Manifestación por la libertad educativa frente a la Ley Celaá. / EFE
Manifestación por la libertad educativa frente a la Ley Celaá. / EFE

En el propósito del gobierno que nos aflige de dejar pequeñitos los logros soviéticos de control social, la Ley Celáa ha caído como un acelerón tan descarado que hasta los más dormidos se han dado cuenta de lo que se nos viene.

Es difícil no darse cuenta. La rigidez ideológica criminal que requiere la eliminación de la educación especial, que muchos han señalado como un ‘castigo’ a las madres que se han negado a abortar miembros no perfectos de la Ciudad Feliz y un estímulo para que las futuras gestantes se lo piensen dos veces, ha sumido en la angustia y la desesperación a miles de familias y multiplicará los dramas personales de una población especialmente vulnerable.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

Suscríbete a Actuall y así no caerás nunca en la tentación.

Suscríbete ahora

Mucho ruido ha causado, si bien con una curiosa ingenuidad, la desaparición del español como idioma vehicular oficial. Ciertamente eso nos convierte en un Estado pintoresco en el concierto de las naciones del mundo entero, el primero que no considera su idioma mayoritario como oficial en las escuelas.

En este aspecto, sin embargo, me aparto de mis aliados habituales y aplaudo la medida: durante décadas han estado negándonos que eso sucediera en las comunidades con ‘lengua propia’ (un término equívoco donde los haya) a pesar de la montaña de evidencias y las experiencias personales de incontables padres y alumnos. Ahora, afortunadamente, está reflejado en la ley, con lo que no podrán seguir negando lo que tenemos delante de los ojos y quedarán expuestos al ridículo internacional. Algo es algo: aunque nada cambie ni un ápice, que las cosas se reconozcan, que se ponga en negro sobre blanco, es siempre consolador.

Pero quizá la guinda del pastel sea la negación de la libertad de educación consagrada en la Constitución con el derribo de la concertada.

La explicación sería algo así: la educación concertada es un privilegio que hace que los ciudadanos tengan que pagar con sus impuestos el capricho de unos pocos, pijos y probablemente hasta católicos; si son tan especialitos con lo que quieren que se enseñe a sus hijos, que se lo paguen ellos. Es casi literalmente el mensaje de cientos de comentarios en Twitter y Facebook. La realidad, como suele suceder, no puede ser más opuesta.

Mientras la derechita estúpida dice, en palabras relativamente recientes de Pablo Casado, que no le interesa la batalla cultural, la izquierda sabe que todas las demás batallas dependen de esta

La Constitución, como hemos dicho antes, reconoce el derecho de los padres a que sus hijos sean educados según sus propios valores, y el sistema de concierto, lejos de ser un privilegio, supone permitir a familias con un insuficiente nivel de renta acceder a la educación que quieren para sus hijos en igualdad con el resto. Lo antisocial, lo inequitativo, lo propio de una sociedad plutocrática y oligarca, es que solo los ricos tengan ese derecho (que, naturalmente, conservan con la nueva ley).

Aunque es común que se asocien en discursos y reivindicaciones Sanidad y Educación gratuitas como si fueran inseparables, hay varios factores que hacen de estos dos servicios fenómenos muy alejados. El primero y más obvio -también el más importante para nuestras élites- es que hay un consenso casi perfecto en lo que constituye una curación o en el concepto de salud.

Me encuentro mal y quiero volver a encontrarme bien; me falla tal o cual órgano, y quiero que me lo arreglen para que vuelva a funcionar bien. No pedimos al médico que nos reconstruya, no exigimos al hospital que nos instale los pulmones de Usain Bolt o la nariz de un catador de vinos: nos basta con volver a nuestro estado normal. Eso es lo que se le pide a la Sanidad, sin fantasías.

Pero no hay en absoluto un acuerdo parejo en Educación. Lo habría si se tratara exclusivamente de impartir matemáticas o física o cosas así, pero nunca se trata de eso, ¿verdad? Ojalá.

No, el colegio transmite al niño toda una visión del mundo, de lo que es bueno y lo que es malo, de lo correcto y lo incorrecto. Y lo que yo creo correcto no coincide perfectamente, me temo, con lo que puede entender Irene Montero. O el imán de Al Azhar, o Jack el Destripador. En todos los casos puede hablarse de ‘educación’, porque se está transmitiendo al niño una serie de lecciones, pero me temo que no son coincidentes y que, en caso de duda y desacuerdo, tiene sentido que cada cual pueda elegir, dentro de lo razonable, la suya.

Pero esto es anatema para la izquierda, cuyo dominio depende de imponer una visión concreta de las cosas. Para la izquierda, el colegio es una herramienta ideológica, casi podría decirse una fábrica de votantes futuros.

Mientras la derechita estúpida dice, en palabras relativamente recientes de Pablo Casado, que no le interesa la batalla cultural, la izquierda sabe que todas las demás batallas dependen de esta. Y por eso tratará de controlar antes la educación que la economía, antes la cultura que el orden público. Porque quien construye el cerebro del hombre, tarde o temprano tendrá todo lo demás.

Naturalmente, la élite quiere imponer lo que no está dispuesto a vivir. Esa es la gracia del poder, del verdadero poder, del que se constituye en casta auténtica. Por eso basta repasar la educación que han recibido muchos de los que están detrás de esta ley, exquisitamente elitista, o la que buscan para sus hijos, para destapar su hipocresía. 

Comentarios

Comentarios