Petra de Sutter descubrió que se sentía mujer a los 40 años.
Petra de Sutter descubrió que se sentía mujer a los 40 años.

Si uno quiere saber lo que nos viene, solo tiene que mirar a Bélgica. El supuesto país es un engendro apañado en el siglo XIX a partir de dos comunidades -valones y flamencos- que se aborrecen cordialmente, y su verdadera razón de ser es albergar la capital de la Unión Europea y, como tal, reflejar todo aquello que, tarde o temprano, se nos impondrá a todas las provincias de este nuevo imperio sonriente.

Lo tiene todo, todo, desde una gigantesca clase política y una burocracia mastodóntica que vive en su burbuja de comodidad occidental a un tiro de piedra -literalmente- de una ‘no go zone’ netamente islámica de la que han salido peligrosos terroristas y donde la policía apenas se atreve a poner el pie, a unas leyes de eutanasia en continua ampliación que afecta ya a niños o a depresivos. O la incapacidad para formar un gobierno. Llevaban sin un ejecutivo la friolera de 541 días, demostrando así que maldita la falta que hacen.

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Pero ahora se acaba de anunciar una nueva coalición de siete partidos y, para que nadie pueda dudar de que son lo más moderno de la modernidad, habrá una viceprimera ministra transexual, Petra de Sutter. De los ‘verdes’, ¿había que decirlo?

Uno buscará en vano su nombre anterior, cuando era varón. Bueno, quizá no en vano, que tampoco le he echado horas al asunto, pero ni en las informaciones sobre su caso ni en la página correspondiente de la Wikipedia aparecen, un modo de lavado del pasado al que deberíamos irnos acostumbrando ahora que va a aprobarse la ley de memoria histórica y democrática y de todas las cosas buenas y correctas.

Y es que De Sutter no es exactamente Bibi Andersen. De hecho, quizá por sus muchas ocupaciones, no se dio cuenta de que era una mujer hasta la edad, relativamente tardía, de 40 años. Me parecería de pésimo gusto comentar sobre el aspecto quizá no totalmente logrado de su transición, por lo que remito al lector a que lo examine y juzgue por su cuenta.

La ‘diversidad’, tal como la entiende nuestro tiempo, es la pulsión para reunir en cada cúpula un representante al menos de cada grupo de víctimas autodesignadas favoritas del sistema

Petra De Sutter, eurodiputado de los Verdes, ya se convirtió en 2014 en el primer eurodiputado transexual de Bélgica. Ahora también será ministro en el Ministerio de Administración Pública y empresas públicas. Antes de que se me ponga en la picota por poner en masculino lo referido a este personaje, permítanmente confesar que el párrafo anterior esta copiado -Ctrl+C, Ctrl+V- de la información que da la página en Internet de Antena3 con el regocijo esperable. Al parecer, estos equívocos son inevitables e irán a más a medida que más y más personajes públicos decidan hacerse mujeres y más mujeres de renombre caigan en la cuenta de que en realidad siempre han sido varones, lo que no quita para que un error así pueda suponer en la ciudad de Nueva York una multa muy abultada para un pobre dependiente de comercio.

El historial de De Sutter es extenso. Es ginecóloga y experta en fertilidad de la Universidad de Gante. El pasado año fue elegida para el Parlamento Europeo donde desempeño la función de presidenta de la Comisión de Mercado Interior y Protección del Consumidor.

Tal como se ofrece la noticia, con ese tono Guinness que acentúa lo que tiene de primicia y récord, da la sensación de que el definirse con el sexo opuesto al biológico -y al que, ay, se distingue a simple vista- tiene mucha mayor importancia en su carrera política que su presunta competencia.

Es algo que ya observé, con creciente alarma, cuando Hillary Clinton se presentó a la Presidencia de Estados Unidos en liza con Donald Trump. Aunque la antaño primera dama tenía un historial profesional y político de cierta entidad -había sido, entre otras cosas, secretaria de Estado con Obama-, el mantra más habitual, más escuchado, es que “ya tocaba” una mujer en la presidencia.

No se me ocurre sexismo más desolador. Los hombres son aclamados o rechazados, considerados dignos o incapaces, por lo que hacen y lo que representan a título individual. Son locos que nos van a llevar al caos o los tipos que el país necesita para salvarse, pero como personas concretas, ellos, no su sexo. No sé cómo hará la primera mujer que X para no sentir que es un estereotipo, un icono, una representación de la Mujer rompiendo el enésimos ‘techo de cristal’.

También aquí -más aquí- no podemos sustraernos de esa impresión, de que la carrera de De Sutter hubiera sido muy otra, probablemente menos vistosa, si se hubiera seguido llamando ¿Peter? Desde luego, no se me ocurre otra razón para que los medios españoles se ocupen de la carrera del viceprimer ministro de un país como Bélgica.

La ‘diversidad’, tal como la entiende nuestro tiempo, no es meramente no hacer acepción de personas y permitir en los equipos la presencia de los más capaces con independencia de su origen, su raza, su sexo, su orientación sexual y rasgos indentitarios semejantes, sino la pulsión para reunir en cada cúpula un representante al menos de cada grupo de víctimas autodesignadas favoritas del sistema.

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