La tolerancia LGTB se vuelve muy intolerante
La tolerancia LGTB se vuelve muy intolerante

Aristóteles no ha sido superado ni lo será jamás, su filosofía realista dio un mapa y puertos seguros para los navegantes aventureros en el infinito mar de la realidad no sensible. Pueden hablar de lo que él no habló o enfatizar lo que él no enfatizó o aportar otras perspectivas, pero no han podido en dos mil años probar inválido u obsoleto lo que él dijo. Pensar que así como se dan las revoluciones en la tecnología y en la industria son también posibles en las ciencias de lo humano es negar que en el ser humano haya algo característico cognoscible.

Tampoco Aristóteles superó a Platón, su maestro.  Albert Einstein dice que el dualismo de las ideas puras independientes de Platón le parecen mejor explicación del mundo que el hilemorfismo aristotélico. Así explicaba él las obras de Mozart, como extraídas directamente ya terminadas del ‘topos uranus’ donde residen las ideas puras y perfectas. Werner Heissenberg decía que la ciencia moderna occidental nace permanentemente -no nació- de la ciencia griega, y que sus logros no se hubieran dado sin leer la física griega.

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Agustín de Hipona fue en sus principios apasionado admirador de Platón al grado de pensar en él como un precursor de Jesucristo, y la monumental Summa Tehologiae de Thomás de Aquino se nutre  de la filosofía de Aristóteles a quien se refiere siempre como «el filósofo». Ambos pensadores son columnas de Occidente.

No cuesta notar que la cultura occidental se ha alejado del legado cultural y religioso cristiano  que originó la más grande civilización de todos los tiempos. No habrá una persona pensante en el mundo que sienta paz en el presente y seguridad en el futuro inmediato. Se ven gurús y celebridades editoriales que son pescadores de río revuelto compitiendo por publicar la narrativa que más gane premios del gran capital.

Es tiempo de volver a las raíces grecorromanojudeocristianas de nuestra cultura.  Ni la ideología de género del billonario lobby mundial  homosexual ni el marxismo gramsciano adoptado por el gran capital globalista y su red de medios y grandes tecnológicas son parte del inventario de los valores occidentales históricos. Su propuesta es «progresista» o sea opuesta por definición a todos los valores históricos occidentales.

‘Ubi societas ibi ius’ nos acuñaron los romanos, allí donde hay sociedad hay derecho. El derecho carece de sentido para Robinson Crusoe. Y su sentido, desde Aristóteles, en donde hay más de uno es acordar la forma de repartir entre todos  lo común que todos definen como tal, que no es infinito. El otro fin es aumentar el bien común para que cada uno logre la plenitud de su vida. Ni el Estado ni ningún individuo se deben al bien individual de nadie.

Los «derechos» LGBTIQ son la prueba más brutal de la ruptura de Occidente con su tradición axiológica y filosófica y de la decadencia de sus instituciones jurídicas. La actividad homosexual, como tomar un refresco, no trasciende, es socialmente infértil, es una actividad cien por ciento individual y privada que empieza y termina con sus practicantes, no guarda absolutamente ninguna relación con el bien común, por lo tanto se sale del campo de lo común, por lo tanto, del derecho, sin menoscabo de su libertad para tomar un refresco.

La actividad física homosexual, igual que comer hamburguesas, es socialmente intrascendente e infértil, es cien por ciento individual, no tienen ninguna relación con el bien común, por lo tanto no puede ser materia de derechos.  ¿Cómo Occidente perdió la vista esta realidad tan elemental?

Alejandro Berganza

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