Una mujer se coloca una mascarilla de prevención de contagio del coronavirus. / EFE
Una mujer se coloca una mascarilla de prevención de contagio del coronavirus. / EFE

Está muriendo gente, y morirán muchos más. Esta pandemia no es ninguna broma, y sus peores efectos ni siquiera serán directos: al poner el sistema de salud al borde del colapso, quienes sufran cualquier otra afección seria se enfrentarán a la posibilidad de que no se les pueda atender, que no haya quirófanos o camas para ellos. Del impacto económico, mejor ni hablamos. La destrucción de tejido productivo y de empleo va a ser terrorífica.

Empiezo con este cuadro así de negro por lo que vendrá después, para que nadie pueda decir que banalizo el problema o que no me estoy enterando de su gravedad. Sí, créanme, me hago a la idea. Pero no voy a hablar tanto de la pandemia en sí como de las cosas buenas que tiene tenernos a todos en casita, encerrados y sin poder (casi) salir. Porque no existe nada que no pueda aprovecharse de alguna manera y, de hecho, esta situación tiene algunas cosas muy buenas si sabemos verlas.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Atribuía Pascal todas las desgracias de este mundo al hecho de que somos incapaces de quedarnos quietos en nuestro cuarto y, quitando el coeficiente de exageración que lleva todo aforismo para que suene bien, alguna verdad hay en su afirmación. Aquí van cuatro ventajas de quedar encerrados en casa por culpa de la pandemia, y no son pequeñas.

1.- El progresismo políticamente correcto nos da un respiro

¿Alguien sabe qué ha sido de Greta Thunberg? Hasta ayer la teníamos hasta en la sopa. O, ya puestos, del propio Cambio Climático, la mayor amenaza de nuestro tiempo, el apocalipsis de nuestra era. ¿Qué fue del sacrosanto derecho a volver sola y borracha a casa? Oh, sí, de vez en cuando leemos algún tímido comentario en redes para recordarnos que mueren más de violencia de género y que morirán más con el Cambio Climático que con la dichosa pandemia, pero no parece tener mucho seguimiento. Son en su mayor parte gente que vive de eso, y no es momento de dejar pasar una lucrativa fuente de ingresos, que vienen muy mal dadas.

Los micromachismos han pasado a la historia, y no hay muchas posibilidades de que se vuelva viral tu trauma causado por ver a un maromo despatarrado en el metro o porque te han dicho un piropo al pasar por una obra. Los no binarios no tienen hoy mucho público, la brecha salarial -que ahora va a ser entre los que conservan salario y los que no- apenas parece tener adeptos estos días, el drama callado de aquell@s a quienes se dirigen con el pronombre equivocado no concitan igual solidaridad.

Lo hemos dicho otras veces, que lo políticamente correcto es una enfermedad de ricos, que solo ataca a las sociedades opulentas con el sistema inmunológico atrofiado. Lo de quedarse en casa encerrado es un chorreo de realidad, un tortazo contra la realidad, y eso, junto al miedo, elimina preocupaciones ficticias. Uno solo tiene ojos para lo importante, y las obsesiones de niño mimado de nuestra civilización se desvanecen como el humo cuando se abren las ventanas.

Solo queda esperar que se recuerde cuando todo esto haya terminado; que nuestra Cuaresma laica haya servido para sacudirnos de encima tanta estupidez como consume nuestro debate político, por no hablar de la lluvia de fondos públicos.

2.- La verdad sobre tantas cosas… también nuestra clase política

De repente, ese teatrillo que es la vida pública, el debate, se desmorona. Y empezamos a ver un montón de cosas que el tráfago incesante de la vida común no nos dejaba espacio, o tiempo, o perspectiva para apreciar.

Para empezar, hemos visto, sin que quede el menor resquicio para la duda, que tenemos la élite más frívola e irresponsable que pudieramos temer. No solo hablo de la clase política: hablo de los que nadan en su misma, estrecha pecera, tan alejada del común: tertulianos de campanillas, actores y artistas agradecidos, estómagos agradecidos de la academia y los medios de comunicación. Y, naturalmente, políticos.

Todos se rieron del ‘alarmismo’, todos llamaron a arremolinarse en las calles el 8M cuando el Norte de Italia era ya una zona catastrófica. La propia vicepresidente Calvo, preguntada por algún periodista aúlico qué le diría a las mujeres para que acudieran a esa fábrica de contagios dijo: “Que les va la vida”. Literal. Ahora será ella quien dirija los esfuerzos en la lucha contra la epidemia, con un par.

