Un joven independentista asiste a misa en Cataluña.
Un joven independentista asiste a misa en Cataluña.

El secesionismo divide no sólo a los catalanes, sino también a los católicos. ¿Es moralmente lícito?

Porque, por un lado, tenemos el perturbador legado dejado por los nacionalismos en los dos últimos siglos en Europa. Y que se ha traducido en guerras como la de Yugoslavia, o incluso en la II Guerra Mundial, ya que el régimen hitleriano era una forma exacerbada de nacionalismo.

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O el pésimo ejemplo del nacionalismo vasco, que ha degenerado en el gangsterismo de ETA, manchando de sangre (la de los 800 muertos de último medio siglo) a sus cómplices, los nacionalistas moderados (como PNV o Eusko Alkartasuna).

Pero, por otro lado, tenemos a los obispos catalanes, sucesores de los apóstoles, elegidos por el Papa, que se han pronunciado abiertamente por el derecho de autodeterminación de Cataluña (como el obispo de Solsona, monseñor Xavier Novell).

O que han pedido oraciones ante el referéndum del 1 de octubre, o que han reiterado «que sean escuchadas las legítimas aspiraciones del pueblo catalán». También tenemos a numerosos fieles catalanes que, de buena fe, son partidarios de la independencia.

¿En qué quedamos? La Iglesia condena claramente el nacionalismo excluyente o agresivo, como condenó el marxismo o el socialismo. Y así lo dijo Juan Pablo II en 2001. Y su antecesor, Ratzinger, siendo aún cardenal explicó en el ensayo, ¿Por qué pertenezco en la Iglesia?, que «en medio de un mundo que tiende a la unidad» la Iglesia corre el peligro de dispersarse en «resentimientos nacionalistas, en la exaltación de lo propio y en la denigración de lo ajeno».

¿Significa eso, que los partidarios de la secesión catalana, están moralmente equivocados? ¿Se puede ser buen católico y a la vez nacionalista o independentista?

Máxime en zonas como el País Vasco y Cataluña donde la fe y el sentimiento nacionalista han ido históricamente de la mano. Si bien es cierto, que la secularización del último medio siglo se ha traducido en un descenso de la práctica religiosa o de las vocaciones en esas dos comunidades autónomas.

Manifestación independentista.

¿Qué es lo que dice la Iglesia al respecto?

Lo primero que debe quedar claro es que abordar esta cuestión «referida a la posibilidad de su calificación como pecado en el contexto de la moral personal supone un paso último respecto de una previa y necesaria clarificación en el plano de la moral social general» señala a Actuall, José Francisco Serrano Oceja, periodista, exdecano de Comunicación de la Universidad San Pablo CEU y autor del libro La Iglesia frente al terrorismo de ETA.

Y esa clarificación viene de la mano del «criterio de la Doctrina social de la Iglesia, repetido por los obispos españoles, ante la cuestión de la autodeterminación, del secesionismo mediante un acto de autodeterminación en este momento de España».

Obispos españoles (2002): «No se encuentran razones actuales que justifiquen la renuncia a los bienes y derechos implícitos al hecho de la multisecular unidad cultural y política de España»

La Doctrina Social de la Iglesia es un conjunto de normas y principios referentes a la realidad social, política y económica de la humanidad basados en el Evangelio y en el magisterio.

Sobre la cuestión del secesionismo ya se pronunciaron en concreto los obispos españoles en 2002 recuerda Serrano Oceja. (Se trata de la Instrucción Pastoral Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias):

Expresaron entonces que «no se encuentran razones actuales que justifiquen la renuncia a los bienes y derechos implícitos al hecho de la multisecular unidad cultural y política de España, en su pluralidad y diversidad. La unidad cultural y política de la nación española, siguen afirmando los obispos, es considerada como un efecto importante del ‘bien común de una sociedad pluricentenaria».

En esa declaración -referida a España- aparecen algunos de los criterios para valorar hasta qué punto son rechazables los independentismos, como por ejemplo la unidad de la nación o el bien común.

Pero hay otras pautas que pueden servir de fundamento: la dignidad de la persona, el bien común, la solidaridad, la justicia social y el destino universal de los bienes. 

El vicepresidente del Gobierno catalán, Oriol Junqueras / EFE
El vicepresidente del Gobierno catalán, Oriol Junqueras / EFE

¿Dónde quedan los derechos de los demás habitantes?

La dignidad de la persona exige que los derechos inherentes a cada uno como ser humano y como hijo de Dios sean inviolables. Desear la independencia de un territorio o región no tiene que ser malo ni estar terminantemente prohibido para un católico. En la Historia tenemos diversos ejemplos.

Ahora bien, que algo no sea malo en general no excluye que lo sea en un hecho concreto. Dependerá de cada caso.

Si La secesión supone violar el principio jurídico vigente a costa de los derechos de los demás no es acorde con la Doctrina Social de la Iglesia

Si la secesión supone violar el principio jurídico vigente a costa de los derechos de los demás habitantes: como podría ocurrir en el caso de España con Cataluña y País Vasco, no sería acorde con la Doctrina Social de la Iglesia.

