Pablo Casado, Pedro Sánchez y Santiago Abascal. /EFE
Pablo Casado, Pedro Sánchez y Santiago Abascal. /EFE

El PP ha dicho que  la reforma del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) de Pedro Sánchez es “un ataque a la separación de poderes que solo se ve en las dictaduras”. Tiene razón. Lo que pretenden los social-comunistas es que el sistema de elección de los vocales del Consejo dependa del Gobierno de turno -casualmente ellos, en estos momentos-. 

Pero, al mismo tiempo, esa queja y la propuesta -tardía- de una contrarreforma del sistema de elección de jueces pone de manifiesto la incoherencia de los populares. Estos tuvieron la oportunidad de arreglar el montesquiecidio perpetrado por Felipe González, que en cuanto llegó a la Moncloa se llevó por delante la independencia del Poder Judicial con una ley orgánica que asignaba al Congreso y al Senado la elección de los vocales del CGPJ de procedencia judicial. 

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En el fondo, al PP le interesaba que el sistema de elección de vocales del Poder Judicial fuera un clon de las mayorías parlamentarias

El PP pudo cambiar las cosas cuando dispuso de dos mayorías absolutas (con los Gobiernos de Aznar en 2000-2004, y de Rajoy en 2011-2015), como pudo cambiar las leyes de aborto o la del gaymonio… pero no lo hizo. Quizá porque, en el fondo, le interesaba que el sistema de elección de vocales del Poder Judicial fuera un clon de las mayorías parlamentarias, a fin de disponer de peones pro-PP en el Consejo por si, alguna vez, las cosas iban mal dadas. En eso, poco se diferenciaba del PSOE. 

Quienes sí se diferencian radicalmente de unos y de otros, y defienden de forma impecable la división de poderes, base del Estado de derecho, son los chicos de Vox. Acaban de presentar una proposición de ley para “que los doce vocales jueces o juristas del CGPJ sean designados por el propio poder judicial” y no por los partidos políticos del Parlamento. Sería volver al sistema anterior a la reforma de Felipe González.

El PP es lo que tiene. Sus complejos freudianos ante la izquierda le convierten en el perro  del hortelano, que ni come ni deja comer. Se ha visto en numerosas batallas culturales, haciendo seguidismo del establishment progre; en el asalto al Poder Judicial o en su actitud medrosa y ambigua ante el paso adelante que ha dado Vox con la moción de censura contra Sánchez.

El argumento de que la maniobra solo va a servir para reforzar la hegemonía sanchista, a duras penas sirve para ocultar el miedo escénico del PP y su obsesión por la equidistancia. 

Precisamente porque la moción de censura no tiene posibilidad aritmética de salir, es por lo que el PP debería apoyarla. Si todo el temor que tiene Casado es a que Abascal pueda sustituir a Sánchez, que pierda cuidado, porque -hoy por hoy- es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que que el líder de Vox entre en el “Reino” de La Moncloa.

El PP deshoja la margarita entre el no y la abstención. Lo primero le dejaría como traidor a la derecha, lo segundo le permitiría nadar y guardar la ropa. Sin embargo, sumarse a la moción de Vox contra el Gobierno, le daría estatura moral para hacer una verdadera oposición -no el paripé al que se ha prestado hasta ahora-, sin que nadie pueda acusarle de oportunismo partidista, puesto que no tiene poder que rascar, ni nada que ganar.

El mensaje que el principal partido de la derecha enviaría, en este caso, a los ciudadanos sería el siguiente: 

Primero. En este momento dramático para el futuro de España, con una crisis sanitaria que se ha cobrado 60.000 vidas -y faltan la segunda y la tercera ola-; una crisis económica que nos conduce al paro y a la pobreza; y un asalto al poder judicial que pone en jaque el Estado de derecho, es urgente parar los pies a los peligrosos desaprensivos que nos gobiernan. O ellos o nosotros (los españoles). Así de crudo.

Segundo. El Estado de derecho dispone de mecanismos para desalojar a un gobernante cuando lo hace mal o se dedica a hacer la vida imposible al pueblo. Es una de las pocas ventajas del peor sistema de gobierno a excepción de todos los demás, que diría Churchill. Si el capataz que dirige tu finca, saquea tus ganados y se enriquece a tu costa, no te andas con contemplaciones. Si el gerente que administra tus dineros te arruina, lo pones de patitas en la calle. 

Pero ni estamos en tiempo de elecciones, ni el administrador infiel -Sánchez- tiene la menor intención de dejar su chollo o de convocar elecciones anticipadas. Así que no queda otra que la moción de censura.

Existe un enorme descontento de buena parte de la población -y no necesariamente de derechas, sino también transversal-

Tercero. Con el blindaje que se han procurado Sánchez & Iglesias con sus socios separatistas y filoterroristas, es matemáticamente imposible que triunfe una moción de censura -al llevar necesariamente aparejada un presidente del Gobierno alternativo-. Sin embargo, dado el actual trance crítico, no sería meramente testimonial ni un brindis al sol. Porque -en este caso- la moción no es tanto para desalojar del poder al Frente Popular, como para dejar en evidencia, con luz y taquígrafos, que se ha convertido en el enemigo público número uno; que nos jugamos mucho si nuestras vidas y haciendas siguen en manos de estos sujetos; que existe un enorme descontento de buena parte de la población -y no necesariamente de derechas, sino también transversal-; y que hay una alternativa de gobierno, una forma distinta de hacer política, que redunda en el bien común y evita la catástrofe a la que Sánchez nos conduce.

La idea es que España (y de paso Europa) se enteren de que hay vida más allá de Sánchez, que hay agua más allá del erial frentepopulista. Una moción de censura no es, esta vez, un atajo parlamentario para escalar hasta el poder y cambiar al inquilino de la Moncloa, sino una enmienda moral a la totalidad.

En realidad, lo que contribuye a perpetuar al líder socialista es el apoyo de los separatistas, y la incomparecencia de la oposición. Con un PP así de ambiguo y complaciente, Sánchez debe estar frotándose las manos. Como hemos repetido en estas mismas páginas, la única verdadera oposición es la que practica Vox. Y así seguirá siendo mientras el PP supedite los principios al tacticismo, el bien común al oportunismo electoral, y continúe confundiendo las palabras “moderado” con “descafeinado”. 

Objetivamente, “no hay Gobierno más censurable en el mundo que el de Sánchez”, como ha dicho Esperanza Aguirre, que anima a Casado a apoyar la moción de censura de Vox. Alguien podría objetar: esta señora habla así porque ya no se juega nada políticamente. Más a mi favor. Los ex gobernantes -como los niños y los borrachos- suelen decir la verdad. O mejor dicho: es precisamente entonces cuando dicen la verdad.

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Nacido en Zaragoza, lleva más de 30 años dándole a las teclas, y espera seguir así en esta vida y en la otra. Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra y se doctoró cum laude por el CEU, ha participado en la fundación de periódicos (como El Mundo) y en la refundación de otros (como La Gaceta), ha dirigido el semanario Época y ha sido contertulio en Intereconomía TV, Telemadrid y 13 TV. Fue fundador y director de Actuall. Es coautor, junto con su mujer Teresa Díez, de los libros Pijama para dos y “Manzana para dos”, best-sellers sobre el matrimonio. Ha publicado libros sobre terrorismo, cine e historia.