Las revoluciones son, en todo el mundo, un proceso histórico de profundos cambios institucionales y de desplazamiento de gobernantes. Paradigmáticas fueron la francesa o la bolchevique.

Un proceso similar se vive en Chile. Es una revolución disfrazada de crisis social, pero con estrategias distintas a las clásicas, circunscrita en un modelo moderno de revolución: difuso, sin liderazgos, que opera bajo la lógica de inestabilidad permanente, con un fuerte componente anárquico y con fuerzas asistémicas, que no pertenecen al orden institucional ni pretenden hacerlo.

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El 18 de octubre, exactamente un mes después de la celebración de las fiestas patrias en Chile, inició este proceso revolucionario en curso catalizado por meras evasiones del pago del pasaje del metro por parte de estudiantes de colegio o universitarios que ha evolucionado hoy a un proceso de cambio de la Constitución. Nos encontramos expectantes ante un futuro con posibles cambios más profundos, con nuevas demandas insatisfechas que busquen alterar el orden actual, junto a una espera de mayor inestabilidad y mayor inseguridad a la que ya fue sometido el país unos meses atrás.

En Chile confluyen diversos factores que lo hacen un experimento perfecto de este modelo insurreccional: un país aislado de sus vecinos; un país con historia de revoluciones; el primer país en instaurar el socialismo en democracia y, particularmente, el primer país en erradicar el comunismo en el mundo; un país que ha ido minando sus principios morales y éticos progresivamente; un país con militares a los que ya se les había llamado violadores de Derechos Humanos; un país con políticos deslegitimados; que ha ido abandonado su comunión con la Iglesia debido a fuertes escándalos de abusos sexuales; con grandes diferencias socioeconómicas entre diversos sectores de la población; fuerte segregación; con un trabajo cultural ideológico organizado territorialmente hace décadas y una creciente crítica social asentada en realidades precarias y de fuerte pobreza que contrasta con la riqueza.

La fuerza, que es coerción propia de todos los gobiernos, se reduce a una administración sin poder; este vacío de poder será ocupado entonces por la fuerza popular callejera

Con todos estos ingredientes, se inicia la descomposición del Estado: comienza un proceso de inestabilidad permanente (en Chile se logró a través de la quema del metro y posteriormente con el saqueo) para que lo que era mera crítica social se convierta en insurrección generalizada.

Así, se paraliza el país y se transfiere el poder del gobierno a la calle. De esta forma, se invalida todo el sistema de los Estados modernos, fundados sobre la base de la autoridad validada a través de un pacto social, lo que quiere decir que, sin el verdadero poder para dirigir un país, se pierde la base fundacional del Estado y se corrompe el sistema, haciendo de Chile, un país ingobernable. Así, la fuerza, que es coerción propia de todos los gobiernos, se reduce a una administración sin poder; este vacío de poder será ocupado entonces por la fuerza popular callejera.

El objetivo es reemplazar el sistema, con una fórmula así de vaga y con propuestas aún menos claras. El motor es el odio y la revuelta se encuentra marcada por hechos políticos que destruyen símbolos: derribo de estatuas de héroes nacionales, quema de iglesias, cambio de lugares significativos como plazas y monumentos, modificación de nombres de las calles. En definitiva, cuestionar y resignificar lo conocido y entendido por Patria.

La revuelta popular chilena, es el ejemplo violento y no institucional de reemplazo del modelo político; la no institucionalidad es la vía acéfala que permite la dispersión de responsabilidades y liderazgos, esto impide identificar con claridad las peticiones que se hacen y de dónde provienen, provocando cierta perplejidad e impotencia de los gobernantes, quienes no saben cómo apagar esta movilización que grita por cambios, pero sin especificar cuáles, sino que dice claramente: cambiarlo todo.

Cabe preguntarse, más allá de simpatizar con los chilenos que viven este proceso de cambio ciego, sin rumbo ni norte ¿por qué preocuparse del proceso insurreccional que vive un país al extremo del mundo? Porque Chile es un laboratorio de modelos revolucionarios: lo que aquí se lleva inoculando y cultivando hace décadas, para que explote en la actual desarticulación de las instituciones, es el nuevo proceso a imitar en todo el mundo: la estrategia molecular es la renovación de la vertical y nosotros somos ejemplo para el mundo del colapso nacional. Entonces, es urgente mirar a Chile y analizar a Chile, para que Chile no se replique.

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