondidos como huevos de Pascua?

¿O de ignorar el luto hasta que conviniese, parando la contabilidad de fallecidos para no tener que cambiar el número que ya había dicho Sánchez?

¿O en las compras timo de tests que no llegaban y máscaras que no funcionaban, a empresas sin certificar, por intermediación de oscurísimas empresas en las que alguien habrá salido muy beneficiado?

¿O en que los medios extranjeros más afines al régimen se enfadaban, primero, con la gestión española, para acabar tomándosela a choteo y despreciando sus cifras?

¿O en los tumbos de las instrucciones, ahora sí, ahora no -gravedad de la enfermedad, necesidad de mascarillas, pruebas de diagnóstico…-, que han convertido la información en un caos?

¿O en los ancianos desatendidos en las residencias, con instrucciones de no llevar a los hospitales y sin apenas otros medicamentos que morfina, felices sueños eternos?

¿O al hecho de ser el país con más sanitarios contagiados?

¿O en un confinamiento descerebrado que probablemente contribuyó a la expansión del contagio y muchas otras enfermedades?

¿O al hundimiento de nuestra economía, que ya cifran los expertos -de fuera, naturalmente- que la española será la economía que más se ha despeñado por culpa de la pésima gestión de la pandemia?

Oh, da igual, elijan ustedes: ha sido todo tan dantesco (los cantos del Infierno) que los juzgados no saben cómo enfrentarse a tantas demandas, querellas y denuncias que se acumulan en sus despachos.

Ahora, pasamos a esta extraña apoteosis de Simón. ¿Por qué?

El ciudadano ingenuo, normal, esperaría que Simón fuera apartado con deshonor a las primeras de cambio. Luego, naturalmente, tendrían que caer muchos más, pero, al menos, que nos quiten de en medio, de la pantalla, a este verdadero ‘rostro de la pandemia’.

A esa opinión, el ‘enterao’ diría que no, que esa es una pésima estrategia. Que a Simón había que mantenerle mientras durara todo esto, para convertirse al final en lo que los americanos llaman el ‘fall guy’, es decir, al tipo que el Gobierno (o la empresa) sacrifica cuando los ciudadanos (o los accionistas) empiezan a pedir cabezas a voces. El ‘chivo expiatorio’, el mejor amigo del hombre. Viene a ser la versión moderna de arrojar a la doncella al volcán para aplicar la ira de los dioses.

Pero el ‘enterao’ ha errado tanto como el ingenuo. Sánchez no ha ofrecido la cabeza de Simón, al revés: está decidido a convertirlo en un ídolo de masas. ¿Por qué?

Por tres razones, creo.

La primera es porque cualquier paso atrás, cualquier reconocimiento de que algo ha ido mal, es carnaza para sus enemigos. Lo saben bien porque son los primeros en lanzarse a dar dentelladas cuando están en la oposición y el gobierno de turno balbucea un segundo. Hay que doblar la apuesta: no es que se hayan hecho las cosas desastrosamente, es que ni siquiera se han hecho mal o regular: ha sido una gestión excelsa, de inscribir con letras de oro en los libros de Historia. Por eso hay que condecorar a Simón.

Eso se hace a veces en las guerras: el general que ha sufrido una ignominiosa derrota es condecorado, porque el gobierno, para mantener la moral, ha decidido que fue una victoria o, al menos, una resistencia heróica.

La segunda razón la expliqué hace tiempo cuando conté la historia del primer ministro chino Zhao Gao: porque es el mejor modo de poner a prueba a los leales y contarlos. Si el poder dice o hace algo razonable y le aplauden, no puede distinguir a los partidarios de los opositores que, sencillamente, ven algo loable en esa medida concreta. Si hace algo o dice algo malo o falso, pero discutible, susceptible de ser retorcido como bueno y cierto, podrá contar a los partidarios, pero no a los leales, a aquellos con lo que pueda contar pase lo que pase. Para conocer a esos debe hacer algo monstruoso o decir algo disparatadamente absurdo para estar seguro de que quien lo aplaude es fiel. Y si no era fiel antes de aplaudir, después será algo aún mejor: cómplice.

Por último, creo que lo hacen para humillarnos. No es mero sadismo, entiéndanme, tiene un objetivo práctico. Es desmoralizador ver a ese fantoche convertido en un héroe; transmite el mensaje de que toda resistencia es fútil, de que no hay nada que hacer. Es una impresionante proyección de poder.

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