Imagen referencial / Roland Schwerdhöfer - Pixabay
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No veo tele, así que he tenido que leer en medios una polémica bastante absurda. Al parecer sigue existiendo una edición de Operación Triunfo, y al parecer uno de los ‘profesores’ se ha metido en un buen lío, por el que ha tenido que humillarse ritualmente, haciendo parecer por un segundo que quizá algún troglodita podría tener algún problema al descubrir que la señorita con la que acaba de ligar es, biológicamente, un varón.

Es trivial, pero lo vemos todo el rato. Las pobres atletas femeninas que se ven eclipsadas por un deportista de segunda que decide probar suerte en las modalidades de mujer haciéndose llamar, no sé, Ágata, tienen que tragar saliva ante las cámaras al bajar del podio y alegrarse mucho por “Ágata” y decir que es una victoria para el deporte femenino y fingir que no se da cuenta de lo absolutamente evidente echando un rápido vistazo a “Ágata”, antes Josetxu.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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La falsedad oficial ha dado un salto de gigante y quizá ya lo sepa todo el mundo pero yo, lenta y torpe, todavía me estoy echando las manos a la cabeza. Me refiero a que, inicialmente, nos decían cosas que no eran ciertas sencillamente porque estaban equivocados, pero creían en ellas; luego nos decían mentiras intencionadas, cosas que sabían que no eran ciertas, con la esperanza de que nos las creyéramos. Pero ahora entramos en otra fase, bastante más terrible: nos dicen cosas que no solo saben que no son ciertas, sino que ni siquiera son coherentes y que saben que nos las vamos a creer, pero no importa; lo que importa es que las repitamos.

No es que sea irrelevante que lo que dicen sea poco verosímil, entiéndanme; es que es fundamental que no sea verosímil en absoluto, es crucial que nadie pueda tragárselo. Así, obligarnos a decir amén será un modo de envilecernos para mejor gobernarnos, y para identificar como desafecto al que se atreva a decir que el rey está desnudo.

Ese es el nivel ahora, un nivel genuinamente soviético, donde hay que confesar lo que no solo sabemos falso, sino absurdo, y que sabemos perfectamente que quien nos lo predica también sabe que es falso, y sabe que nosotros sabemos.

Es como una contraseña. Si dices la verdad que me favorece, nunca sabré si es por apoyarme o sencillamente por repetir lo que es cierto; si dices una mentira que me favorece pero que suena verosímil, tampoco sabré si me eres realmente leal o sencillamente ingenuo. Pero si defiendes a capa y espada un disparate que he predicado, sabré que eres de los míos. Digamos que es una especie de contraseña, como la señal secreta de pertenencia a un club exclusivo.

La ‘guerra trans’ es el perfecto campo para esta batalla. Cualquiera se da cuenta de lo absolutamente irracional que es suponer que alguien puede cambiar algo tan radicalmente basado en la realidad como es el sexo con solo desearlo. Es algo que, si se fijan, no se aplica a ninguna otra cosa, ni siquiera a diferencias mil veces más triviales que el sexo. Nadie va a transferirme las acciones que tiene en su banco por el hecho de que me confiese Ana Patricia Botín, aunque estoy más cerca de ella que cualquiera de estas ‘atletas’ femeninas de sus compañeras. Tampoco puedo convencer a mi banco de que soy ‘transrico’, y que el aspecto deplorable de mi cuenta corriente no refleja para nada lo millonaria que realmente me siento. Sería un mero chiste. Pero ahí está la gracia: hacer chistes de los que nadie se atreva a reír.

El ejemplo más avanzado de estas estrambóticas pruebas de fidelidad al sistema es, como ya hemos visto en estas mismas páginas, en el mundo de las ‘celebrities’, que viven de eso y que pueden verse destronadas de la noche a la mañana por un imprudente comentario de pasada que revele que saben la verdad. Ya tratamos sobre el enloquecido discurso de Joaquín Phoenix.

Podíamos también haber hablado de Brad Pitt furioso de que el ridículo ‘impeachment’ pergeñado claramente como maniobra política por sus enemigos no echara a Trump de la Casa Blanca, o de Natalie Portman y su vestido en el que llevaba bordados los nombres de las directoras de cine que nunca habían ganado un Oscar. ¿Está insinuando la actriz de que todas las directoras, solo por el hecho de ser mujeres, eran merecedoras de la codiciada estatuilla? ¿Es que la han obtenido todos los directores varones? No, naturalmente, Portman no piensa eso. Con toda probabilidad, no piensa nada de nada. Sencillamente, estaba anunciando al mundo y a sus promotores y financiadores que ella está del lado de los ‘buenos’, es decir, de los que tienen el poder de encumbrarla o hundirla.

Es terriblemente humillante. Es que O’Brian nos ponga delante cinco dedos y tengamos que decir que vemos cuatro. Pero eso es lo importante, eso es de lo que van todos esos niñatos ‘woke’ en redes sociales denunciando y posando su virtud inverosímil, sosteniendo cosas que, si creyeran en su vida corriente, iban a tenerlo complicado para atarse los cordones de sus zapatos.

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