“Si esta noche ganáis un premio, no lo uséis como plataforma para dar un discurso político. No sabéis nada del mundo real. La mayoría de vosotros ha pasado menos tiempo en el colegio en que Greta Thunberg. Si ganáis, dad las gracias a vuestro agente, a Dios y que os den”.

Suena bien, ¿verdad? Una daría algo por oír algo así en la gala de los Goya, lo que tantos estamos pensando cuando vemos a los faranduleros, cuyo única razón para considerarse ‘intelectuales’ es repetir acertadamente las frases que otros han escrito, sermonearnos desde su prodigiosa altura moral a la pleble sobre su virtud, siempre coincidente con el progresismo más radical de moda y con los conceptos que más se repitan en La Sexta y El País.

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Lo asombroso es que este discurso ha sido real, lo ha dado el cómico británico Ricky Gervais en la gala de los Globos de Oro, solo por detrás de los Oscar como ocasión de mayor brillo en ese antro de perdición que es Hollywood, la misma en que, como recordábamos la última vez, una actriz reconocía haberse deshecho del hijo que llevaba en su vientre para conseguir la maldita estatuilla.

Gervais no se limitó a decirles a los insoportables millonarios de ese olimpo de papel couché que hacían el ridículo más espantoso cuando repetían como papagayos y desde su vida a mil millas de la de cualquier persona normal lo que dictan los popes de lo políticamente correcto porque, sinceramente, no tienen idea de nada y tiene más, mucho más interés la opinión de mi portero o de un transportista; también les criticó su tendencia a apoyar al mismo tiempo a monstruos de la propia industria como Harvey Weinstein siempre que repitan como alumnos aplicados las sandeces aceptables sobre las mujeres, el racismo y lo horrible, terrible, patético que es Donald Trump.

Y quien dice Weinstein, el prototipo de productor prepotente que hace o deshace carreras de actrices según su disponibilidad para aceptar sus obscenas propuestas, dice el multimillonario proxeneta de niñas Jeffrey Epstein, muerto en un ‘suicidio’ en el que no cree absolutamente nadie.

La razón de que unos tipos ignorantes y millonarios puedan dar lecciones al mundo sobre cambio climático, feminismo y honestidad es que, sorpresa, son los monigotes del progresismo internacional

Pero todo el mundo sabe, por cierto, que esas son absurdas teorías de la conspiración que solo defienden paletos con huecos entre los dientes que votan a Vox. ¿Qué tiene de raro que un multimillonario en una prisión de máxima seguridad, cuando va a dar los nombres de un montón de gente importante que usaba sus servicios para abusar de niñas, se suicide y desaparezca todo testimonio del hecho? Lo explican perfectamente las autoridades, oigan: el vídeo se perdió. Se borró, vaya. Pero antes lo habían visto las autoridades, y fue un suicidio, de verdad, créanme.

Pero me estoy distrayendo. La razón de que unos tipos ignorantes y millonarios puedan dar lecciones al mundo sobre cambio climático, feminismo y honestidad es que, sorpresa, son los monigotes del progresismo internacional y, como todo el mundo sabe, el progresismo es siempre bueno, con independencia de lo que haga. No me crean a mí; ya lo dijo el flamante Ministro de Consumo (pone como ejemplo a la Cuba de Fidel, va a tener poco consumo que controlar) en una entrevista con Ana Pastor: una persona de izquierdas no puede delinquir. Traducido a un lenguaje más arcaico, el de los calvinistas ginebrinos, los electos no pueden pecar.

Eso da a la izquierda un aplomo del que carece la derecha. Oh, no somos tan idiotas como para sostener la misma opinión en sentido contrario: tengo muy claro que cualquier político de derechas puede ser un pícaro, un ladrón o un desalmado. Pero, sencillamente, la opinión pública le va a juzgar con más dureza.

Vean, por ejemplo, a Sánchez nombrando a la exministra de Justicia Dolores Delgado como nueva fiscal general del Estado en sustitución de María José Segarra. Una tiene que aplaudir ante semejante rostro marmóreo. La derecha, incluso la derechita del consenso, es incapaz de algo así. Los medios les colgarían por los pulgares, y no aguantarían la presión. Simplemente, no se les pasa por la cabeza. Claro que pueden llevárselo calentito, como el que más. Pero con disimulo y vergüenza. La izquierda puede mirar a la cara a los españoles y saltarse sin el menor disimulo la división de poderes o un atisbo de independencia.

No sé si saben del tipo ese que apareció ante el Congreso con una bandera de España y una pancarta, que pasó diez horas en el calabozo. Pues bien, el policía que le detuvo lo hizo por orden de un empleado de la seguridad del PSOE. Sí, del partido. Un empleado de un partido político puede dar órdenes a un policía para que detenga a un particular. Y, oigan, no pasa absolutamente nada.

Por eso hay que empezar a empujar fuerte. Por eso la batalla está en la cultura, en no callarse jamás y cantar las verdades del barquero, al estilo Gervais. Porque estamos necesitando como el comer alguien con un buen altavoz que les diga a estos tipos que no son nadie para dar lecciones, y que un poquito de por favor.

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