Pedro Fernández Barbadillo.
Pedro Fernández Barbadillo.

Si se atiende a los grandes medios de comunicación del mundo, llevan semanas poniendo el foco, más allá de la pandemia, en las próximas elecciones presidenciales desde una visión prácticamente unívoca: la transmisión del fervoroso deseo de ver resarcida su frustración arrastrada desde hace cuatro años atrás cuando el pueblo americano, contra todo pronóstico oficioso, decidió que Donald J. Trump fuera su presidente y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas.

Las simplificaciones sobre lo que Trump representa para una mayoría de los ciudadanos de los Estados Unidos, la infravaloración de la sociedad civil no alineada con el discurso políticamente correcto y la ignorancia del complejo sistema electoral americano, son algunos de los posibles factores que llevaron a un fracaso estrepitoso a esos medios y a otros grupos de poder en 2016.

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No es por tanto muy sorprendente, advertir cómo vuelven a tropezar con la misma piedra una vez más a pocas semanas de que se celebren las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos.

En este contexto, comprender la idiosincrasia y los mecanismos electorales del país de la bandera con las barras y estrellas es uno de los objetivos de Los césares del Imperio Americano, editado por Homo Legens.

El colaborador de Actuall Pedro Fernández Barbadillo es el autor de este volumen, el único editado en España sobre el sistema americano en este año de elecciones.

Explique por favor qué es un caucus, que suena a primo lejano del ornitorrinco

La palabra caucus proviene del idioma de los algonquinos y significa asamblea de jefes. Como en la democracia de EE. UU. se supone que todos los ciudadanos son jefes, los caucus son reuniones de militantes de un partido en una ciudad o pueblo para elegir de entre varios candidatos a cuál dan su apoyo. Es un método que permite el fraude, tal como se vio en 2016 en favor de Hillary Clinton y contra Bernie Sanders, pero por esa veneración que hay en EEUU por sus pequeñas tradiciones, se mantiene en algunos estados.

Hasta los años 60 del siglo XX, los candidatos se elegían en las convenciones. Las delegaciones las nombraban los mandamases de los partidos en cada estado y los candidatos tenían que negociar los apoyos durante días. La convención demócrata de 1924 duró 17 días y en ella hubo 103 votaciones hasta elegir un candidato. No sorprenderá si digo que fue estrepitosamente derrotado.

Después del escándalo de la convención demócrata de 1968 en Chicago, el Partido Demócrata introdujo las elecciones primarias en 1972 y más tarde le siguió el Republicano. Hoy los candidatos los eligen los afiliados, lo que da sorpresas como Obama en 2008 y Trump hace cuatro años, cuando cada partido y sus principales donantes preferían a otros.

«Con circunscripciones únicas y elecciones a una vuelta se dificultaría que llegasen al Parlamento personas como Pablo Echenique, Adriana Lastra y Carmen Calvo»

¿Qué desearía del sistema electoral americano para el español?

A diferencia de Estados Unidos, España no es una república… todavía, tal como van las cosas. Me gustaría para las Cortes un sistema electoral de circunscripciones únicas y elecciones a una vuelta, como se aplica para la Cámara de Representantes estadounidense y en la Cámara de los Comunes británica. Así, los diputados tendrían que trasladar los esfuerzos que ahora hacen por satisfacer al jefe de su partido a los ciudadanos de su distrito. Con un sistema así se dificultaría que llegasen al Parlamento personas como Pablo Echenique, Adriana Lastra y Carmen Calvo, a las que, de vivir en nuestra casa, esquivaríamos en el portal y las juntas de propietarios.

Del sistema constitucional, admiro los equilibrios institucionales y las limitaciones al poder del Ejecutivo y, también, de otras instancias. Bill Clinton, aun como presidente, no estuvo aforado en los juicios civiles que tuvo contra las mujeres que le acusaron de abusador y violador. Y el presidente sólo puede permanecer ocho años en el cargo. Compárelo con las presidencias eternas o interminables de Chávez, Ortega, Maduro, los Kirchner…

Como cimiento de todo ello, querría para los españoles el patriotismo de los estadounidenses (allí sería inconcebible que un presidente mostrará su pesar por la muerte de un terrorista). Y, también, la implicación de las personas en la vida social. En EE. UU. no se confía a ojos cerrados en los partidos ni en las autoridades.