Porque esta violación unilateral de los derechos individuales y comunitarios conlleva el riesgo de que se den graves problemas de convivencia, bien sea tanto a nivel político como social.

¿Dónde queda el bien común?

Por bien común se entiende el conjunto de condiciones y circunstancias que hacen posible el desarrollo pleno de los miembros de una sociedad. En este caso, la decisión de independizarse sería válida si favorece o permite el bien común de los afectados, es decir, de toda España. No parece que este sea precisamente el caso.

La secesión rompe las condiciones previas que sí permitían ese desarrollo común, y que tuvieron su plasmación política en la Constitución que nos dimos todos los españoles en 1978. La secesión de Cataluña violaría este principio.

El Papa emérito Benedicto XVI/EFE.

Benedicto XVI recordó durante su pontificado que “el bien común de la sociedad es uno de los innegociables para todo católico”.

Y en una instrucción pastoral de 2006, la Conferencia Episcopal advertía que «las propuestas nacionalistas deben ser justificadas con referencia al bien común de toda la población directa o indirectamente afectada».

No se trata solo del bien de los 7’5 millones de catalanes sino del bien común del conjunto de los españoles (46 millones)

Es decir, en este caso, no se trata solo del bien común de los 7’5 millones de catalanes sino de bien común de los 46 millones de españoles.

Y añadían los obispos: «Si la coexistencia cultural y política, largamente prolongada, ha producido un entramado de múltiples relaciones familiares, profesionales, intelectuales, económicas, religiosas y políticas de todo género, ¿qué razones actuales hay que justifiquen la ruptura de estos vínculos? (…) ¿Sería justo reducir o suprimir estos bienes y derechos sin que pudiéramos opinar y expresarnos todos los afectados?”.

¿Dónde queda la solidaridad?

Por solidaridad se entiende la colaboración y la ayuda al prójimo. Supone, según la Doctrina Social de la Iglesia la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos. 

A eso se refería Juan Pablo II: “es preciso superar decididamente las tendencias corporativas y los peligros del separatismo con una actitud honrada de amor al bien de la propia nación y con comportamientos de solidaridad renovada.»

Y explicaba: «esta solidaridad debe mostrarse de abajo a arriba, de lo pequeño a lo grande: “[la solidaridad] más bien, pasa a través de las comunidades en que el hombre vive –familia, comunidad local y regional, la nación, el continente, la humanidad-“.

Cataluña es una de las regiones más avanzadas de España gracias a la solidaridad del resto de españoles

En el caso catalán habitualmente se esgrime como argumento que ‘España nos roba’, cuando, los casos de corrupción de determinados gobernantes (caso Pujol) demuestra que son otros quienes han robado a los catalanes.

Jordi Pujol.

Los secesionistas verían la solidaridad intraterritorial en España como algo negativo ya que, según ellos esgrimen, lo que harían sería mantener a regiones menos trabajadoras que se aprovechan del sudor de los catalanes, como a veces han llegado a decir algunos políticos nacionalistas catalanes.

De lo que se suelen olvidar es que Cataluña es una de las regiones más avanzadas de España por la solidaridad del resto de españoles quienes, a través de sus impuestos vía financiación autonómica, también han contribuido a hacer de Cataluña lo que es hoy. La reciprocidad solidaria es violada por el secesionismo.

Los Reyes Católicos reciben a Colón en Barcelona.

¿Dónde queda la verdad sobre la Historia de España?

Hay, en fin, una premisa básica que los nacionalismos niegan: la verdad histórica, lal sustituir los hechos por la manipulación a fin de justificar sus reivindicaciones. Y esa falsificación tiene consecuencias directas sobre el bien común y la solidaridad.

Soley: «Construir una reivindicación política sobre la mentira, ya sea esta histórica, negando la convivencia de siglos, ya sea esta de carácter económico (…) es a todas luces inmoral»

Jorge Soley, especialista en Doctrina de la Iglesia y colaborador de Actuall, incidía en ello:

«El mismo Magisterio de la Iglesia nos recuerda reiteradamente que existe un criterio básico de moralidad, que es la verdad.

Construir una reivindicación política sobre la mentira, ya sea esta histórica, negando la convivencia de siglos, ya sea esta de carácter económico, manipulando datos y «balanzas» y apelando al egoísmo, como estamos viendo día sí, día también, en las argumentaciones de quienes promueven la independencia de Cataluña, es a todas luces inmoral».

Basta repasar los libros de texto y material de apoyo que se han enseñado en las ‘ikastolas’ catalanas durante los casi 40 años que lleva funcionando como Comunidad Autónoma, para comprobar como se ha manipulado la Historia, con mentiras y falsedades, haciendo primar la ideología nacionalista sobre el rigor científico.

Máxime cuando España es una de las naciones más antiguas de Europa (no como Alemania o Italia que tienen apenas siglo y medio): unificada desde los Reyes Católicos, hace quinientos años. Y posee un sustrato cultural, económico y social; una empresa colectiva de siglos, con una proyección destacada en el resto del mundo -a través del Descubrimiento de América-.

