Pablo Iglesias y Pedro Sánchez han hecho del antifranquismo el motor de su gobierno.
Pablo Iglesias y Pedro Sánchez han hecho del antifranquismo el motor de su gobierno.

A pesar de estar viviendo un momento tan difícil como el que vivimos con el COVID-19, el gobierno nos aparece ahora con un proyecto de ley de memoria democrática que pretende continuar con la lucha antifranquista cuarenta y cinco años después de la muerte de Franco.

Cuando mi hermano y yo éramos pequeños mis padres acostumbraban a visitar a sus parientes con cierta regularidad. Como en aquella época los padres no estaban obsesionados con que sus hijos disfrutasen de todos y cada uno de los momentos de su vida, recuerdo haber pasado muchas tardes de invierno sentado en pantalones cortos mientras escuchaba conversaciones de personas mayores.

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En una de esas visitas a una tía o prima segunda de mi padre (en las familias grandes es habitual que las generaciones se solapen) escuché una historia interesante. Aquella tía lejana mía se llamaba Carmen y trabajaba como funcionaria en un organismo de la Administración. La tía Carmen no ocultaba sus ideas políticas, lo que hacía que sus compañeros, mayoritariamente de izquierdas y con los que tenía una buena relación, la llamasen Carmen “la facha”.

Durante los años que llevaba en aquella dependencia, la buena de mi tía había ido colocando en su puesto de trabajo numerosas estampas de santos y vírgenes de las más variadas advocaciones. Llegó el día en el que a Tía Carmen le tocó cambiar de destino y cuando se encontraba recogiendo todo su atrezzo, se encontró con que sus compañeros la rodearon y le dijeron que, de ninguna manera se podía llevar todas esas estampas, ya que habían pasado a formar parte del decorado de la oficina y serían de gran ayuda para acordarse de ella.

Creo que esta historia expresa muy bien lo que eran la España de los 80. Un país que había dejado atrás el horror de la guerra civil y los años difíciles de la dictadura y en la que los españoles habían llegado a una reconciliación sincera. En los 80 ser de izquierdas o de derechas era un atributo poco relevante de la identidad de una persona. Se discutía de política, sí, pero igual que se discutía de fútbol. Y al igual que no se odiaba a nadie por ser del Barcelona o del Real Madrid, la adscripción política no era obstáculo para que los españoles tuviéramos una buena relación personal o profesional.

Todo esto cambió en los primeros años del siglo XXI. Primero vino Zapatero con la Ley de Memoria Histórica. Una ley que, con el pretexto de desenterrar a las víctimas de la guerra civil que no había recibido una sepultura digna, venía a imponer una versión de nuestra desgraciada guerra en la que toda la culpa recaía sobre la derecha y exoneraba de toda responsabilidad a los partidos marxistas, que fueron los primeros que atentaron contra la II República.

Después de Zapatero llegaron los de Podemos, unos profesores de la facultad de políticas de la Universidad Complutense que, gracias a sus conexiones con el Foro de Sao Paulo y a la financiación obtenida de los gobiernos bolivarianos, consiguieron capturar gran parte del voto de la izquierda con un discurso abiertamente guerracivilista que cuestiona el gran acuerdo nacional de la Transición y pretenden, de forma indisimulada, traernos la tercera república.

El antifranquismo es el pegamento que mantiene unido a un gobierno formado por comunistas y socialistas, apoyado parlamentariamente por separatistas de izquierdas y de derechas

Los líderes de Podemos han desarrollado durante estos años un discurso de odio contra la derecha. Primero anunciaron sin rubor que el miedo iba a cambiar de bando, después declararon la alerta antifascista y espolearon los ataques contra las instalaciones y los actos políticos de los partidos de la derecha. Y en la propia sede de la soberanía nacional, no han tenido empacho de llamar a los diputados de la oposición “parásitos”.

Este clima de crispación y polarización política está siendo aprovechado e incluso alimentado por el PSOE, seguramente no tanto por motivos ideológicos como puramente electoralistas. En el PSOE están convencidos de que una mayor polarización ideológica beneficia sus expectativas electorales y permitirá a Pedro Sánchez pasar más años en la Moncloa.

Y por eso, a pesar de estar viviendo un momento tan difícil como el que vivimos con el COVID-19, el gobierno nos aparece ahora con un proyecto de Ley de Memoria Democrática que pretende continuar con la lucha antifranquista cuarenta y cinco años después de la muerte de Franco.

Y es que, aunque pueda parecer increíble, el antifranquismo es el pegamento que mantiene unido a un gobierno formado por comunistas y socialistas, apoyado parlamentariamente por separatistas de izquierdas y de derechas. El PSOE sabe que mientras la polarización política continúe, los nacionalistas preferirán a un socialista en Moncloa. Porque el discurso antifranquista también les viene bien a ellos, que utilizan los medios de comunicación pública que controlan para asociar Franquismo con España y hacer que entre su juventud cale la idea de que la independencia es la única forma de vivir en una auténtica democracia.

Desgraciadamente, el antifranquismo no va a solucionar nuestros problemas. Ya han exhumado a Franco, ahora quieren resignificar el Valle y convertirlo en una especie de parque temático de la España Republicana. Pretenden ilegalizar la Fundación Nacional Francisco Franco y ya hablan abiertamente de volar la Cruz. Nada de esto servirá para mejorar la vida de los españoles ni nos ayudará a construir un país mejor para nuestros hijos y nietos.

La actual gestión del COVID-19 demuestra hasta que punto España está al borde de convertirse en un estado fallido. Solo un país del mundo, Perú, nos supera en el par muertos por millón de habitantes – caída del PIB.  Si el desgobierno continúa durante muchos trimestres más, nuestro país perderá el crecimiento económico de los últimos 20 años y seremos superados en renta per cápita por países como Portugal, Eslovenia o la República Checa.

Quizá entonces nos demos cuenta de que necesitamos un gobierno que haga más cosas que continuar luchando contra un gobernante que murió en su cama hace 45 años.

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