Risto Mejide, Iker Jiménez y Pablo Motos.
Risto Mejide, Iker Jiménez y Pablo Motos.

Estaba en Amposta, un pequeño municipio de Tarragona y feudo independentista, apoyando a mis compañeros de filas en las elecciones autonómicas del 21 de diciembre de 2017 tras la implantación del 155. Poco después de finalizar los recuentos en los colegios, decidimos encontrarnos en una cantina para seguir los resultados electorales en los que Ciudadanos arrasó al secesionismo. Hablábamos cortésmente con el hombre que regentaba el local y otros parroquianos, -nacionalistas confesos-, cuando, de pronto, un hombre desaliñado de mediana edad nos insultó al percatarse de que no defendíamos sus intereses, y en un instante, este me miró fijamente para seguidamente llamarme «facha» y «maricón».

Segundos después, y como consecuencia de la presión acumulada de estar en territorio hostil, no me corté un pelo, -este que ahora llevo al estilo Fernando Simón como consecuencia del confinamiento-, y le respondí con un “gilipollas”. Ese valiente, como el perro diminuto que se enfrenta al grande pero que se achanta cuando el can de más volumen le responde, se encogió de hombros y bajó la cabeza.

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Un año después, en Alsasua, en donde acudía a un homenaje a las víctimas del terrorismo, -recuerdo que tras esa celebración el ministro Grande-Marlaska dijo que éramos unos incitadores al odio-, al terminar las intervenciones de una víctima de ETA, de Albert Rivera y Fernando Savater, cuando nos disponíamos a abandonar la plaza del pueblo batasuno, -donde se podía cortar el aire con cuchillos-, los radicales de la extrema izquierda y filoetarras nos tiraban botellas de cristal, piedras, y fluidos -menos mal que todavía no existía la COVID-19-, mientras nos llamaban fachas. Caminando acompañado de una diputada de Ciudadanos, le hacia esta reflexión: “¿Cómo es posible que nos llamen fascistas si son ellos los que nos increpan mientras nosotros caminamos pacíficamente y con paso firme?”. 

Esta misma pregunta se hacen ahora muchos que todavía no habían sido señalados por el brazo mediático que posee la izquierda. Hombres libres, que, al contar la verdad y no dejarse influir por ningún tipo de sesgo, han sido añadidos a la eterna lista de fachas que a lo largo de los tiempos han ido recopilando los presuntos progresistas con todos aquellos herejes que se han atrevido a contradecir sus tesis dictatoriales.

Iker Jiménez, periodista linchado públicamente por el ‘experto en la extrema derecha’, -lo entrecomillo porque tiene de entendido lo mismo que los cabecillas pensantes de Pedro Sánchez en la crisis del coronavirus-, Antonio Maestre, señaló al presentador de Cuarto Milenio como una de las caras visibles del facherio. Risto Mejide, el que ha pasado de ser idolatrado por los pijo progres a denhostado por sus opiniones en el programa Todo es mentira. O Pablo Motos, que, tras sus declaraciones públicas en El Hormiguero, esta en el ojo del huracán de la maquinaria mediática, y se le ha increpado por la agencia de noticias, -para que vean hasta donde llega el Gran Hermano social-comunista-, Europa Press, por salir de su casa sin mascarilla, a la par que estos mismos permanecen callados ante la rebeldía de Pablo Iglesias al ir a comprar al supermercado sin ninguna medida de prevención. De traca. 

Algunos, ya estamos acostumbrados a que se refieran a nosotros como fachas. Les voy a contar otra anécdota, -lo sé, parezco el abuelo cebolleta, alguien cercano a mi siempre me dice que soy un anciano en el cuerpo de un joven, les prometo que no estoy escribiendo con máquina de escribir-. Haciendo campaña en las municipales junto con una concejal, al atravesar un mercado de la ciudad de Alicante, un hombre de avanzada edad nos miró fijamente y preguntó: “¿Vosotros que sois los nuevos fachas?”. Un servidor, aunque reconozco que no hice bien puesto que hay que respetar a las personas mayores, respondió mientras no le quitaba la vista de encima: “Si, y a mucha honra, ¿pasa algo?”. El anciano se fue por donde llegó y nada volví a saber de él… Un sobrenombre, que como reveló hace tiempo Carlos Herrera en una entrevista, “debemos de perderle miedo a que nos lo pongan”. Apelativo, el de facha, que empezó a desfasarse en Cataluña cuando los secesionistas llamaban así a todos los que contradecían sus principios supremacistas y que ya ha llegado manoseado en exceso ahora que la izquierda se ha quitado la careta y no deja de bautizar así a los que no comulgan con ellos. 

A lo largo de la historia, siempre ha ocurrido, que, en las dictaduras, sobre todo en las comunistas, los tiranos menospreciaban a los disidentes y les atribuían alguna invectiva para minusvalorar su figura viciando el criterio que naciera de su palabra. Pasa en el régimen de Nicolás Maduro, donde el presidente no deja de llamar fascistas a todos los opositores que luchan por la libertad del pueblo, y también se dio en el despotismo de Lenin, cuando tras la revolución rusa y este traiciono a los bolcheviques, los que le habían ayudado a asaltar el poder, el líder comunista empezó a perseguirles acusándoles de ser un peligro para el sistema tachándoles de fascistas. Dijo Groucho Marx, que la historia se repetía dos veces: Primero como una gran tragedia, y segundo como una miserable farsa. Y no le falta razón. Porque pese a que los líderes que tenemos son igual de deleznables, y que esta izquierda es igual de incrédula que la que apoyaba a todos esos caciques, estos son malos hasta para ser despiadados. Iglesias sueña con ser Lenin, pero no llega ni a Trotsky, y Sánchez ansia ser Azaña, pero no es capaz ni de parecerse a Largo Caballero.   

Tomémonos la palabra facha como una medalla en la casaca del ejército de la estirpe de los libres y no nos achantemos ante los que amenazan nuestra soberanía.

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