Marruecos ha detenido el asalto a nuestro territorio nacional por la frontera de Ceuta, tras recibir los 30 millones de euros que el Consejo de Ministros del Gobierno de Sánchez tuvo a bien regalarle el mismo día en que la invasión magrebí arreciaba con más virulencia. Una propina para mantener a su Policía, decía el ministro del Interior, Grande-Marlaska. Pero el conflicto sigue latente.

Ya se veía venir la magnitud de los hechos, cuando el Gobierno del eufemismo tuvo que recular en su intento de revestirlos de “una grave crisis migratoria”, según los empezaron a denominar fuentes del Ejecutivo, para desembocar en el “es otra cosa”, de Pedro Sánchez.

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Y tanto que era otra cosa. En lo diplomático, era la respuesta airada del reino alauita por la acogida en España del líder del Frente Polisario, Brahim Gali; en el fondo, es una demostración de fuerza por parte de Marruecos y un severo recordatorio de quién tiene las llaves para abrir las puertas a las hordas de inmigrantes capaces de poner en jaque a cualquier destinatario de las mismas.

Según la información publicada, desde Rabat se lanzó el bulo de que Cristiano Ronaldo jugaba en Ceuta, con el objetivo de lanzar a jóvenes y menores contra la ciudad autónoma, sabiendo que el tratado hispano-marroquí impide la devolución de aquellos que no hayan alcanzado los dieciocho años. Hasta 10.000, según sindicatos policiales, habrían irrumpido en suelo español.

El asunto no estriba en el cumplimiento de un acuerdo en materia de inmigración firmado por dos Estados soberanos, cuales son España y Marruecos, sino en que los magrebíes han utilizado a sus propios ciudadanos para hostigar a nuestra Nación

A partir de ese momento, se abría un intenso debate sobre qué hacer con esos miles de menores que ahora deambulaban por nuestro territorio. El remiendo político lo puso el Gobierno sobre la mesa: se repartirían entre las Comunidades Autónomas que, sin recibir fondos estatales, habrían de hacerse cargo de éstos.

En la lid mediática, de nuevo, la progresía en general, y muchos de los melifluos periodistas conservadores clásicos, o bien fomentaban, o bien caían en la trampa.

Uno de estos comunicadores tradicionales entrevistaba a Valentina Martínez, portavoz de exteriores del Partido Popular en el Congreso y Secretaria de Relaciones Internacionales del PP, situándola ante la disyuntiva de qué hacer con los menores, por cuanto que la ley impide expulsarlos, pero con la certeza de que integrarlos en las Comunidades que ellos gobiernan con el apoyo de VOX supondría perder el respaldo de la formación de Abascal. La popular, trastabillada y dubitativa, no sabía por dónde salir. Ambos, entrevistador y entrevistada, habían mordido el anzuelo que Marruecos había dibujado.

Porque la premisa sobre la que entablaron su conversación, asumida por ambos, es falsa. El asunto no estriba en el cumplimiento de un acuerdo en materia de inmigración firmado por dos Estados soberanos, cuales son España y Marruecos, sino en que los magrebíes han utilizado a sus propios ciudadanos para hostigar a nuestra Nación.

No estamos, como decíamos, ante ninguna “crisis migratoria”, sino ante eso que Sánchez llamaba “otra cosa”, que no es más –ni menos- que la invasión de nuestro territorio, el acoso a nuestras fronteras y la amenaza a la integridad física e incluso a la vida de nuestros compatriotas.

En esa coyuntura, no cabe divagar respecto del cumplimiento de pactos que ya han sido violados de contrario, y hacen un flaco favor a los intereses nacionales quienes entren a hacerles el juego a aquellos que los han transgredido.

Si a Marruecos no le importan sus nacionales, y los trata (al más puro estilo palestino), como armas arrojadizas, no es otro Estado, en este caso, el español, quien haya de soportar sobre sus hombro las vilezas de la morisma.

Precisamente porque ahí radica su chantaje: si no los acepta, España estaría incumpliendo sus acuerdos, y si los acepta, está asumiendo, tácitamente, que Marruecos puede lanzar carne humana contra sus fronteras, bloqueando cualquier posibilidad de defensa por nuestra parte.

Acoger sus misiles en forma de turba como cosa y responsabilidad nuestra implica, por parte de España, bendecir la invasión.

Pero parece que esta sencilla lectura de los hechos sólo la ha hecho VOX, cuyo líder, Santiago Abascal, ha sido el único de los políticos españoles que ha pisado suelo ceutí (y digo suelo, no moqueta) y ha recorrido sus calles interesándose por los destrozos y pillajes perpetrados por los asaltantes.

Llegaba a tal punto la ignominia y la bajeza del resto de partidos españoles, que mientras cientos de radicales se concentraban a las puertas del hotel donde se alojaba Santiago Abascal en Ceuta, se enfrentaban a la Policía, arrojaban objetos e impedían la celebración de un acto de un político español, en suelo español, el Partido Popular firmaba junto al PSOE una declaración conjunta, junto a dos partidos islamófilos, contra lo que venían en denominar “actitudes provocativas” que podían “resquebrajar la convivencia”, pidiendo a los ceutíes que se abstenga de participar en actos públicos “que puedan contribuir a una innecesaria y preocupante excitación del estado de ánimo de la población”.

Porque para el PP (el PSOE se da por descontado) la actitud provocativa no es el chantaje marroquí a través del asalto, el saqueo y el vandalismo; para el PP, los que “resquebrajan la convivencia” no son quienes arrojan sobre nosotros miles de varones en edad militar; porque, para el PP, los que contribuyen a una “innecesaria y preocupante excitación” son justamente quienes, al menos, se reservan el derecho a corear en las calles de Ceuta que esta ciudad es España y, como tal, merece la misma protección de Cuenca o Lugo.

Así, podemos comprender cómo la estrella matutina de la radio de los obispos se ha descolgado con la soflama pepera de que la retirada del apoyo de VOX al Gobierno de Juan Manuel Moreno en Andalucía por acoger a los menores no acompañados -que supone, en todo caso, sucumbir al chantaje marroquí- es “infantilismo político”, porque en realidad, lo verdaderamente importante, es no frustrar “la rebaja fiscal” que dice el Gobierno andaluz querer llevar a cabo.

Ese es el aspecto de nuestro panorama político y mediático. El Gobierno del PSOE y Podemos untando al moro para que, por favor, deje de meternos el dedito en el ojo, sucumbiendo sin tapujos a la extorsión, y cayendo –aún más- en el descrédito internacional para continuar siendo el hazmerreír del Mediterráneo. El PP, firmando con el partido de Sánchez en Ceuta y junto a los islamófilos para evitar “actitudes provocativas” porque ya se sabe que ellos son más del ciento amarillo que de una colorá. Los medio progres, en su línea habitual, recortando fotografías para que nadie dude de que esto sólo es una crisis humanitaria ante la que hay que ser empáticos, integradores y multiculturales. Y los comunicadores conservadores, timoratos y pusilánimes, clamando por la estabilidad y el cumplimiento de unos acuerdos que son papel mojado y hundido bajo las aguas del Mediterráneo. Porque lo importante, claro está, es la rebaja fiscal.

También lo son los 30 millones de euros de la mordida marroquí, que ya engrosan las arcas alauitas. Porque España, parece, sí paga traidores.

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