Son revolucionarios que no desconocedores de la etiqueta... para lo que les interesa
Son revolucionarios que no desconocedores de la etiqueta... para lo que les interesa

Vivimos tiempos de penumbra, de enfermedad, de virus, de síndromes, de todo lo que afecta a nuestros modos conductuales. En este espacio de continuos motivos por los que perder nuestra paz, conviven unos individuos víctimas de una anomalía cognitiva bautizada como el ‘síndrome Bardem’.

Viene a colación por el nuevo bombo que se está dando a los dos cabecillas de esta familia tan afamada de nuestras fronteras. Carlos Bardem ha publicado recientemente su último libro, El asesino inconformista y su hermano, el más conocido, Javier, acaba de presentar en San Sebastián su último trabajo, El buen patrón. Ambos, conocidos por sus comentarios políticos y sociales personifican el cinismo progresista del que da lecciones de una cosa para hacer exactamente la contraria.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Año 2011, el sindicalista Diego Cañamero acompañado de una jauría de camaradas arrampla en un supermercado robando todo por doquier llenando carros y carros con productos robados. Pues bien, llega el actor Javier Bardem, y como no podía ser menos, apoya la protesta respaldando las reprobables acciones del ex diputado de Podemos en la anterior legislatura. Ni corto ni perezoso, algunos ciudadanos aprovechando la solidaridad fraternal y samaritana del actor deciden acudir al restaurante que este posee en Madrid, La Bardemcilla para saciar parte de sus necesidades fisiológicas poniéndose las botas para a continuación irse del local sin pagar. Paradójicamente, Bardem protesta y reprocha las malas praxis de sus clientes morosos. Solidario, sí, pero mientras no le toquen el bolsillo. Del mismo modo que son ecologistas mientras danzan por las exclusivas calles de Hollywood a lomos del modelo de coche más contaminante, el Lincoln Navigator, uno de los coches que más gasolina consume del mercado.

Son así. Profetas de las propias normas que ellos se saltan. A sabiendas de que la vida que pretenden coartarnos a nosotros es la más placentera, nos cohíben a vivir animándonos a no viajar en avión a la par que en su flota de vehículos no puede faltar un jet privado. Son conscientes de su propio brindis al sol. Desde muy joven he pensado que los intelectuales o activistas de la presunta progresía radical son los primeros reconocedores de que sus dogmas no se pueden llevar a cabo, y pretenden camelar a la población con sus promesas incumplidas para perpetuarse en el poder. Buscando su nicho multidisciplinar aspiran a enfrentar a la población mientras se aseguran la proliferación de los guetos ideológicos enrolando a personas ingenuas en unas causas aparentemente justas sazonadas de moderación.

Como señala Douglas Murray, autor de La masa enfurecida: “Más que ayudarnos a llevarnos mejor, las enseñanzas de la última década parecen abundar en la idea de que somos poco menos que incapaces de convivir unos con otros”. Viven de la confrontación alimentando quimeras monstruosas para movilizar la reacción de los tibios desorientados de la verdad y valedores de una sarta de falacias. Mientras tanto, al mismo tiempo que la ciudadanía se divide por la mentira y la ilusión ideológica, un grupo de familias políticas, sanguíneas y empresariales se monta en el dólar avalando un sinfín de causas justas que nunca fueron buenas.

Soros, Bardem, piensa en quien te acuerdes, seguro que hay más que se están beneficiando de la camorra ideológica existencial.

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