Jacob Rees-Mogg, el último conservador del Partido Conservador británico.
Jacob Rees-Mogg, el último conservador del Partido Conservador británico.

Hace apenas unos días, la web digital Milenio, dirigida por el bueno de Gonzalo Altozano, colgó en YouTube un breve vídeo en el que se hacían eco del extravagante político británico Jacob Ress-Mogg, icono de las bases tories en Albión. Ciertamente, que un medio español realizara una monografía en formato audiovisual de este señor me resultó bastante sorprendente. Por estos lares, es bastante difícil encontrar verdadero interés, más allá del titular, por la política de los países de nuestro entorno. Supongo que pasará igual por aquellos lares.

Echar un vistazo al modus vivendi de Rees-Mogg es como retornar a la campiña inglesa de Downton Abbey y vivir la vida de todo un Lord británico. De vestir impoluto, afición por el cricket y devoción por suntuosos coches antiguos, Jacob, padre de seis hijos, se jacta de no haber cambiado un pañal en su vida. De eso, se encarga una niñera que ya se los cambió a él cuando era un niño. Odiado por todo el establishment político, les irrita escuchar a alguien hablar con un acento eduardiano en una época en la que los británicos se afanan por descuidar cada vez más su forma de hablar.

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Para terminar de empeorar la cosa, es católico tradicionalista. Sí, de esos que oyen misa en latín y que son tan despreciados por sectores no poco numerosos de una jerarquía eclesiástica que les considera carcas pese a salvaguardar la Tradición ante estas misas a lo Beatles –con guitarrita incluida- que acabarán vaciando las iglesias. Y no olvidemos que muchos en su partido le llaman papista por ser católico. Y, lo mejor de todo, estos sujetos siguen teniendo el descaro de llamarse conservadores cuando han abrazado de lleno el rumbo teológico liberal que está tomando una Iglesia Anglicana cuya última hazaña ha sido poner un tobogán en un iglesia para que jueguen los niños.

Ciertamente, fue un chaval bastante precoz. Con apenas doce años, ya era accionista de General Electric y asistió a un consejo de accionistas para hacer saber que se oponía a la estrategia tomada por la empresa. Estudió en Eton –donde era considerado por sus compañeros como el más vehemente entre los jóvenes thatcheristas- y ulteriormente se graduó en Historia en Oxford, donde fue el segundo de la clase y presidente de la organización conservadora de Trinity College.

Ofuscado por no haber aprendido suficiente a los clásicos durante su etapa formativa, decidió aprender de ellos de forma autodidacta. Es usual que los cite durante sus aclamados y refinados discursos, lo que ha llevado a sus opositores laboristas a calificarle como «un fascista que lee a los clásicos». Que entre el consenso socialdemócrata de su país se le califique de «fascista» o miembro de la «extrema derecha» creo que no sorprende a nadie.

Dejó en evidencia a un Partido Conservador que ha caído en el centrismo más pérfido y que sobrevive porque sus bases votan al mal menor

Políticamente, es calificado de High Tory por su monarquismo a ultranza que le lleva a defender el retorno a aquellos modos de hacer política en la Gran Bretaña en la que el Rey reinaba, pero también gobernaba. Esto no quiere decir que el Parlamento pierda sus poderes, sino que el rey asuma unos poderes ejecutivos de los que participaba, pero hoy carece.

Defiende una economía de mercado pero, como heredero del conservadurismo de Benjamin Disraeli, cree que el gobierno debe ocuparse de aquellos que están necesitados aunque es necesario fomentar la caridad voluntaria para lograr una sociedad más sana y cohesionada. También se ve la influencia de Robert Peel en su defensa del librecambismo, aunque cree que lo ideal es llegar a acuerdos comerciales bilaterales con otras naciones. Respecto a la histeria milenarista del cambio climático, apuesta por las energías baratas porque cree que es imposible competir económicamente con las potencias emergentes si se llevan a buen puerto propuestas que quieren implantar el socialismo, pero con otra discursiva, y garantizar el beneficio de unas multinacionales que han invertido muchísimo dinero en energías renovables.

Durante el mandato del premier David Cameron, se convirtió en el diputado tory más rebelde al oponerse vehementemente a la legalización del matrimonio homosexual y al aborto. Dejó en evidencia a un Partido Conservador que ha caído en el centrismo más pérfido y que sobrevive porque sus bases votan al mal menor. Incluso ha sido un rebelde dentro de la propia organización interna del partido al criticar las cuotas raciales entre candidatos por dejar fuera de juego a gente muy inteligente por el mero hecho de ser blanca.

También ha destacado por su fuerte defensa del Brexit frente a la burocracia bruselense. Optó por un Brexit Duro y la alianza con el UKIP y luego con el Brexit Party de Nigel Farage para oponerse al nefasto acuerdo que quería sacar adelante Theresa May. Apoyó a Boris Johnson desde el primer momento y, desde que él es premier, ha ejercido como líder del grupo conservador en los comunes.

Pese a su nombre, el Partido Conservador ya tiene poco de conservador. Pese a los clichés permanentes, Boris Johnson es más bien un libertario patriota que no pone en cuestión la agenda progresista y añora volver a los tiempos clásicos grecorromanos mientras lee en griego los versos homéricos antes de irse a dormir. Rees- Mogg constituye una esperanza de cambio. Un político popular amado en la Inglaterra campestre y cuyo gran apoyo son jóvenes ansiosos por poner patas arriba todo este consenso progresista que atomiza y desespiritualiza al ser humano. Sí, jóvenes, porque el conservadurismo es la nueva contracultura.

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