Los presupuestos electorales de los candidatos son monstruosos. ¿El dinero lo puede todo en el sistema electoral de los EE. UU.?

Ya notó Alexis de Tocqueville que a las democracias les cuesta reducir el gasto y el derroche: “Algunas veces la democracia quiere economizar gastos, pero no lo consigue, porque le falta el arte de ser económica”. Sin carretadas de dólares no se puede hacer campañas, contratar personal, insertar anuncios en televisión y radio… Por eso, cada vez hay más candidatos a gobernador o senador federal rico. Sin embargo, el dinero no lo es todo. El mismo Obama, un gran recaudador, lo reconoció: “El dinero no puede garantizar la victoria (no puede comprar la pasión, el carisma, ni la habilidad de contar una historia). Pero sin dinero, y los anuncios de televisión lo consumen todo, se tiene la garantía de perder”.

En 1948, el candidato republicano, Thomas Dewey -era gobernador de Nueva York- contaba con el apoyo de la prensa y de los grandes empresarios y Truman le derrotó ampliamente. El nuevo David llegó en 2016. Hillary Clinton contaba, como Dewey, con los medios de comunicación, con los ricos (el banco Goldman Sachs prohibió a su personal donar dinero a la campaña de Trump y Pence) y, además, con la máquina de votos del Partido Demócrata, los sindicatos y su red clientelar de asociaciones de negros y feministas. ¡Y perdió!

Es otra esperanza que nos ha dado Trump. No siempre el vencedor señalado por la prensa, las encuestas y los millonarios es elegido.

¿Pintan algo los partidos minoritarios?

En 1860 fue elegido el primer presidente republicano, Abraham Lincoln. Desde entonces, todos los presidentes pertenecen a uno de los dos grandes partidos que conocemos. La última vez que el candidato de un tercer partido quedó segundo fue en las elecciones de 1912. Se trató de Theodore Roosevelt, que se presentó por el Partido Progresista cuando el republicano quiso proponerlo para un tercer mandato. Y la última vez que un candidato obtuvo representantes en el Colegio Electoral fue el demócrata segregacionista George Wallace en 1968. Ha habido más candidatos de un tercer partido, como Anderson (1980) y Ross Perot (1992 y 1996), pero ninguno ha tenido siquiera ese pequeño triunfo.

«Los demócratas están jugando muy sucio con el voto por correo al eliminar las pocas garantías que tiene en EE. UU. con la excusa de la salud»

Los terceros partidos suben cuando existe un gran descontento con los azules (demócratas) y los rojos (republicanos) y en cuanto este desaparece, se esfuman. Hoy, como hizo Perot, pueden contribuir a debilitar a uno de los dos candidatos. El tercer partido nacional en la actualidad es el Libertario. En 2016 su candidato recibió casi 4,5 millones de votos; este año, su resultado será menor. Por si acaso, los demócratas tratan de ahogar al Partido Verde, ya que parten de que esos votantes irán a Biden y Harris si no tienen candidatos propios.

La presencia de los terceros revela la libertad de la sociedad norteamericana. ¡Hasta ha habido candidatos socialistas! En Alemania, por ejemplo, voten lo que voten los ciudadanos, siempre gobierna Merkel.

¿Se ha producido ya la habitual “sorpresa de otoño” de la que habla en su libro?

Yo creo que todavía no. Ha habido sorpresas, como la enfermedad del presidente Trump y las revelaciones sobre los negocios sucios del hijo de Biden, Hunter, que Twitter y Facebook han censurado, lo que ha provocado que el escándalo sea todavía mayor. De aquí al día de la elección puede ocurrir cualquier cosa.

A no ser que uno de los candidatos arrase en las elecciones, creo que la sorpresa de octubre será el recuento del voto por correo, donde los demócratas están jugando muy sucio, al eliminar las pocas garantías que tiene en EE. UU. con la excusa de la salud. Trump ganó la presidencia al vencer en tres estados tradicionalmente demócratas: Michigan, Wisconsin y Pensilvania. La ventaja sobre su competidora fue de menos de 80.000 papeletas en los tres. Ahí se juegan 42 miembros del Colegio Electoral.

