Imagen referencial /Pixabay
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Pedro Sánchez está a punto de cumplir sus dos meses de Gobierno y no nos ha dejado aburrirnos ni un minuto. Ha sacado todas sus maléficas cartas a la vez y las ha repartido a sus numerosos ministros y vicepresidentes. Y éstos, como niños con zapatos nuevos y sabiendo que en la vida no se pueden desaprovechar las oportunidades se han puesto a lanzar iniciativas de manera desaforada.

No se dejen engañar: es más importante y decisivo lo que no sale a la luz que pero están cociendo en los ministerios, gabinetes y palacetes que los titulares de las irresponsables ocurrencias de Irene Montero y su tropa. La ley que -por fin- nos permitirá a las mujeres llegar solas a casa y completamente ebrias (supongo que de madrugada) es sin duda un logro social de primera magnitud. Nada que ver con la aprobación del sufragio femenino o con la incorporación de la mujer al Ejército, que eran reivindicaciones burguesas.

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Pero les aseguro que hay proyectos de más alcance y peligrosidad. La ley de eutanasia nos va a ofrecer muerte cuando estemos enfermos. Y no necesariamente terminales. Ancianos, enfermos crónicos (de cualquier edad), discapacitados, personas con movilidad reducida… seremos invitados a poner fin a nuestra vida. ¡Será nuestro derecho! Y será obligatorio para médicos y enfermeros darnos matarile si lo pedimos nosotros en una fase de depresión o si lo piden nuestros allegados… O si lo decide el médico porque “total, para lo que le queda” mejor le damos matarile. Eso es la eutanasia.

La reforma de la reforma educativa que ha anunciado la ministra Celaá es la guinda de todos los proyectos socialistas en Educación que inició Alfredo Pérez Rubalcaba en la década de 1980 y que pretende rematar la mano derecha del socialista fallecido Alejandro Tiana. Casualmente, Tiana era secretario de Estado de Educación cuando se estableció la famosa Educación para la Ciudadanía de Zapatero.

En definitiva, lo que quiere contarles es que aquí no hay sólo dos decenas de ministros ocurrentes con un presidente adolescente sin escrúpulos al frente. Aquí ha habido y hay un proyecto de reingeniería social que dio sus primeros pasos con Felipe González (“a España no la va a reconocer ni la madre que la parió”, según el vicepresidente socialista de Gobierno Alfonso Guerra), se aceleró con Zapatero (por cierto, profético el libro ‘Proyecto Zapatero. Crónica de un asalto a la sociedad’ escrito por Miguel Vidal e Ignacio Arsuaga y editado por HazteOir.org) y pretenden culminar con Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Lo demás son anécdotas.

Pero ahora lo que me preocupa no es tanto analizar el plan de reingeniería social del PSOE sino la respuesta política y social. Porque ya conocen la conocida frase de Edmund Burke: “Para que el mal triunfe, solo se necesita que los hombres buenos no hagan nada”. La clave, mucho me temo, está en la tibia e inexistente respuesta de una gran mayoría de la sociedad española y la complicidad total de la derecha política española (hasta la reciente aparición de Vox) con los planteamientos ideológicos de la izquierda.

Es evidente que el Partido Popular de Mariano Rajoy logró tres cosas: que Europa no nos interviniera formalmente (en realidad si lo estuvimos ‘de facto’);que se consolidara el proyecto ideológico de Zapatero (con la única excepción de Educación para la Ciudadanía, asignatura que se retiró gracias al movimiento cívico de oposición) y que la ‘derecha social’ se desactivara con la complicidad de algunas asociaciones y foros bien pagados por el Gobierno para impedir que surgieran o se desarrollaran iniciativas críticas con el Partido Popular que nos ha gobernado durante ocho años.

No hay matices ni mal menor que valga, ni mucho menos consenso, cuando lo que está en juego es la dignidad de la persona y sus derechos fundamentales

Son los mismos que no quieren plantar cara en las manifestaciones a la ley de eutanasia (no es una manifestación contra una ley), que llevan al progre Alberto Núñez Feijoó a clausurar sus actos supuestamente provida y que callan ante la ofensiva de la ideología de género en las aulas “porque en nuestros centros no es necesario el PIN Parental”. Y a los alumnos de la escuela pública, que les den morcillas.

Sirva esta introducción para presentarles la historia de una asociación surgida en 1991, durante los últimos años del felipismo. Este jueves 12 de marzo se presenta en Madrid el libro ‘Profesionales por la Ética. 25 años de compromiso con el Bien Común’ que ha escrito mi amigo Jaime Urcelay con mi modesta colaboración. Y que explica precisamente cómo se puede plantar cara -sin apenas medios- a la corrupción, la cultura de la muerte, el totalitarismo y la ideología en la educación. Son los primeros 25 años de Profesionales por la Ética, más de dos décadas de trabajo inspirados por las palabras del Papa San Juan Pablo II en la IV Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Czestochowa (Polonia) en 1991. 

Si quieren saber cómo nació el PIN Parental, cómo se gestó el movimiento objetor a Educación para la Ciudadanía (“a nosotros nos viene bien la asignatura porque así nos viene más alumnos a nuestros centros”, me dijo un directivo de un colegio concertado de cuyos nombre me acuerdo perfectamente) y cómo lo desactivaron, que se hizo para plantar cara al aborto durante los gobiernos de Mariano Rajoy) y otras muchas cosas les recomiendo que lean el libro. 

Naturalmente, las acciones responden a un contexto social y político que se explica en la publicación al hilo de las iniciativas que desde Profesionales por la Ética se iban poniendo en marcha para hacer frente a las imposiciones de los diferentes gobiernos para convertir en totalitario un régimen con apariencia formal de democracia.

En la historia siempre ha habido un David que se ha enfrentado a Goliath en batalla desigual. El obispo Von Galen  o los estudiantes de la Rosa Blanca arrojando octavillas en las universidades actuaron prácticamente en solitario contra el nazismo. Otros fueron cómplices con sus silencios y omisiones. Y la mayoría se apuntó a vivir del sistema mirando para otro lado mientras se ponía fin a la vida de enfermos y personas con discapacidades en los sanatorios alemanes. 

Al final ese es el dilema. ¿Estamos contra el mal o a su favor? Porque no hay matices ni mal menor que valga, ni mucho menos consenso, cuando lo que está en juego es la dignidad de la persona y sus derechos fundamentales. Me encuentro entre los que hemos combatido -y lo vamos a seguir haciendo- mal que les pese a los amigos de lo políticamente correcto y del buenismo irresponsable que explica cómo hemos llegado hasta aquí..

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