Nunca he entendido la pataleta que montaron los europeístas progres cuando salió el sí a la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

Desde que empecé a leer las páginas de Internacional de El País, recuerdo las quejas constantes por la conducta de los Gobiernos de Londres en las cumbres de Bruselas. Que los británicos están a disgusto, que hacen de caballo de Troya de Estados Unidos, que se niegan a prescindir de la libra, que menudo clima hace en esa isla…

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Si tienes un vecino que cumple a regañadientes las normas de la comunidad, que paga tarde las cuotas, que no saluda en el ascensor y que refunfuña por todo lo que no le gusta, lo lógico es alegrarse cuando anuncia que se va. Pues no ha sido así con los británicos.

Si los británicos han obstaculizado el funcionamiento de la UE, ¿por qué esa oposición de los eurófilos a que se marchasen?

Durante casi tres años, el Poder nos ha dado la tabarra a los españoles, y no digamos a los británicos, con que había que repetir el referéndum y que era imposible la salida del país del mejor club del mundo. El periodismo asustaviejas ha tratado de viciar la decisión popular mediante el recurso a las teorías de la conspiración, con ‘hackers’ rusos dirigiendo las mentes de amables viejecitas de Liverpool, a las insoportables mentiras pronunciadas en la campaña electoral, a la muerte de muchos de los votantes del sí y al peligro del terrorismo yihadista.

Hasta hace unos meses yo creía que íbamos a entrar en un bucle perpetuo del que nadie escaparía: reuniones y más reuniones en Londres y Bruselas entre ministros británicos y funcionarios comunitarios. Cambié de opinión con la victoria de Boris Johnson.

Gracias a una amplia mayoría parlamentaria, obtenida, por cierto, en los distritos obreros que antes votaban a los laboristas, el primer ministro Boris Johnson por fin ha retirado a su país de la Unión Europea. ¡Qué escándalo! ¡Otro demagogo como Donald Trump que cumple lo que promete en la campaña, no como Pedro Sánchez, que hace exactamente lo contrario y sus ‘hooligans’ le aplauden!

El Poder quería impedir el Brexit para demostrar a los pueblos europeos que hemos de someternos, porque no hay alternativa a sus planes

En estos días, la Unión Europea ha dado dos muestras de la carísima farsa que es. La primera consistió en el patético espectáculo de docenas de europarlamentarios cantando cogidos de las manos; y la segunda, el reparto de los 73 escaños asignados al Reino Unido entre los partidos ya presentes, en vez de eliminarlos y reducir el gasto.

Yo creo que lo adecuado habría sido despedir educadamente a los súbditos de su graciosa majestad y esperar a ver cómo les va. Si, como sostienen los eurófilos, caen en un pozo de miseria, volverán a la UE con el rabo entre las piernas; y si les va bien… a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.

Entonces, ¿a qué se ha debido semejante histerismo? Pues a que el Brexit ha probado que ‘sí’ hay alternativa a los planes del Poder.

Boris Johnson, como Donald Trump, cumple sus promesas electorales, a diferencia de los niños mimados del Poder, como Macron y Sánchez

Se dice que fue Margaret Thatcher la que difundió la expresión “There is no alternative”, abreviada como TINA, para deshacer la oposición a sus políticas, sobre todo las económicas. (Por cierto, la primera ministra votó en 1986 a favor del Acta Única Europea, que comenzó la construcción de la Unión Europea, ésa que tanto desagrada ahora a los conservadores británicos.)

El brexit es una reacción popular a los deseos de las elites. Si ha triunfado electoralmente se ha debido a la incorporación de un sector muy considerable de la clase obrera, la misma que parecía apropiada por los partidos de izquierdas, el brazo político de ese Poder globalista que nos dice desde los medios de comunicación que no tengamos hijos y, a la vez, que nos han de traer 270.000 inmigrantes al año para pagarnos las pensiones.

Por eso, el brexit incluso es bueno para los españoles. Porque implica que se puede desobedecer a los poderosos, a los mismos que habían decidido colocar a Hillary Clinton en la Casa Blanca. Y si encima dispusiéramos de una clase política que lo aprovechara para recuperar esa colonia condenada por la ONU convertida en paraíso fiscal que es Gibraltar, miel sobre hojuelas.

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Cuando me digo por las mañanas que el periodismo es lo más importante, me entra la risa. Trato de tomarme la vida con buen humor y con ironía, porque tengo motivos para estar muy agradecido. Por eso he escrito un par de libros con mucha guasa: Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos, que provocó una interpelación en el Congreso por parte del PNV, y Diccionario para entender a Rodríguez el Progre. Mi último libro es 'Eternamente Franco' (Homo Legens).