Ciudadanos españoles portan mascarillas por la calle. /EFE
Ciudadanos españoles portan mascarillas por la calle. /EFE

El Boletín Oficial del Estado publica este martes una «ley de medidas urgentes de prevención, contención y coordinación para hacer frente a la crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19» que impone el uso de mascarilla siempre y en todo lugar para todos los mayores de seis años, salvo enfermedad, «en el caso de ejercicio de deporte individual al aire libre» o en situaciones de fuerza mayor o las indicadas por las autoridades sanitarias.

Esto supone que el uso de las mascarillas será exigible siempre y cuando un individuo en el que no concurran causas sanitarias o de fuerza mayor no vaya corriendo por la calle, subido a una bicicleta o un patinete, preferiblemente con ropa deportiva.

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El Gobierno, en un gesto de generosidad descriptible, no indagará si la mascarilla está correctamente colocada en el interior de los camarotes, aunque sí en las zonas comunes de buques y embarcaciones. Aunque, visto lo visto en las últimas horas, es probable que se permita dar una patada en la puerta sin orden judicial.

La arbitrariedad es el gozne sobre el que giran muchas de las medidas ordenadas por las autoridades, singularmente las del Gobierno de la nación, respecto al Covid19

Para «facilitar» la imposición por doquier del adminículo bucal, se prohíbe la venta unitaria de las mascarillas quirúrgicas fuera de las farmacias (adiós a la venta por internet, supongo), en el caso de que no vayan empaquetadas de forma individual, supuestamente para garantizar la calidad del producto. ¿Por qué limitar la venta de un tipo específico de mascarillas cuando se hace obligatorio su uso? ¿Qué sentido tiene?

Tal vez una pista nos la dé el hecho de que las multas por no usar la mascarilla, antes de un máximo de 100 euros, ahora podrán llegar a los 30.000 euros si se considera una infracción muy grave. ¿Creatividad recaudadora socialista para combatir el déficit galopante de España?

La imposición del uso de las mascarillas choca frontalmente con el criterio expresado por el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón -cuya actuación es más asimilable a la de un comisario político- hace algo más de un año: «La mascarilla no es la clave para controlar la transmisión» en caso de que no se puedan mantener otras medidas.

Se desconoce hasta el momento si algún Comité de Expertos fantasma ha intervenido en esta decisión. Pero parece obvio -y por tanto es más necesario que nunca ponerlo de manifiesto, más aún en un tiempo de distopía orwelliana- que hay que plantearse algunas cuestiones.

Si lo que contagian son las gotitas de saliva, que no viajan muy lejos, ¿qué sentido tiene llevar mascarilla si se está a más de 1,5 metros de cualquier ser humano? Y, al tiempo, ¿qué tipo de inmunodepresor actúa en los deportistas, que pueden pasar si mascarilla junto a otros viandantes sin aparente riesgo de contagio según el gobierno?

La arbitrariedad es la pandemia

La realidad es que la arbitrariedad es el gozne sobre el que giran muchas de las medidas ordenadas por las autoridades, singularmente las del Gobierno de la nación, respecto al Covid19. Si no, no es posible dar un sentido a la catarata de órdenes y contraórdenes con la que nos han bombardeado desde hace un año.

Un ejemplo de las últimas horas es la ordenanza municipal de Ferrol que aboga por prohibir a las personas correr por la calle, mientras que la ley promulgada hoy lo permite e incluso lo incentiva sin mascarilla. Ambas determinaciones en nombre del combate contra el coronavirus.

Uno tiene la sensación, cada vez más acrecentada, de que los palos de ciego que se están dando en la gestión del coronavirus representan la auténtica pandemia: la arbitrariedad. Y sus garrotazos están siendo asestados todos juntos en el costillar del españolito medio, con un fin: ablandarlo como si se tratara de carne de pulpo antes de cocerlo para que la tunda permita mayores desvaríos de quienes ostentan el poder.

La mascarilla tiene un sentido, sí. Pero más allá de su uso razonable, se convierte en bozal, en mordaza o en ronzal. Puro Paulov. Puro socialismo.

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Nicolás de Cárdenas fue inoculado por el virus del periodismo de día, en el colegio, donde cada mañana leía en su puerta que “la verdad os hará libres”. Y de noche, devorando los tebeos de Tintín. Ha arribado en su periplo profesional a puertos periodísticos de papel, internet, televisión así como a asociaciones cívicas. Aspira a morir diciendo: "He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe".