Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid / EFE
Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid / EFE

Todo el mundo ha tenido que desviar su mirada en el malhadado año 2020. La niña de los ojos, postrada sobre Isabel Díaz Ayuso. Ella es un desafío para todos. Para propios y extraños porque creían, o siguen creyendo, que no tiene talla personal para presidir una comunidad autónoma, y menos una de la categoría de la de Madrid, donde se produce el 19 por ciento del PIB nacional.

Es un desafío para el Gobierno, que actúa sin más oposición que la Comunidad de Madrid y, si acaso, de ATA. Es un desafío para Vox, que no puede vestir a Díaz Ayuso con el traje de la “derechita cobarde”. Y es un desafío para Pablo Casado; tanto que, en vez de presumir de su éxito al acertar con una candidata que era una apuesta personal de 100 a 1 contra el resto, y de llevarse él los beneficios, ha acabado por asustarse ante el empuje político de su amiga. 

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La presidenta de la Comunidad de Madrid se ha enfrentado a una situación que hunde, o encumbra, cualquier carrera política. Sí, la gestión de la pandemia tenía que haber obligado a Pedro Sánchez a dimitir, sumido en el oprobio general, pero los votantes socialistas son de acero iridiado: no hay cómputo de muertes que les haga flaquear en su voto por el PSOE. Pero con el Partido Popular es distinto, y más con una alternativa a su derecha.

Calvin Coolidge, cuando aún era gobernador de Massachusetts, se enfrentó a una grave crisis en el Estado. La gran mayoría de los policías de Boston se declaró en huelga. Como si hubiese triunfado el movimiento defund the police, la inacción de los agentes permitió que el crimen floreciese en la ciudad, durante semanas. Coolidge, que creía en la autonomía del gobierno local, le dio al alcalde la oportunidad de controlar la situación. Al ver que la situación superaba las fuerzas del Ayuntamiento, decidió actuar y envió a la Guardia Nacional, tomó el control de la Policía local, y restituyó el orden. Su decisión le convirtió en candidato republicano a la presidencia, y tras la muerte de Warren Harding, en el 30º presidente de los Estados Unidos. 

Algo parecido le puede ocurrir a Díaz Ayuso. Esperó a que se celebrase la manifestación feminista del 8 de marzo para anunciar, al día siguiente, que cerraría los colegios. Pidió que los aeropuertos no cobrasen tasas al material sanitario. Pidió que se suspendiesen las actividades deportivas y las peluquerías. Y dijo a los ciudadanos que nos esperaban semanas muy duras. Todo ello antes de que Pedro Sánchez diese un giro copernicano a su discurso, y declarase el estado de alarma. 

Madrid, contra la política del Gobierno contabilizó desde el primer momento todos los muertos por COVID19, no sólo a aquéllos que se habían hecho un PCR. Desde el principio ha optado por saber cuál era la situación en la región, con la realización masiva de test. El gobierno autonómico fue el primero en pedir que se exigiesen pruebas en los aeropuertos, lo que acabó haciendo el Gobierno con evidente, y mortífero, retraso. Lo mismo cabe decir de facilitar que las farmacias hagan test. 

Facilitó la venta ambulante y la ayuda de empresas alimentarias a familias en una situación vulnerable. Y ha combinado como ninguna otra región la libertad de sus ciudadanos, por la que muestra algo más que respeto, con el control de la extensión de la pandemia. Gracias al control de los deshechos más los test y el cómputo de casos, la Comunidad ha identificado las zonas sanitarias de mayor incidencia, y las ha aislado del resto.

El éxito de esta estrategia es evidente. Más, cuando a diferencia de otras regiones, ha permitido que se mantenga el sector de la restauración en funcionamiento, aunque con restricciones. Esto es lo que El Diario de Nacho Escolar llama liderazgo “sin apenas gestión”. El éxito ha sido tal que tiene a toda la izquierda bramando por la construcción de un nuevo hospital público en la Comunidad de Madrid. 

El mayor desafío de Isabel Díaz Ayuso no ha sido el de Pedro Sánchez, o el de Pablo Casado, o el de la práctica totalidad de la prensa española, sino ella misma. Quienes dudaban de su capacidad política, simplemente, no la conocían. Tiene un instinto y un arrojo político de los que conducen a los mayores éxitos, o a los grandes fracasos, y tiene el inmenso talento de confiar en un buen equipo, tanto entre sus consejeros, los suyos, como en su gabinete. Este ha sido el año de Isabel, como reconocen El Diario, El País, La Razón… Y está en la posición de hacer lo que quiera dentro del Partido Popular. 

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