Se han celebrado las elecciones, y la mayoría del pueblo ha votado por echar al presidente socialista. Pero el Gobierno ha manipulado los resultados. Le mantiene en el poder un pucherazo que demuestra sus ansias ilimitadas de poder, y un desprecio sincero y activo por la democracia.

No crean que me refiero a Sánchez. Ya saben que este año, y es una novedad, el voto por correo se vuelca en el voto general, y es más difícil, o quizá imposible, rastrear una manipulación del recuento. Y que Sánchez ha colocado al frente de Correos a un amigo íntimo y conmilitón. Hay quien con esos dos hilos teje un tapiz de fraude electoral. Pero no, me refiero a Evo Morales, el líder socialracista boliviano. Socialracista le llamaba en un artículo escrito en 2005; y narcopresidente, y las dos cosas ha sido. 

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Este domingo abandonó el poder. Cuando se estaban perfilando ya los resultados de las elecciones en España, recibía una llamada desde Santa Cruz por parte de un miembro de una alta institución de Bolivia. “José Carlos, el presidente Morales abandona el poder”. Me fío plenamente de la persona que me llamó, una confianza con la que intenté vencer mi natural incredulidad. Era cierto, por supuesto. “Prepara su huída a México vía Argentina”. Y también era cierto, por lo menos por lo que se refiere a su intención de dirigirse al país de la plata. Pero parece que se ha refugiado en el Chapare, donde cultiva su propia coca. 

Los antidemócratas denuncian que Evo Morales es víctima de un golpe de Estado. Son quienes le apoyaron en 2005, cuando ganó las elecciones con la amenaza de que si no lo hacía él daba un golpe de Estado. Los que le apoyaron cuando convocó un referéndum que le permitiría saltarse la Constitución y volver a presentarse a la reelección. Quienes estuvieron a su lado cuando perdió el referéndum y, contra todas las leyes y la voluntad de su pueblo, se presentó finalmente. Y quienes aprobaban, con su silencio o con sus palabras, las fraudulentas elecciones de hace dos semanas, cuando de nuevo Evo Morales violentó la voluntad del pueblo boliviano, que lo quería fuera del poder. Y son los mismos que apoyaban a Evo Morales cuando ordenó al Ejército que actuase contra el pueblo, que protestaba en las calles al ver robada su voluntad electoral.

Esos, los antidemócratas, denuncian ahora un golpe de Estado, que consiste en que el Ejército no quiere actuar contra su propio pueblo, obliga al narco-racista Morales a irse, y apoya la creación de un Gobierno cuya misión es la de convocar unas elecciones limpias. Es justo lo que no quieren, una Bolivia libre de echar del poder a un gobierno socialista. Un gobierno que no es corrupto, porque es la misma corrupción. Y porque temen que el ejemplo de Bolivia sirva en Venezuela y Nicaragua. A los antidemócratas, en última instancia, sólo les vale el golpe de Estado permanente; ese golpe que, en Bolivia, acaba de llegar a su fin.

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