Todo ello conforma un legado, un bien común transmitido de generación en generación, del que todos los españoles participan.

El presidente catalán, Carles Puigdemont, principal responsable de la consulta ilegal del 1-0 / EFE.
El presidente catalán, Carles Puigdemont, principal responsable de la consulta ilegal del 1-0 / EFE.

Un legado y una unidad perfectamente compatibles con la identidad cultural de las distintas comunidades a través del Estado de las autonomías, diseñado en la Transición.

Sin embargo, los secesionistas opinan que es el Estado español quien interviene en las Comunidades Autónomas ‘homogeneizando’ culturalmente y eliminando las diferencias históricas culturales entre territorios.

Cuando es exactamente al revés: los nacionalismos convertidos en totalitarismos son los que están arrasando con toda reminiscencia cultural genérica de la Nación para imponer una visión partidista, sectaria y artificial de la cultura ‘autóctona’.

El Papa Pablo VI.

Casos como el arrinconamiento sistemático del español en las escuelas o las multas a los establecimientos que no rotulen sus carteles en ambos idiomas (como mínimo) son un ejemplo de ese nacionalismo excluyente y manipulador, al que se refería Pablo VI cuando en un mensaje para la Jornada Mundial de la Paz (1976) decía:

«Renace con el sentido nacional, legítima y deseable expresión de la polivalente comunión de un pueblo, el nacionalismo que al acentuar dicha expresión hasta formas de gobierno colectivo y de antagonismo exlusivista, hace renacer en la conciencia gérmenes peligrosos y hasta formidables de rivalidad y de luchas muy probables».

El gran peligro de los nacionalismos es convertir a la Nación en un bien absoluto, al que se supedita todo lo demás, en una suerte de idolatría. Así lo expresaba Juan Pablo II en su libro Memoria e identidad: «se debe evitar absolutamente un peligro: que la función insustituible de la nación degenere en nacionalismo».

Jorge Soley advierte del «peligro, nada teórico sino bien real» del que siempre han alertado los Papa: «de que los católicos, intoxicados de nacionalismo, fueran abandonando su fe para sustituirla por una nueva idolatría, la del culto a la Nación».

Alejandro Navas: «Absolutizar y erigir la patria como valor supremo es idolatría».

Es importante distinguir, por tanto, entre el recto amor a la patria y la ideología nacionalista. La primera es una virtud cristiana, extensión del Cuarto Mandamiento: Honrarás a tu padre y a tu madre –“la patria es verdaderamente una madre para cada uno”- llega a decir el papa Wojtyla-.

En tanto que el nacionalismo es «una ideología desordenada -subraya Soley- que absolutiza una realidad y la idolatra, acabando por destruir aquello a lo que pretende dar culto».

Como escribe Alejandro Navas, profesor de Sociología de la Universidad de Navarra en un reciente articulo publicado en El Mercurio de Chile: «absolutizar y erigir la patria como valor supremo es idolatría». Y añade «el nacionalismo que se construye sobre la dicotomía nosotros/ellos tiende con frecuencia a ser excluyente y por eso moralmente discutible».

 ¿Dónde queda la Constitución? 

La Constitución española de 1978, en la que quedó definido y aceptado por todos los españoles el diseño de Estado, convertía a España de facto en lo más parecido a un Estado federal, con amplias atribuciones para autonomías como la catalana.

Sin embargo, el secesionismo argumenta que la Constitución está caducada y que ha de modificarse, sin especificar si es una modificación para que se le permita la independencia o para lograr un mayor grado de autonomía.

Manifestación a favor de la independencia / EFE.La modificación constitucional concierne a toda España y, de haber referéndum, éste debe ser nacional

Con la Doctrina Social de la Iglesia en la mano, la modificación constitucional correría por parte de toda España y, de haber referéndum, éste debe ser nacional.

Eso sería lo acorde con los criterios de justicia, bien común y solidaridad.

Lo subrayaron los obispos en la Instrucción Pastoral (apartado 35), “la Constitución de 1978 no es perfecta […] Se trata, por tanto, de una norma modificable, pero todo proceso de cambio debe hacerse según lo previsto en el ordenamiento jurídico”.

Y dejaron bien claro:

Cuando las condiciones señaladas no se respetan [orden legal vigente], el nacionalismo degenera en una ideología y un proyecto político excluyente, incapaz de reconocer y proteger los derechos de los ciudadanos, tentado de las aspiraciones totalitarias que afectan a cualquier opción política que absolutiza sus propios objetivos”.

Por todo ello, cabe concluir que existen reparos morales a la secesión. «las pretensiones nacionalistas independentistas no están moralmente justificadas en el caso de España», subraya José Francisco Oceja.

Y cita al papa Wojtyla: «Lo dicen con las mismas palabras que Juan Pablo II empleó en el caso de Italia en 1994. No es moralmente aceptable la secesión por medio de la autodeterminación, que “implicaría la negación unilateral de la soberanía de España”.

Queda para la conciencia de cada uno valorar los posibles daños en la convivencia y las posibles injusticias que puede acarrear un proceso de esa naturaleza en un país como España.

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