“No Consello de Ministros hai dúas mulleres presuntamente da nosa comunidade, @Yolanda_Diaz_ e @NadiaCalvino, pero son galegas non practicantes”, leo, estupefacta, en un tuit. “E é que a galeguidade dunha ministra non se demostra amosando co «lugar de nacemento» do DNI, senón con investimentos no BOE”.

El gallego no es exactamente un lenguaje arcano para un hablante de español pero, por si acaso, se lo traduzco: “En el Consejo de Ministros hay dos mujeres presuntamente de nuestra comunidad, Yolanda Díaz y Nadia Calviño, pero son gallegas no practicantes. Y es que la galleguidad de una ministra no se demuestra enseñando el “lugar de nacimiento” del DNI, sino con inversiones en el BOE”.

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Ahora, una tontería de este cariz no es exactamente raro, al contrario: eso de repartir carnés de pertenencia a una ‘nacionalidad’ está a la orden del día, aunque estemos más acostumbrados a leerlo en catalanes o vascos. Lo curioso en este caso es que el mensaje procede… del PP gallego.

Hace no mucho, ese traje de chaqueta vacío que responde al nombre de Pablo Casado, a la sazón líder del principal partido de la oposición, declaró que él no era de derechas, porque era moderado. Si alguna vez el PSOE pudo albergar un oculto deseo sobre el Partido Popular, Casado se lo ha ofrecido en bandeja de plata: no solo repudia la etiqueta derechista -regalándosela enterita a Vox-, sino que admite que ser de derechas es incompatible con ser moderado.

El Partido Popular se ha valido durante toda su historia de la ventaja de que su votante no tenía dónde ir

Y ‘moderado’, vamos aprendiendo por todas partes, consiste en no tener principios fijos. No tiene nada que ver con lo que la palabra significa en el lenguaje común, porque cualquiera con dos dedos de frente y un mínimo de memoria personal se da cuenta de que ir repartiendo certificados de ‘galleguidad’ -caramba, incluso acuñando la palabra ‘galleguidad’- es de suyo bastante extremista. Ni a Fraga en su epifanía gallega se le hubiera ocurrido en la vida esa expresión de “gallego no practicante”.

El Partido Popular se ha valido durante toda su historia de la ventaja de que su votante no tenía dónde ir, con lo que podía traicionarle impunemente una legislatura tras otra sin riesgo reseñable. Así, ha hecho las veces de comparsa del PSOE, llevándose las bofetadas de la misma izquierda a la que ha servido con lealtad perruna y que siempre le ha respondido motejándolo de “facha”, “extrema derecha” y, en general, el partido del dóberman. Daba grima verlo, cada vez que ha formado gobierno (que no gobernado), conservando amorosamente todas las medidas de ingeniería social con las que el PSOE aspiraba a dejar España que no la reconozca ni la madre que la parió (Alfonso Guerra dixit) y haciendo suyas las causas más enloquecidas de la izquierda.

A todos y, especialmente, a todas nos da una mezcla de repulsión, vergüenza ajena y compasión ver a un pretendiente rebajándose para conseguir los favores de una amada que le desprecia y humilla, y ese es el triste espectáculo que el PP lleva haciendo desde que alcanza la memoria.

Quiere ser más feminista que nadie, y es insultado y vejado sistemáticamente en las marchas del 8-M, y lo mismo le sucede con los colectivos LGTBI, con los ‘trans’, con los ecologistas y con los nostálgicos del bando republicano en la Guerra Civil. Es un partido que uno imagina siempre de rodillas ante una izquierda que sistemáticamente le escupe en la cara. Esto, por decirlo suave, no lo hace particularmente atractivo. Y esto es, también, lo que ha hecho inevitable la aparición de Vox.

Pero una esperaba que, una vez desembarcado Vox con fuerza en los parlamentos y la intención de voto, el PP despertaría de su siesta perpetua ante la sangría y reaccionaría como ha hecho el PSOE con Podemos, es decir, recuperando las esencias y los mensajes originales. El PP no lo hubiera tenido muy difícil, en realidad, siendo el partido conservador por defecto y costumbre. Hubiera bastado que Casado hablara a los nuevos votantes de Vox con cierta simpatía, comprendiendo su impaciencia, compartiendo sus preocupaciones y alarmas. En su lugar, Casado les ha llamado básicamente fascistas intolerables con los que no quiere saber nada y les ha definido como enemigos prioritarios, por encima de la propia izquierda.

Esto, naturalmente, ha confirmado a los ‘desertores’ en sus sospechas, ha afianzado el voto a Vox y no ha ganado un solo voto, ni medio, de la izquierda, que no votará al PP aunque cambie las gaviotas por la hoz y el martillo.

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