reunión del comité de Evaluación y Seguimiento del Coronavirus presidida por el presidente del Gobierno Pedro Sánchez /EFE
reunión del comité de Evaluación y Seguimiento del Coronavirus presidida por el presidente del Gobierno Pedro Sánchez /EFE

Dice ahora el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que todas las medidas en relación a la epidemia de la gripe china se están tomando “de acuerdo a criterios científicos”, y no podemos por menos que preguntarnos qué clase de virus es ese que muta en horas veinticuatro de gripe menor a la que solo los fachas llenos de odio podrían dar importancia a una crisis sanitaria grave que obliga a nuestro presidente a presentarse ante la ciudadanía y derrochar esa voz sensual de ser muy increíblemente sincero y responsable.

Entiéndanme, soy solo una pobre e ignorante ama de casa con peligrosas tendencias reaccionarias, pero de verdad que me encantaría comprender el comportamiento de este curioso bichito, que cuando obliga a nuestro vecino italiano a poner en cuarentena varias regiones -luego ya, el país entero-, deja a España un día de asueto para que las luchadoras contra el Patriarcado puedan abarrotar las calles jaleadas por el Gobierno y con la presencia de ministras y ministro. ¿De verdad hay que creérselo, es obligatorio?

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Una respuesta posible es que sí, que hay que creérselo, porque la alternativa sería pensar que estamos en manos de un Gobierno tan increíblemente desalmado que es capaz de arriesgar la salud de sus ciudadanos, el hundimiento de la economía y la quiebra de las instituciones por motivos ideológico y electoralistas. Y eso sería demasiado grave para contemplarlo, ¿no les parece?

Pero, claro, una lee la prensa extranjera, que no es que sea totalmente libre, no hay de eso, pero que al menos no tiene especiales compromisos con nuestro Ejecutivo, y hay se llevan las manos a la cabeza con la lentitud con que ha actuado cuando el ejemplo del mundo entero, y especialmente de nuestros vecinos, ya nos anunciaba con bastante aproximación lo que se nos venía encima.

Desde entonces, lo que tenemos es apagón informativo, lo que es casi un alivio porque el representante del Gobierno para estas cosas nos estaba contando unas milongas que se han venido abajo en un día y pico. Estamos, sí, ante una epidemia.

¿Qué sabemos? Bueno, depende un poco de quien hable. En la Era de la Información -nadie hubiera podido preverlo-, el ruido anega los datos fiables. Por otra parte, el dato frío de contagios o muertes tampoco es cien por cien fiable: no todos los gobiernos dicen la verdad, no todas las pruebas son infalibles, no todos los países están haciendo las pruebas al número suficiente de gente. La calidad de los hechos no es la misma en todos los sitios, así que hay un alto porcentaje de confusión y duda.

Sí sabemos que las drásticas medidas adoptadas en Italia, que en vídeos que nos llegan parece un Estado policial, aunque muy molestas y ruinosas para numerosos sectores, parecen estar funcionando.

Es una de las tentaciones obvias en estos casos: juzgar la gravedad de la epidemia por las aparatosas medidas que se toman contra ella, y es un error. Interrumpen nuestra vida cotidiana de un modo tan evidente que tendemos a pensar que estamos ante la Peste Bubónica. No hay tal. Estas medidas drásticas se toman para atajar la epidemia, para cortarla de cuajo y poder seguir con nuestras vidas. No son necesariamente reflejo de la gravedad de la situación.

Tenemos, sin embargo, un magnífico caso de estudio para hacernos una idea: el Diamond Princess, un crucero puesto en cuarentena. Es ideal por muchas razones: es limitado, está contenido, está aislado, cuenta con una notable diversidad de sujetos y un espacio lo suficientemente pequeño como para que los contactos hayan sido continuos.

¿Y qué nos dice? Veamos. En el barco hay 3.770 personas, entre pasajeros (2.670) y tripulación 1.100). Hay -desde hace ya días, sin que cambie el número- 696 casos de infectados de coronavirus, lo que supone un 18% del total. De los enfermos, siete han muerto, es decir, el 0,8%. Si lo aplicamos al total de la población, esta tasa de mortalidad supera por poco el 0,1%.

Si nos creemos los datos chinos, las cifras son aún más tranquilizadoras cuando nos fijamos en Shanghai, no lejos del foco original de Wuhan. El pasado lunes -o sea, meses después del estallido de la epidemia- registraba 337 casos y tres defunciones, en una ciudad de, atención, 24,2 millones de habitantes. Es decir, una tasa de contagio del 0,14% con una proporción de defunciones debidas a la enfermedad del 1%.

¿Significa esto que no hay nada que temer, que no hay problema? En absoluto. No, no es una gripe común: es más contagiosa, más grave y aún no hay vacuna. Las medidas de contención son razonables, aunque incómodas.

Pero el daño del virus probablemente no esté solo o principalmente en su letalidad, sino, sobre todo, en su incidencia en un número anormalmente alto en picos de tiempo muy puntuales, lo que tiende a colapsar un sistema sanitario pensado para tiempos normales. Ese es el peligro, como lo es el pánico o las consecuencias económicas y, quizá, sociales que pueda provocar.

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