Vamos con la cuarta, a ver si nos aclaramos (que va a ser que no). Yo, la verdad, no sé qué espera la gente que salga de la urna, si un conejo, como de la chistera en una sesión de magia, o algo, en fin, muy diferente de lo que ya ha salido las tres veces anteriores, es decir, vuelta al lío.

Pero me he prometido a mí misma ser positiva, y lo voy a intentar en estas líneas.

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A ver, está Vox, que las últimas encuestas hacen subir como la espuma en un intento transparente de azuzar el miedo a la ultraderecha y movilizar a la izquierda y a los blanditos en general. ¿Creo que Vox es la salvación de España? No, ya pasé hace años la edad de la inocencia. Vox es un partido, y hará cosas de partido. Puede, si llega suficientemente lejos sin echarse a perder y tenemos suerte, de ser un catalizador de algunos cambios imprescindibles que nos den un respiro. Pero el tumor nos llega demasiado dentro, a los huesos, como para que solo un partido pueda darle la vuelta a una decadencia que ni siquiera es solo nuestra.

Personalmente, para mí el gran valor es el de contraste. Una tiene delante un partido de que puede decirse, como del capitán Wade Hunnicutt, que con él llegó el escándalo. Están todos los opinadores del espectro, izquierda, derecha y centro, pidiendo las sales y aferrándose al collar de perlas cada vez que un líder de Vox va más allá del “buenas tardes”.

Se mira todo lo que hacen o dicen con los ojos y la boca muy abiertos, como si contemplaran la mujer barbuda o el “más difícil todavía” en el circo. Cada declaración se hace sonar como una ráfaga de metralleta o una bomba-lapa. Los opinadores de izquierdas que tienen una tecla en sus ordenadores para llamar ‘fascista’ a todo el mundo sin cansarse buscan como locos nuevos términos para lo recién llegados que sí, que de verdad de la buena, que esta es la que vale, que son, argh, fascistas, olvidaos cuando lo decíamos del PP y hasta de Ciudadanos (angelitos).

Y va una en su inocencia buscando de qué va toda esta escandalera, a ver qué dicen estos nuevos camisas negras siempre a dos días de marchar sobre Roma, y se encuentra un programa de lo más normal, con propuestas que no levantarían una ceja en la España impecablemente democrática en la que crecí. A eso me refiero con que son un contraste.

Vale, sí, la retórica es un poco de “aquí estoy yo”, pero eso es esperable cuando lo normal suena disparatado porque el disparate se ha convertido en normalidad. Por lo demás, ¿qué?

Les voy a contar algunas cositas, aparentemente sin relación alguna, ¿les parece?

Alemania está estudiando, leo en el Daily Mail, financiar ‘pornografía feminista’ de carácter educativo para combatir los ‘estereotipos sexistas’.

El deporte femenino está revolucionado, batiendo casi cada semana nuevos récords… de la mano de varones biológicos que están, en realidad, arruinando el deporte femenino y, de paso, abriendo los ojos de muchas feministas sobre la locura de la ideología de género impuesta a punta de decreto.

Coja casi cualquiera de estos asuntos, que son los que de verdad definen nuestra decadencia, y verá que es solo Vox frente a los otros

Nuestros socialistas se disponen a incluir en el Código Penal el ‘enaltecimiento’ del franquismo con penas de hasta cuatro años de cárcel. Como nadie sabe bien qué es ‘enaltecer’, espérese lo peor y mejor calle esa anécdota sobre su abuelo, por si acaso. ¿Libertad de expresión? No me haga reír, por favor, eso era para ellos.

Me paro, porque he escrito abundantemente de estos casos y usted mismo debe de conocer miles. ¿Y qué tienen que ver? Sobre todo, y a excepción del último, ¿qué tienen que ver con España, con Vox y con estas elecciones?

Todo. Porque es en estas cosas, en lo que podríamos llamar la normalidad, lo que todo el mundo ve pero de lo que ya no es posible hablar sin que te tiren algo a la cabeza, en lo que Vox demuestra ser la única oposición al verdadero poder, constituido por todos los demás partidos.

Coja casi cualquiera de estos asuntos, que son los que de verdad definen nuestra decadencia, y verá que es solo Vox frente a los otros. Los otros le dirán, muy serios, que un tipo que de repente dice que es una mujer, es una mujer, sin que se necesite examen u opinión experta de nadie, y esto puede empezar con niños que no pueden ni votar, ni fumarse un cigarro ni tomarse una caña.

Todos los partidos, menos Vox, le dirán que la Ley de Violencia de Género protege a las mujeres, da igual lo que digan las cifras o el hecho de que, en el proceso, se haya cargado en centenario principio de presunción de inocencia y el muy constitucional de igualdad ante la ley.

Todos los partidos, menos Vox, le dirán que las fronteras son ‘constructos sociales’ sin sentido, que deben seguir llegando a mansalva ‘refugiados’ ilegalmente y que eso es riqueza, que ya es oír a los que hacen las leyes elogiando una actividad explícitamente ilegal.

Vox no es ‘extremo’, ni es ‘ultra’. Sucede solo que nuestra sociedad está a un tris de convertirse en el más absurdo de cuantos totalitarismos hayan existido en la historia

Todos, menos Vox, están genuflexos ante Bruselas, de la que parecen esperar que nos vacíe de una vez de soberanía, que parece que fuera un fardo del que estamos deseando deshacernos.

Todos, menos Vox (y, por días, Ciudadanos), siguen hablando como si Torra, un tipo que anima a desobedecer las leyes estatales y se declara abiertamente en rebeldía ante el Estado, es un político perfectamente legítimo con el que hay que “dialogar” indefinidamente.

Todos, menos Vox, son partidarios de que el Estado fije por ley cómo fue nuestro pasado reciente, en una revancha por la que los que perdieron nuestra última guerra civil la ganan ahora y pueden callar bajo pena de cárcel al otro bando.

¿Fascismo? Bueno, si hay aquí fascismo es del tipo que hubiera encantado a los líderes que derrotaron al verdadero fascismo, de Churchill a De Gaulle. No, Vox no es ‘extremo’, ni es ‘ultra’. Sucede solo que nuestra sociedad está a un tris de convertirse en el más absurdo de cuantos totalitarismos hayan existido en la historia.

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