Después del fallo estrepitoso de las predicciones periodísticas en 2016, ¿alguien entiende de verdad las elecciones americanas salvo el equipo de Trump?

Para ser presidente hay que obtener como mínimo 270 votos de los 538 miembros del Colegio Electoral. Trump se planteó cómo ganar en los estados necesarios e hizo campaña en ellos. No malgastó ni un dólar ni un minuto de su tiempo en California y Nueva York.

Tengamos en cuenta que el último republicano que venció en los dos fue Reagan en 1984. Elaboró un programa dirigido a la clase obrera de recuperación de las fábricas y el empleo trasladados a México y China, y de orgullo para los blancos (y blancas) despreciados por los progresistas de las dos costas. Así se llevó los estados necesarios: los que suelen acompañar a los republicanos, más Florida, convertida en un estado vacilante que, como Ohio desde 1964, cae en la bolsa del ganador, y los tres ya citados del ‘cinturón del óxido’. Además, es un orador excelente y se siente a gusto en el escenario, mientras que a Hillary Clinton se le notaba incómoda.

Los demócratas llevan años apostando y promoviendo la identidad como factor de división social. Identidades sexuales, raciales, religiosas…, que implican victimismo y reparación, moral pero sobre todo económica. Trump jugó al mismo juego y apeló a la identidad del mayor grupo demográfico, el de los blancos, despreciados y culpados de todas las desgracias que suceden en el país, hasta de la alta delincuencia de la comunidad negra. Me parece que todos los progres del mundo occidental y en concreto los demócratas todavía no lo han comprendido.

De todos los césares del imperio americano, ¿con cuáles se queda y por qué?

De los 45 presidentes me quedo con: Andrew Jackson: acabó con el elitismo en la presidencia e introdujo al pueblo en la política; Abraham Lincoln: salvó la Unión, abolió la esclavitud y mantuvo las elecciones de 1864, que estuvo cerca de perder, por una cuestión de principios. “No podemos tener un Gobierno libre sin elecciones”, dijo.

También el primer Roosevelt, que arremetió contra los trusts, los Gates y Bezos de la época, y con su política social impidió el arraigo del socialismo en el país. Y el segundo Roosevelt por estabñecer el salario mínimo y la Seguridad Social. Sin él, la victoria sobre la Alemania nazi habría sido casi imposible. Sin embargo, trató a Stalin, un genocida mayor que Hitler, como si fuera un aliado digno.

Ronald Reagan es otro de los elegidos: Derrotó a la URSS, unió al pueblo norteamericano y devolvió el prestigio a la presidencia. Y para los derechistas ha sido un maestro. Como escribo en mi libro, “Reagan liberó a los conservadores del fatalismo y la frustración ante un mundo que parecía conducido por la izquierda hacia un precipicio”. Desde Reagan sabemos que podemos ganar.

Y Donald Trump, porque se opone al globalismo, que pretende hacer de EE. UU. su brazo armado, cumple sus promesas electorales y está atrayendo el voto obrero y popular al Partido Republicano. Ahora es el Demócrata el partido de los ‘peces gordos’.

¿Le parece Biden un buen candidato?

Joe Biden es un establecido, un miembro de la casta política. Senador desde los 31 años hasta que Barack Obama en 2008 le escoge como vicepresidente. No gusta ni a sus militantes. La primera de las elecciones que ganó en las primarias fue la cuarta. Además, está mostrando su senilidad, lo que hace pensar que la verdadera candidata es su vice, Kamala Harris. Algunos medios de comunicación, como en España La Sexta, han hablado de Harris como primera presidenta, después de la dimisión o destitución de Biden.

Tengamos en cuenta un hecho. Desde 1976, los norteamericanos han escogido como presidentes a candidatos ‘outsiders’, alejados de ese Washington que se identifica con un pantano de corrupción. La única excepción es Bush I, que no fue reelegido.

