Durante una homilía pronunciada unas pocas horas antes de ser elegido sucesor de Juan Pablo II, el todavía cardenal Joseph Ratzinger afirmó: «Se está constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida solo el propio ‘yo’ y sus antojos». Hace dieciséis años de aquellas palabras. Desde entonces, el mundo se ha oscurecido y la Verdad ha sido arrinconada de tal forma que apenas quedan ya resquicios en los que se haga presente.

Hace años que comprendí que ser periodista no puede ser solamente una forma de ganar un sueldo, ni un camino para lograr popularidad, ni siquiera una forma de influir en la opinión pública. Ser periodista, cuando uno comparte y defiende principios universales, es una forma de militancia en el ejército de Dios. Siempre y en todo lugar, podríamos añadir, pero sobre todo en estos tiempos de dictadura del relativismo. Por eso, me decidí a seguir la senda segura que, ya desde su etapa de cardenal, ofreció Ratzinger a todo el pueblo de Dios, consciente de que ese era un camino sin posibles errores, pegado no solamente a la doctrina de la Iglesia, sino también al del racionalismo y el sentido común, tan necesarios ambos en el periodismo.

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El relativismo moral es la peor carcoma de la sociedad de hoy. Es como esa polilla que parece invisible, porque casi nunca la vemos, pero cuando uno abre el armario se encuentra la ropa con agujeros. Así actúa la lacra relativista. Y desgraciadamente, hay que señalar a los medios de comunicación (en su gran mayoría, cómplices y clientes de los grandes financiadores del relativismo) como los mayores culpables, junto a los partidos políticos, del triunfo de esta aberración moral en el mundo actual.

No podemos pretender que los partidos políticos que beben de las fuentes ideológicas del marxismo o el liberalismo furibundos abracen otra cosa que el relativismo

El mundo del siglo XXI está huérfano de reglas morales que pueda compartir la mayoría de las personas, y eso es un gravísimo problema sobre todo para Occidente, donde la religión ha dejado paso al hedonismo nihilista. Así lo denunciaba en otra ocasión el Papa alemán: «Si los principios éticos que sostienen el proceso democrático no se rigen por nada más sólido que el mero consenso social, entonces este proceso se presenta evidentemente frágil. Aquí reside el verdadero desafío para la democracia».

No podemos pretender que los partidos políticos que beben de las fuentes ideológicas del marxismo o el liberalismo furibundos abracen otra cosa que el relativismo (unos con más profusión y energía que otros, obviamente), porque es precisamente esa aberración moral la que hace que sus potenciales votantes crean en las fórmulas taumatúrgicas que les ofrecen cuando llegan las elecciones. La política siempre, siempre sin excepción, va de la mano de la soberbia que es «prima hermana» de la mentira. Nunca encontraremos en ella la solución a los problemas eternos del hombre.

Pero en cambio, sí podemos y debemos esperar del periodismo una reflexión crítica acerca de su papel en la sociedad actual. Al margen de la línea editorial que defienda, al margen incluso de quién o quiénes le paguen, el periodista que es consciente de su función primera y esencial de «defender la verdad conocida», no puede despreocuparse de su grave responsabilidad al respecto. No cabe «mirar hacia otro lado» cuando lo que está en juego es nada menos que el fundamento de la libertad y las bases de la paz social.

En España, es fácil comprobar los efectos terribles que el arrinconamiento de la verdad ha producido en las últimas décadas. Las leyes de la llamada «memoria histórica», que dejan en manos de políticos «la verdad oficial» sobre una materia que corresponde interpretar a los historiadores, constituyen una gravísima amenaza a la libertad de pensamiento, de expresión y de opinión. Una amenaza que ha sido engullida con naturalidad por el sistema, y aceptada tácitamente por la mayoría de medios de comunicación, en la creencia errónea de que así contribuyen a «fortalecer la democracia», ese mantra contra el cual es tan difícil pelear.

Cuando la pasada semana Pedro Sánchez se declaró en la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados no solamente admirador, sino en cierto modo heredero político de la II República, estaba ocultando que durante aquellos escasos cinco años se cometieron todo tipo de abusos de poder, con crímenes terribles contra personas inocentes (casi siempre, curas y monjas), uso fraudulento de resultados electorales, y finalmente una amenaza de muerte contra el entonces líder de la oposición, José Calvo Sotelo, seguida de su terrible asesinato a tiros. Para el presidente del Gobierno, aquellos crímenes «no existieron» y sus ejecutores son ejemplos sobre los que construir la convivencia de hoy. Ya estamos viendo los resultados.

Ningún periodista debería contribuir a que estos dislates se repitan una y otra vez sin intervenir en defensa de la verdad

Tampoco es un problema para los gobernantes actuales que unos cien mil niños sean asesinados en el vientre de sus madres todos los años en España. Ya nos dijeron algunas ministras de Zapatero que el feto humano «no es un ser humano», argumento muy parecido al que usaron los nazis durante el III Reich para eliminar a todos sus enemigos. Como advirtió Julián Marías, el aborto es probablemente el peor crimen del siglo XX, porque se comete contra el ser más indefenso de la creación y a veces con la complicidad de las propias madres. El socialismo, que siempre presumió de defender a los más débiles, tampoco tiene nada que decir sobre este genocidio silencioso.

También en el tema de la ideología de género vemos en toda su crudeza cómo la verdad ha sido aniquilada. Primero, al negar lo que la naturaleza establece entre los humanos de manera igual de aleatoria que entre el resto de los animales. Nacemos macho o hembra porque sí, porque así lo ha querido Dios, por la misma razón por la que hay días lluviosos y otros soleados, o por la misma incomprensible razón por la que se producen fenómenos naturales que escapan al control de las personas. Pero estos demiurgos de todo a cien, metidos con calzador en los partidos políticos, quieren cambiar a base de ideología lo que la naturaleza ha establecido con normalidad. El resultado es, como también estamos viendo, un aquelarre de situaciones esperpénticas en las que una ministra de Igualdad termina diciendo «niños, niñas y niñes» para contentar a un público previamente lobotomizado.

Como decía anteriormente, ningún periodista debería contribuir a que estos dislates se repitan una y otra vez sin intervenir en defensa de la verdad. El problema es que también los periodistas somos personas y muchos profesionales de la información han bebido de esas mismas fuentes contaminadoras de la realidad. También ellos han perdido la brújula moral que establece lo que las cosas son, y participan (activa o pasivamente) en este festival de despropósitos que es el mundo de hoy. Empujando a sus públicos al limbo moral del que difícilmente podremos salir si no rectificamos pronto.

«No son las ideologías las que salvan al mundo, sino solo dirigir la mirada al Dios viviente, nuestro creador, el garante de nuestra libertad… La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios». Así resumía Ratzinger el camino hacia la verdad, un camino que es para todos, sin excepción, pero que los comunicadores deberíamos aprender y seguir de manera permanente y sin descanso. Lástima que la mayoría no estén por la labor. Pero aquí seguiremos muchos, a pie de obra, cumpliendo nuestro deber que no se limita a contar noticias, ni a comentarlas, ni a ponerles el lacito de lo políticamente correcto para ganar el correspondiente aplauso de las fuerzas vivas del sistema. Nuestra lucha, en el ejército de Dios, consiste en llevar a los demás la verdad que hemos podido conocer, aunque no convenga a los poderes del Estado.
Me siento muy afortunado de intentar desarrollar esta tarea (que es mi oficio, pero sobre todo, mi vocación) en las páginas cibernéticas de Actuall. Gracias por la confianza.

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