Cristo de Salobreña (Granada) procesionando
Cristo de Salobreña (Granada) procesionando

Días santos son éstos. Días en que nos sentimos más católicos que nunca al recordar aquel Drama del Calvario que pagó la deuda del pecado original que habíamos heredado de nuestros primeros padres y que nos abrió las puertas del Cielo siempre y cuando estemos atentos al llamado que continuamente nos hace el Buen Pastor.

Ahora bien….¿Qué tan dispuestos estamos no solamente a escuchar sino también a cumplir con lo que nos pide el Buen Jesús?

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Y es que, aunque nosotros nos cansemos de pedir perdón, Cristo jamás se cansa de perdonarnos.

Cuan oportuno resulta en estos momentos citar aquel soneto que escribiera Lope de Vega en el siglo XVII y que da fe tanto de la infinita misericordia de Dios como de los desaires que le hacemos con tanta frecuencia.

“¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,

Que a mi puerta cubierta de rocío,

Pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh, cuanto fueron mis entrañas duras,

Pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío

Si de mi ingratitud el hielo frío

Secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:

“Alma, asómate ahora a la ventana:

Verás con cuanto amor llamar porfía!

Y cuantas, hermosura soberana,

“Mañana le abriremos”, respondía,

Para lo mismo responder mañana”

Repetimos: El Buen Jesús que fue azotado, escupido, humillado y ultrajado por todos nosotros no se cansa de buscarnos con igual o mayor amor con que el Buen Pastor busca a la oveja perdida.

Gran misterio de amor es este que los más ilustres teólogos han estudiado y, conforme más lo estudian, más se admiran.

Sin embargo, a pesar de nuestras miserias, el Señor no suele ser rígido e implacable cuando a Él

nos acercamos; basta que lo hagamos impulsados por un sincero arrepentimiento y en el cual lo más importante sea el amor y no el temor.

Y ya que, por tratarse de un tiempo litúrgico muy especial, hemos citado un soneto de un gran poeta y dramaturgo del Siglo de Oro español, citaremos a continuación otro de un agustino mexicano, Fray Miguel de Guevara, quien también en el siglo XVII diera fe de uno de los más bellos actos de contrición que se hayan visto en todos los tiempos.

“No me mueve mi Dios para quererte

El cielo que me tienes prometido

Ni me mueve el infierno tan temido

Para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

Clavado en una cruz y escarnecido,

Muéveme ver tu cuerpo tan herido,

Muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, en tal manera

Que aunque no hubiera Cielo yo te amara

Y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera

Pues aunque lo que espero no esperara,

Lo mismo que te quiero te quisiera”

En fin, en aras a la brevedad y deseando que, más que leer tan bellos poemas, los disfrutemos meditando en el mensaje que nos dieron sus autores hace más de cuatro siglos.

Aprovechamos, queridos amigos lectores, para desearles a todos Ustedes que nos honran dedicándonos unos minutos de su atención: ¡FELICES PASCUAS DE RESURRECCION!

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Abogado, historiador y periodista. Editorialista de el Heraldo de México (1973-2003). Colaborador de varias revistas mexicanas y españolas. Corresponsal en México de la revista Iglesia-Mundo (1981-1994). Autor de 'La cruzada que forjó una patria' (1976); 'Forjadores de México' (1983); 'Los mitos del Bicentenario' (2010) e 'Isabel la Católica. Su legado para México (2013).