Pedro Sánchez Allan Poe
Pedro Sánchez Allan Poe

En El corazón delator (1843), Edgar Allan Poe nos cuenta la historia de un hombre que asesina a un viejo, lo descuartiza y oculta los restos bajo las tablas del suelo. Cuando llegan los policías, atraídos por el grito de la víctima, el asesino les deja inspeccionar la casa y para que no sospechen se sienta sobre las tablas donde está el cadáver desmembrado. Poco a poco, oye el latido del corazón del viejo bajo la tarima. El ruido crece, y al final el asesino acaba delatándose a sí mismo y confesando su crimen. 

El debate del aborto es una pugna entre la verdad y la mentira. Ni el nasciturus es un conjunto de células, ni la llamada interrupción voluntaria del embarazo es un derecho. La cruda realidad es una masacre de inocentes. Tan cruda que los Gobiernos y quienes perpetran abortos tratan de blanquearla, igual que el personaje de Poe escondía los miembros descuartizados de su víctima bajo la tarima. 

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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La cruda realidad son los abortos químicos (por envenenamiento); o quirúrgicos (dilatación o curetaje), variedades para destruir vidas en el seno materno; y los más de 90.100 fetos masacrados -datos de 2021-; y los más de dos millones y medio, desde que comenzó esta locura en España, con la ley despenalizadora del PSOE (1985), por no hablar de los cientos de miles mujeres traumadas de por vida, después de haber abortado, otro asunto del que no interesa hablar.

Demasiada dosis de realidad -que diría T.S. Eliot-, mejor que a nadie se le ocurra romper el espejismo de un exterminio blanco y aséptico… Eso puede explicar la desproporcionada reacción de Gobierno, casi todos los partidos (cómplices en la ocultación del cadáver bajo las tablas) y asociaciones feministas ante la propuesta del vicepresidente de Castilla-León (Vox) de que las mujeres que se plantean abortar escuchen el latido del feto -audible desde la sexta semana de embarazo-, y vean su cuerpo, mediante una ecografía 4. 

A juzgar por sus reacciones, se diría que para todos ellos, lo sagrado,

lo único intocable, y sobre lo que no se debe admitir el beneficio de la duda es el aborto, y no la vida. 

Para ellos, los crueles no son los médicos que envenenan fetos o los Gobiernos que legitiman la muerte de inocentes, sino justamente los que defienden la vida. Así, dice un editorial de El País: “La mera oferta [de que oigan el latido fetal] supone tratar a las mujeres como menores de edad y es de una crueldad pasmosa, pues culpabiliza a las embarazadas que quieren abortar”. ¿Quién las está culpabilizando?, ¿Por qué sacar a relucir la palabra culpa, sin que nadie se lo haya pedido?

El mismo editorial sale en defensa de los médicos abortistas, al decir que la iniciativa del latido fetal es “una injerencia en el ejercicio de la profesión médica y su capacidad de decidir de acuerdo con criterios científicos y profesionales”. 

Según esos “criterios científicos” que El País invoca, está archi demostrado que hay vida desde el momento de la concepción; y según los “criterios profesionales”, la razón de ser del facultativo es curar, no matar. Para lo que ha estudiado y se ha formado es para velar por la salud y aliviar el dolor, no para oficiar de verdugo. 

El editorial se titula, en fin, El derecho al aborto, lo que para ellos -y todos los ejecutores y sus cómplices- es una conquista social, que pueden ver amenazada ahora que alguien se atreve a denunciarla. Cuando el derecho a matar es una ficción jurídica, una contradicción in terminis… o -si lo prefieren- una coartada de matones para justificarse. No existe el derecho a matar, lo que existe es el derecho a la vida, el primero y fundamental de los demás, sin el cual no hay Estado de derecho que valga. Lo deja bien claro la Declaración Universal de 1948 (art. 3.: Todo individuo tiene derecho a la vida), promulgada después de los horrores de Auschwitz e Hiroshima. 

La izquierda tiene bien aprendida la lección de Goebbels: “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. 

Pero la izquierda tiene bien aprendida la lección de Goebbels: “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. Y para eso están los periódicos cuando se convierten en lacayos de la propaganda: se dedican a imprimir todos los días la mentira, como era del caso del Volkische Beobachter, diario oficial del Partido Nazi, del que El País parece ahora un discípulo aventajado.

Termino. En el rasgamiento de vestiduras de estos días se ha hablado de las mujeres, de los médicos, de si Vox, de si el PP, pero nadie ha hablado de aquellos que no pueden defenderse… los fetos en el vientre materno. 

No estamos diciendo que las mujeres no sean también víctimas -verse abocadas al aborto es un terrible drama, y creemos que no deben ser culpabilizadas, que es preciso encontrar soluciones para evitarlo-. Pero nadie podrá discutir que si ellas son víctimas relativas, el nasciturus es la víctima absoluta.

El latido del corazón ha servido para poner a cada uno en su sitio. A Vox, ese partido frecuentemente denostado, como el único que está rindiendo un servicio impagable a la causa de la vida y el Estado de derecho; al Gobierno, la izquierda y las feministas, como los totalitarios que legitiman la máquina de hacer picadillo a seres inocentes; y a los del PP, como lo que vienen siendo: colaboracionistas de Vichy.

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Nacido en Zaragoza, lleva más de 30 años dándole a las teclas, y espera seguir así en esta vida y en la otra. Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra y se doctoró cum laude por el CEU, ha participado en la fundación de periódicos (como El Mundo) y en la refundación de otros (como La Gaceta), ha dirigido el semanario Época y ha sido contertulio en Intereconomía TV, Telemadrid y 13 TV. Fue fundador y director de Actuall. Es coautor, junto con su mujer Teresa Díez, de los libros Pijama para dos y “Manzana para dos”, best-sellers sobre el matrimonio. Ha publicado libros sobre terrorismo, cine e historia.