Carter, gobernador de un estado sureño, prometía un gobierno tan bueno como su gente. Reagan, actor de cine y gobernador de la lejana California. Bill Clinton, gobernador de Arkansas, el estado más pobre del país, y tan desconocido que recurrió al senador Al Gore, que heredó el escaño de su padre. Bush II, rico gracias no al petróleo, sino a un equipo de rugby, y gobernador de Texas, otro estado del sur y el único que fue república soberana antes de entrar en la Unión. Barack Obama, negro y criado en el extranjero. Y Trump, empresario inmobiliario, sin experiencia política y estrella de la televisión. Los demócratas ofrecieron en 2016 a otro Clinton, que se jactaba de su experiencia, y ahora repiten con otro candidato rebosante de experiencia y, encima, más viejo.

Y la pregunta del millón de dólares. Están dando unas encuestas aún menos favorables que hace cuatro 4 años a Trump. ¿Revalidará?

Los cronistas políticos de mis añorados años 50 consideraban de muy mal gusto decir a quién votaban. En circunstancias normales, yo apostaría por Trump por estos motivos.

Primero, los precedentes históricos le respaldan. Desde 1924, diez de los catorce presidentes que se presentaron a la reelección la obtuvieron (Coolidge, FDR, Truman, Eisenhower, Johnson, Nixon, Reagan, Clinton, Bush II y Obama), mientras que sólo cuatro fracasaron (Hoover, Ford, Carter y Bush I).

Segundo, la bonanza económica. En una encuesta de Gallup de septiembre pasado hecha a votantes registrados (ojo a este matiz), el 56% de ellos decía que estaban mejor que hacía cuatro años, mientras que sólo el 32% reconocía que estaba peor. ¡Y con el virus circulando! Por tanto, me cuesta creer esas otras encuestas electorales que le dan a Biden y Harris diez, doce y hasta catorce puntos de ventaja a nivel nacional. Sobre todo, cuando los encuestadores son los mismos que ya metieron la pata hace cuatro años.

Tercero, Trump no ha iniciado ningún conflicto militar, a diferencia de sus predecesores. Es un presidente pacificador, aunque ‘los expertos’ nos avisaron de que iba a incendiar el mundo.

Cuarto, la asistencia a los mítines de Trump, que está siendo enorme, a pesar de la campaña de miedo por el coronavirus, mientras que Biden apenas sale de su casa.

Y quinto, el odio con que los ‘lobbies’, Hollywood, Wall Street, Twitter y Facebook atacan a Trump, que podría provocar una reacción popular similar a la que benefició a Truman en 1948.

La progresía está advirtiendo de que Trump podría negarse a reconocer los resultados, paradójicamente como ha hecho ella en estos últimos cuatro años

¿Y ahora ha cambiado de opinión?

Por desgracia, sí. Los súper-ricos de Silicon Valley están donando docenas de millones de dólares para pagar anuncios de televisión en favor de la candidatura de Biden-Harris. Las big techs se han atrevido a censurar una noticia perjudicial para Biden debido a los asuntos sucios en que está implicado su hijo: corrupción, abuso de poder, drogas y hasta sexo. La excusa que han dado es que no estaba verificada por sus ‘fact-checkers’ habituales y en esta conducta les han seguido gran parte de los medios de comunicación tradicionales, como la televisión y la prensa. 

Y los demócratas han decidido volcar su esfuerzo en manipular el voto por correo, por lo que han rebajado los ya pequeños requisitos de seguridad, sobre todo en algunos de los estados que debe volver a ganar Trump para su reelección y donde gobiernan ellos, como Pensilvania, Michigan y Wisconsin.

Hay unas fuerzas poderosísimas que quieren acabar con Trump y su movimiento porque éstos les impiden seguir con sus inmensos negocios con el Partido Comunista Chino y aplicar sus planes de control social y de reducción de población. Y esas fuerzas pueden alterar la realidad mediante la censura y la mentira en las redes sociales y los medios de comunicación.

A no ser que uno de los candidatos arrase, el recuento y la tensión se prolongarán durante semanas. La progresía está advirtiendo de que Trump podría negarse a reconocer los resultados, paradójicamente como ha hecho ella en estos últimos cuatro años.

Mi esperanza es el votante de EEUU será un paleto que no sabe situar España en el mapa del mundo, como nos cuentan los corresponsales de la prensa progresista europea, pero es mucho más libre que el español y no trata a su partido como las barras bravas a su equipo de fútbol.

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