Imagen referencial /Pixabay.
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De forma repentina un minúsculo e inapreciable ser, más pequeño que un microbio, se ha entrometido brusca e inesperadamente en nuestras vidas provocando la muerte de muchos de nosotros. Se trata de un virus, un coronavirus llamado COVID-19, altamente contagioso que, desde el pasado octubre en China, siendo su epicentro la ciudad de Wuhan, se ha ido extendiendo e infectando a más de medio mundo con el resultado de cientos de miles -millones- de enfermos y centenares de miles de muertos, todavía hoy en aumento, cuya dolorosa cifra no se ha acabado de cuantificar y, desgraciadamente, superará las previsiones que ahora se manejan.

De una u otra forma todos tenemos familiares y amigos que han enfermado y otros que han fallecido víctimas de la pandemia[1]. Mis primeras líneas lo son para compartir el dolor de tantas personas que han perdido a sus parientes y allegados o estos se encuentran gravemente enfermos. Nuestra solidaridad, igualmente, con las personas que sufren el confinamiento en soledad y aquellas familias que lo sobrellevan con sus hijos en casas pequeñas o en situaciones precarias. También, a quienes carecen de ingresos: sean autónomos, pequeños empresarios o trabajadores que pueden perder su negocio o su empleo; es decir, su forma de vida. Por último, compartir el dolor de quienes ni tan siquiera han podido realizar el duelo de sus difuntos y no han podido despedirse, no han podido asistir al entierro de sus seres más queridos.

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Podemos extraer las enseñanzas positivas de la tragedia que estamos sufriendo. ¿Lo haremos?

No puede faltar en estas líneas el homenaje sincero y el agradecimiento profundo a quienes se juegan sus vidas por preservar las nuestras: sanitarios, médicos, enfermeros, celadores, sacerdotes y capellanes, transportistas, limpiadores, cajeras y reponedores de supermercados, fuerzas de seguridad, en fin, todos los que contribuyen en la lucha por la vida y contra la pandemia así como los que aseguran nuestro bienestar y alimentación.

No por repetidas me parecen ineludibles las anteriores reflexiones y agradecimientos que me permiten ahora traer a colación la pregunta de si estamos ante una oportunidad -que debemos aprovechar- o si, por el contrario, cuando concluya la pandemia resulta que no hemos aprendido nada de lo que nos está ocurriendo y volvemos a cometer los errores del pasado.

La pregunta se centra en una cuestión filosófica o, más propiamente, antropológica. Mi convicción personal es que nos encontramos en una trágica y dolorosa situación de la que podemos y debemos extraer grandes lecciones.

Para ello debemos recordar lo que nadie, razonablemente, puede negar la realidad en el contexto del rico occidente; el “empoderamiento” humano que nos ha llegado hacer creer que somos superhombres; en nuestra capacidad de llegar a ser lo que naturalmente no somos mediante nuestra “autoconstrucción” cultural (ideología de género), de llegar al pleno “empoderamiento” (feminismo radical), a pretender un estadio “posthumano” accediendo a la inmortalidad (cientifismo transhumanista), erigiéndonos en “super consumistas” (materialismo); cuestionadores de realidades objetivas y valores absolutos mediante el “subjetivismo, la realidad virtual y la postverdad” (relativismo); dominadores cuando no “negadores” de la Naturaleza y, con ello, de la Creación y del Creador; es decir, una sociedad emancipada y a espaldas de la realidad de Dios nuestro Creador (más allá del ateísmo).

Una sociedad donde muchos de nosotros pensamos en que la democracia, el progreso y bienestar material o la paz son gratis, permanentes e inamovibles en vez de implicarnos generosamente y luchar permanentemente en su mejora y en defensa de todos, del bien común.

Esta sociedad tan materialista, relativista y a espaldas de Dios tiene la inmensa oportunidad de repensarse, de recuperar el sentido de la trascendencia humana, de recuperar el sentido de lo que somos (no sólo cuerpo material también alma y espíritu), recuperar, igualmente, nuestra sociabilidad diluida en una sociedad individualista donde el valor y reconocimiento del otro es mínimo (que esperanzadora lección de solidaridad de muchísimos ciudadanos durante estos días, ante la tragedia, que no podemos olvidar cara al mañana).

En definitiva, que podemos, estamos a tiempo, de afrontar la vida de otra manera y hacer un mundo más humano, fraternal y humilde ante la creencia en Dios y en nosotros mismos. Podemos extraer las enseñanzas positivas de la tragedia que estamos sufriendo. ¿Lo haremos?. Ciertamente puedo caer en la reiteración pero siempre me aflora la frase atribuida a Seneca: «No hay vientos favorables para quien no sabe a dónde (a que puerto) quiere ir».

Aunque creo que es momento oportuno de hacernos esa reflexión puede suceder lo contrario. Que superada la pandemia, gracias al esfuerzo y trabajo de nuestros investigadores y científicos, nos creamos nuevamente autosuficientes y plenos dominadores de la naturaleza; nuestros importantes avances científicos y tecnológicos nos tranquilicen y nos vuelvan a dar plena certeza de nuestro control de las cosas y de la vida reafirmándonos en las convicciones que teníamos antes de la entrada en acción del coronavirus en nuestras vidas, que nos reafirme en nuestra inigualable condición (sólo discutida por los animalistas) de homo-deus.

Si tal cosa sucediera no habríamos aprovechado la oportunidad que se nos brinda, no habríamos extraído lecciones ni consecuencias de la grave pandemia, habríamos vuelto a embriagarnos a cerrarnos los ojos ante la realidad, ante nosotros mismos, ante nuestros hijos y ante la Historia. Esperamos que esto no suceda.

Pero, por si tal cosa sucediera quiero traer aquí las claras palabras del cardenal Robert Sarah:

“Algunos dicen que nada volverá a ser como antes. Lo espero. Sin embargo, temo que, si el hombre no vuelve con todo su corazón a Dios, todo volverá ser como antes y el camino del hombre hacia el abismo será ineludible”.

Esperemos aprender la lección y aprovechar esta oportunidad.


[1] Salvadas todas las distancias no quiero olvidar que en lo que va del siglo XXI se han producido importantes epidemias: El SARS en 2003 infectó en dos meses a 8.000 personas de las que fallecieron 700; en 2005, el mundo padeció la llamada gripe aviar; en los años 2009/2010 fue la gripe A (H1N1) la que produjo 18.000 muertos y, en 2014/2015 el coronavirus infectó a 1.000 personas produciendo unos 500 muertos. Creo que cualquier lector recordará el follón mediatico-político que se produjo con el misionero español que trajo el gobierno a nuestro país con la justa y razonable pretensión de intentar su curación. Hago esta referencia porque creo que los occidentales no hemos dado la debida importancia a enfermedades graves e infecciosas cuando se han producido en el tercer mundo y no en nuestra casa, no deberíamos olvidarnos de esto en el futuro próximo.

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José Eugenio Azpiroz ha sido diputado nacional del PP por Guipúzcoa (1993-2015); portavoz y presidente de la comisión de Trabajo y Seguridad Social; portavoz en Juntas Generales de Guipúzcoa (1987-1996). Presidente del PP del País Vasco y de Guipúzcoa. En la actualidad sigue ejerciendo de abogado (desde 1979), es doctor en Derecho y profesor de Filosofía del Derecho en el Instituto de Estudios Bursátiles adscrito a la Universidad Complutense de Madrid.