Desafío a mis lectores a que encuentren una afirmación o una actitud, por inocente que parezca, que no pueda interpretarse como racista. Quien se imponga como mortificación para remedio de sus pecados leer la prensa convencional, especialmente la norteamericana, sabrá que detectar el racismo en las cosas más peregrinas es el juego de moda desde hace años, una versión más monótona y cansina del “¿Dónde está Wally?”, solo que sin Wally.

Parece la locura de un monomaniaco, llevado a cabo con la seria, incansable insistencia de los niños encerrados en el coche en un largo viaje. Uno debe mirar la realidad y buscar el modo de retorcerla de modo que pueda dar una explicación machista, racista u homófoba del asunto más aparentemente peregrino. Y justificarlo en un texto abstruso, cabalístico, retorcido.

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No es, hay que advertir, un mero entretenimiento. Tiene un sentido y, para el ensayista o periodista que lo consigue, tiene premio. Nuestros amos tienen un plan, un proyecto, evidente para el más miope, de desmontar el sistema de pensamiento que ha levantado y sostenido durante siglos la civilización occidental, y machacar continuamente con estas supuestas injusticias, aprovechando un sentimiento de culpa que sería inconcebible en una civilización no basada en el Cristianismo.

Es una gigantesca distracción, un traspaso de poderes, y eso exige una insistencia de maniaco. Quien vive de cazar tigres, tiene que ver tigres en todas partes, aunque sea en Chamberí, o se quedará sin su puesto, la fuente de su poder, influencia y modo de vida.

Un robot no deja de ser un siervo al que se le pone a trabajar sin horarios para nuestro beneficio, sin cobrar un duro, sin derechos y como posesión propia. Es decir, un esclavo perfecto

La cadena americana CNN, que viene a ser el más augusto de los púlpitos del sistema, está de enhorabuena porque ha encontrado otro tigre, queremos decir, otro indicio de ese insidioso racismo que, cual pecado original, nada consigue lavar en nuestro pueblo y le hace merecedor de la extinción: la gente prefiere robots blancos. 

No tenía ni idea, más que nada porque no conozco a nadie que tenga robots, llámenme chusma. Pero alguien por ahí se ha entretenido en comprobarlo y parece que hay cierta preferencia por ese color. Ignoro la fiabilidad del dato, pero parece que tenemos aquí un nuevo culpable.

Una podría decir que la preferencia por un color sobre otros en lo que, al final, es un electrodoméstico, no tiene nada que ver con la raza de quien muestra la preferencia, como podría confirmar usted mismo, lector, si medita con qué criterios eligió el color del último coche o la última nevera. Si vamos a mi caso, a veces depende del entorno, de mis colores favoritos, de que entone, o, con no poca frecuencia, del color mismo del aparato que me proponen.

Una podría recordar que la raza blanca solo se llama así por convención y contraste, no porque sea ‘blanca’. De tener ese amor por nuestro tono de piel que se nos adjudica tiraríamos más por el rosa palo, por ejemplo, o, en mi caso, por algo bastante más oscuro. No conozco ‘espécimen de raza blanca’ que no destaque recortado sobre la nieve.

Una podría pensar, en fin, y sobre todo, que si el color más demandado en los robots fuera el negro o el marrón, entonces los gritos de “¡racismo!” llegarían al cielo, porque un robot no deja de ser un siervo al que se le pone a trabajar sin horarios para nuestro beneficio, sin cobrar un duro, sin derechos y como posesión propia. Es decir, un esclavo perfecto. 

De hecho, algún tuitero presuntamente blanco, liberado del vendaval de culpa probablemente por saturación o por sentido del humor, ha hecho esa misma lectura de un asunto que solo puede leerse como un chiste: sí, tenía que ser blanco para trabajar sin rechistar ni quejarse, y solo será el invento realmente perfecto cuando lo programen con el conveniente sentimiento de culpa.

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