Montserrat Lezaun, junto a su hijo Diego Salvá, guardia civil asesinado por la banda terrorista ETA. /Archivo familiar.
Montserrat Lezaun, junto a su hijo Diego Salvá, guardia civil asesinado por la banda terrorista ETA. /Archivo familiar.

El décimo aniversario del asesinato de las dos últimas víctimas de ETA, los guardias civiles Diego Salvá y Carlos Sainz de Tejada, ha coincidido con el conchabeo alcanzado por el PSOE con los filoetarras para gobernar en Navarra; y con la ley que preve indemnizar a etarras por imaginarios abusos policiales, también gracias a los socialistas y al inclasificable presidente “cum fraude”. Lo cual demuestra que la herida abierta en el costado de la sociedad española no sólo no ha cicatrizado sino que sigue supurando. 

Como ha dicho Jaime Mayor Oreja: No hemos derrotado a ETA, hemos negociado con ETA. Que los killers hayan dejado de hacer lo que mejor sabían hacer no significa que el problema haya terminado. Significa que han cambiado el pasamontañas por alcaldías y concejalías o las metralletas por los homenajes en los pueblos. Su particular ‘Mein Kampf’ ha pasado de la fase criminal a la fase política. 

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Eso explica que desde Madrid se esté cumpliendo la parte del trato: acercamiento de presos; excarcelaciones; dinero -de todos los españoles- para indemnizar a esas víctimas imaginarias que son los etarras y su entorno; dejar que se pasee por la televisión pública el “hombre de paz”. Y… socorros mutuos, tráfico de apoyos, para gobernar Navarra –que tanta carga simbólica tiene para esa ficción llamada Euskal Herría-, gracias a la abstención de Bildu. Do ut des, ya se sabe.

La bajada de pantalones del Estado de derecho comenzó en el lejano 1977, cuando se proporcionó coartada política a los revientanucas, al permitir que Herri Batasuna concurriera a las elecciones. Y siguió después con las complicidades del Gobierno central con los nacionalistas; y más tarde con las negociaciones, directas o indirectas, con el Lado Oscuro; o chivatazos, como el del bar Faisán, mientras ETA sembraba de cadáveres casas-cuarteles y plazas públicas. Incluso cuando la banda estaba acorralada y mermada, un optimista antropológico le tendió la mano desde la Moncloa con una rama de olivo en el pico

Permiten esa variedad de apología del terrorismo que son los homenajes al carcelero de Ortega Lara y a otros exreclusos, como si fueran valientes gudaris

Y ahora, se dedican a echar más sal a la herida, desbloqueando la ley indemnizatoria para pagar hasta 300.000 euros a los que afirmen haber sido víctimas de abusos policiales en el País Vasco, aunque ninguna sentencia judicial lo avale. O permiten esa variedad de apología del terrorismo que son los homenajes al carcelero de Ortega Lara y a otros exreclusos, como si fueran valientes gudaris.

Un Estado de derecho no se puede construir sobre un montón de cadáveres de inocentes, de crímenes sin resolver y de criminales sin ser juzgados; ni sobre la traición a las víctimas que supone el blanqueamiento de los asesinos para que se reciclen en políticos, con presupuesto y moqueta. Por eso decía Daniel Portero, presidente de Dignidad y Justicia, en Actuall, que ETA no estará derrotada, hasta que sus responsables no tengan un juicio de Nuremberg.

Uno de esos crímenes sin resolver y cuyos autores no se han sentado en el banquillo es el último atentado mortal de ETA, perpetrado en julio de 2009, en Palma de Mallorca, y que costó la vida a los mencionados guardias civiles Carlos y Diego.

No hablo de oídas. Conozco a Diego desde que llevaba pantalón corto y jugaba con mis hijos en Palma. Tenía 27 años, era un torbellino de vitalidad, y acababa de salir de un tremendo accidente de moto que le dejó al borde la muerte. Volvía a nacer, después de meses de rehabilitación, y aquel 30 de julio era el primer día que volvía a vestirse el uniforme verde. 

Conozco a Diego, y a sus padres, Montse Lezaún y Antonio Salvá, y a sus otros seis (maravillosos) hijos. Un matrimonio extraordinario. Una familia muy querida en Mallorca. Hace diez años pude ver en ellos el zarpazo brutal del terrorismo, su dolor primero y su increíble serenidad después. 

En las entrevistas que les hemos hecho a Montse y Antonio, los padres de Diego, han sido capaces de responder a preguntas que no tenían respuesta

No es fácil lidiar con el sinsentido de un sufrimiento de clase y rechazar, además, la visita del rencor. Como dice Antonio, el padre de Diego: «Una bala de ETA te mata dos veces; cuando asesina a tu hijo y luego a ti con el odio». La madre, Montse, tuvo que hacer un esfuerzo de voluntad, y con el corazón roto, intentar perdonar, porque “no quería quedarme anclada a una bomba que estalló el 30 de julio de 2009”. Luego han ayudado a otras familias de víctimas del terrorismo con su cariño y su entereza. Como otras muchas víctimas de ETA han demostrado una categoría que deja en evidencia la mezquindad de la clase política.

En las entrevistas de estos años han sido capaces de responder a preguntas que no tenían respuesta -como cuando les preguntaron dónde estaba Dios cuando estalló la bomba-lapa, y dijeron que en la cruz-.

De todas las frases de esta madre coraje, me quedo con dos. “Las víctimas somos las madres; ellos, los hijos, como Diego o Carlos son los héroes”. Y la segunda es “No hay mayor fracaso que ser madre de terrorista”. 

Se podría añadir: ni mayor ignominia que dejar impune el crimen, o pactar con sus cómplices para sentarse en el trono de una comunidad autónoma.

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Nacido en Zaragoza, lleva más de 30 años dándole a las teclas, y espera seguir así en esta vida y en la otra. Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra y se doctoró cum laude por el CEU, ha participado en la fundación de periódicos (como El Mundo) y en la refundación de otros (como La Gaceta), ha dirigido el semanario Época y ha sido contertulio en Intereconomía TV, Telemadrid y 13 TV. Fue fundador y director de Actuall. Es coautor, junto con su mujer Teresa Díez, de los libros Pijama para dos y “Manzana para dos”, best-sellers sobre el matrimonio. Ha publicado libros sobre terrorismo, cine e historia.