La riqueza del español
La riqueza del español

El conocimiento de un idioma desborda el propósito de dominar la gramática o embaularse las voces del diccionario. Quede claro que son pretensiones de imposible cumplimiento; por eso se dice pretencioso como despectivo. Al igual que en las canciones, la música interviene al lado de la letra.

El habla corriente explica muchas formas de decir las cosas que no pasarían por ortodoxas; simplemente, son regularidades estadísticas. Adviértanse, por ejemplo, estas palabras a medias, perfectamente, entendibles: porfa, finde, uni, fácul, cole, profe, porno, ultra, boli, peli, poli. Podrían ser un remedo del lenguaje infantil, pero, se aceptan en todas las edades como un modo de facilitar la comunicación. Nadie dice cinematografía, sino cine.

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Hay expresiones hechas que se manejan como un todo, sin cuestionar la lógica que puedan tener. Por ejemplo, arma arrojadiza es la que se lanza con la mano o con algún instrumento elemental (honda, tirachinas). Es claro que no suele ser tan letal o mortífera como otras más tecnificadas. Empero, nadie discute el capricho de que, en el lenguaje coloquial, el arma arrojadiza parezca, especialmente, virulenta o mal intencionada. El secreto está en el misterio que añade el adjetivo al sustantivo.

El mismo efecto de enriquecer el sentido de ciertas voces lo da su correspondiente alargamiento. Por ejemplo, el adverbio antes se torna más resoluto o solemne al emplear la forma de con anterioridad. Es lo mismo que después y con posterioridad. No digamos si, la intención con que se acomete algo, se transforma en la intencionalidad. Los vocablos terminados en -ad proporcionan un cierto aire intelectual al discurso. Recuérdese la crema de la intelectualidad.

Lo anterior se resuelve por el tono enfático que se quiere dar a algunas observaciones o enunciados. Para ello, el hablante puede recurrir a términos científicos o que así suenen. Sin llegar a tanto, el lenguaje coloquial gusta del énfasis. Quizá, sea una consecuencia de que los hispanohablantes somos pueblos propensos a la mentira. Véase esta ilustración de las múltiples formas de subrayar una negación: No en absoluto, no y mil veces no, niego la mayor, no es no, por nada, ni muchísimo menos, ni hablar, nequáquam, jamás de los jamases. Podría haber añadido un etc. a la retahíla, para indicar que se trata de una lista abierta. O, para cumplir con la norma del alargamiento, recurrir al etcétera, etcétera; no digamos si el final es un largo etcétera.

Son muchas las expresiones que contribuyen a alargar el discurso, al redondear su propósito explicativo. Por ejemplo, la muletilla adversativa en cualquier caso, aunque no se colija de qué casos se trata. Como enlace de un largo argumento, viene bien añadir la cláusula dicho lo cual. Parece demasiado vulgar enunciar que llueve. Resulta más enfático y relamido afirmar que la lluvia ha hecho acto de presencia. En las noticias meteorológicas, queda mejor esa expresión alargada.

En todos los recursos indicados, cabe interpretarlos como modalidades de un tono personal de hablar, para distinguirse o llamar la atención. Por ejemplo, al crisóstomo radiofónico por excelencia, Carlos Herrera, le gusta emplear algunos voquibles inexistentes, como fuera parte (además) o leuros (euros). Nadie los discute, ni siquiera se imitan. La idea es que, presuntamente, recogen el habla popular sevillana, aunque el locutor sea originario de Almería y se haya recriado en Barcelona.

Amando de Miguel. Artículo originalmente publicado en Actualidad Almanzora

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