Ese mundo sin fronteras, otra baja. Qué bonito era, todos dándonos la mano. O la Unión Europea, nuestra única patria verdadera e inevitable. Ahora los países cierran sus fronteras como si no hubiera mañana, y a Italia le tiene que ayudar China, porque Bruselas se está haciendo ahora mismo la manicura y no puede ponerse al teléfono.

De repente los muros molan, y los puentes son puentes al virus. Dice el gurú Steven Pinker, tan elogiado por los globalistas, que los virus no saben de fronteras. ¿No? De lo que sí saben es de infectar organismos humanos. No pueden llegar volando de aquí al país vecino: tienen que entrar dentro de un cuerpo. Si no entra el cuerpo, no entra el virus. Que se lo pregunten a Vladimir Putin.

3.- Redescubrir la familia y otras cosas

Volvemos a Pascal. O a Chesterton. Entre sus muchas paradojas, el entrañable autor inglés nos recordaba que hay cosas mucho más grandes por dentro que vistas desde fuera, y una de ellas es el hogar. El ser humano se crece ante los límites, y él mismo hablaba de todo lo que puede descubrir el individuo aislado por la nieve en su propio hogar.

Y lo que va a redescubrir especialmente nuestra sociedad: la importancia de la familia. El mismo Gobierno que nos ordena enclaustrarnos en casa ha hecho todo lo humanamente posible -como todos sus predecesores, como en todo Occidente- para que esa casa no sea un hogar; para que esté desangelada y patas por hombro, para que no sea de ningún modo nuestro castillo, por decirlo con el refrán inglés. Hace nada estaban diciendo que no se puede pensar que los hijos son de los padres, dando a entender que son del Estado, y hoy cierran colegios, universidades y guarderías, sabiendo perfectamente que les cuidarán esos que, según Celáa, no pueden decidir por ellos.

Plantéeselo como unas vacaciones. Lo son, aunque sean forzadas. Lo son, en un sentido que va más allá de las vacaciones habituales

Han hecho todo lo posible por destrozar la familia, y ahora dicen a las familias que se ocupen ellas, que el Estado no puede. Bien, aceptemos el reto. Para empezar, sabiendo que esa sociedad a la que ahora estamos ‘condenados’ es la que, al menos en su origen, se formó voluntariamente, cosa que solo estirando mucho la ficción democrática se puede decir de nuestros hombres públicos.

Pero si estamos redescubriendo la familia -y en qué ha sido dañada-, también es ocasión para redescubrir a un interesante elemento de la misma: nosotros mismos. La vida moderna, es ya un tópico, no propicia en exceso la introspección, y es uno de los ejercicios más sanos del mundo. Uno descubre muchas cosas de sí mismo, de lo que es capaz y de lo que no, cuando le obligan a quedarse solo.

Plantéeselo como unas vacaciones. Lo son, aunque sean forzadas. Lo son, en un sentido que va más allá de las vacaciones habituales, en que cambiamos radicalmente de forma de vida y ambiente. No se alarme: como las buenas vacaciones, no va a durar. Mientras, aprenda a disfrutarlas.

También vamos a comprobar otras cosas más difíciles de ver en la vida corriente. La categoría personal, por ejemplo. Nos van a sorprender algunos con su mezquindad y egoísmo, y otros con su generosidad y entrega. Me dejaré mil cosas en el tintero: juegos olvidados, ejercicios de imaginación, lecturas que llevan años esperando… Rellene usted mismo mis carencias, pero si no aprovechan la ocasión, única, no tienen perdón.

4.- ¿Para qué estamos aquí?

Y acabamos enlazando con lo anterior. Si hay algo que dificulta el ajetreo de la vida moderna, el bombardeo continuo y la continua actividad, es algo tan elemental como preguntarnos qué hacemos aquí. En la vida, digo. No sé, de algún modo hay que dar respuesta, aunque solo sea para que tenga sentido levantarse de la cama cada mañana.

Y, si se nos pregunta, sí, todos tenemos una idea. Pero seamos sinceros: muchas veces es una idea para la galería, o formularia, o poco digerida, o provisional o tan improvisada y apresurada que usamos del ruido ambiente para no pensar demasiado en ella.

Bueno, este es el momento, ¿no? Soledad, tiempo libre y la cercanía de una pandemia que puede afectarnos personalmente mañana mismo: ¿qué ocasión puede haber mejor? 

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