Bertrand de Jouvenel
Bertrand de Jouvenel

Hijo de un aristócrata francés ligado al Partido Radical de la Tercera República y de la hija de un capitán de la industria judío y de educación masónica, Bertrand de Jouvenel fue uno de esos últimos conatos de ese mundo que describió con tanta nostalgia Stefan Zweig en El Mundo de Ayer.

Educado en casa por sus propios maestros, su educación fue básicamente la antítesis del sistema actual de especialización. Conocía en abundancia las Ciencias y las Humanidades, destacando un gusto por la Biología que durante toda su vida se resistió a la caducidad. Con la vida solucionada en lo material como noble rentista que era, desde su adolescencia buscó dar solución a los problemas que sufría el Occidente de entre guerras.

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Comenzó simpatizando con el socialismo para terminar, en 1937, en el Partido Popular –no confundir con el patrio-, de corte fascista, fundado por el excomunista Jacques Doriot. El susodicho, era alcalde de Saint Dennis, hogar de paz eterna para los monarcas franceses y, en aquel entonces, suburbio obrero. 

Jouvenel, no es que tuviera mucho entusiasmo por el fascismo. Lo que le entusiasmaba era la organicidad del proyecto que representaba Doriot: obreros organizados para luchar contra un sistema que destroza sus espíritus mientras les hacen libres.

Rápidamente, se desencantó del partido homónimo del que hace poco lideró Mariano Rajoy Brey pero, su corta afiliación le perseguiría hasta los años 80, cuando fue a los tribunales contra el historiador Lev Stendhall por difamarle. Tras la ocupación alemana, fue uno más. Quiero decir, ni participó en el colaboracionismo ni en la mitificada resistencia. Únicamente, intentó seguir vivo. No obstante, terminada la guerra, se vio obligado a huir a Ginebra por temor a ser fusilado por las hordas de comunistas sedientos de sangre, hoy llevados a los altares de la victoria como héroes.

En ese clave 1945 publicó el libro que había escrito durante el transcurso de la guerra: Del Poder: Historia Natural de su Crecimiento. Un «libro de guerra», como él lo describiría. No solo por ser escrito en tiempos de guerra, sino por haber sido escrito en el tiempo de aquello que un encendido Goebbles preguntaba a los alemanes que si la querían o no, la Guerra Total.

En el libro, Jouvenel no pretende destrozar el Poder. Como cristiano católico, piensa que el Poder viene de Dios. Lo que hace es, básicamente, describir cómo funciona el Estado y cómo se desarrolla su crecimiento. Algo análogo –por qué no- a lo que hizo un denostado Maquiavelo a principios del Siglo XV. Se limita a entender ese poder y buscar la manera de limitarlo e impedir que liquide las libertades humanas y el dinamismo natural de la sociedad.

El Estado que Hobbes había definido como Leviatán o Dios Mortal, se había ido haciendo desde la emergencia de las monarquías autoritarias en un Poder cada vez más fuerte, centralizado y acaparador. Todo empezó, cuando se rompió la dicotomía entre Authorictas espiritual de la Iglesia y la Potestas de los poderes terrenales, en cuyo vacío se hallaban resquicios de libertad.

La revolución, lejos de limitar su poder, lo incrementaba exponencialmente cambiado las oligarquías anteriores, imponiendo alguna de las llamadas religiones políticas y mutando hacia métodos totalitarios interesados por controlar no solo lo público, sino también lo privado.

Nada mejor para esto que uno de los famosos escolios de Nicolás Gómez Dávila: «La Revolución, es la salud del Estado. La Rebelión, es la merma de este». Hoy en día, el Estado controla todos los ámbitos de nuestra vida desde que nacemos hasta que morimos. Nos dice cómo vivir, qué creer, cómo pensar. Nos hace dependientes de él y vulnerables ante él mientras nos hace pensar que somos libres por ir a votar cada cuatro años. Mientras tanto, el aparato estatal crece y crece mientras que los que intentan apartarse de él, se resignan ante la cada vez más aparente inutilidad de sus actos.

Se puede defender la libertad y la comunidad a la par, sin caer en la deificación liberal del individuo o en la paranoia utópica del anarquismo

En 1947, tras poder retornar a Francia, fundó con Hayek, Friedman y otros liberales de la época la Sociedad Mount Pélerin. No obstante, rápidamente se desencantó de un liberalismo que desecha lo político, cae en el economicismo, deifica al individuo y ve la libertad como un fin en vez de como un medio para lograr la virtud personal.

La solución al crecimiento del Poder la encuentra en la organicidad de la comunidad. Es decir, recuperar esos cuerpos intermedios (familia, iglesia, sindicato, asociación, partidos etc.) que servían para contrarrestar y limitar el poder estatal, mantener la salud espiritual de la comunidad y abrir el campo a la libertad humana.

El Poder tiene horror vacui y, mientras se encarga de dinamitar esos cuerpos intermedios, ocupa el espacio que estos ocupaban antaño. Individuos solos ante el Estado, con lazos afectivos e independencia casi nula, cuya función es servir fielmente al Dios Mortal y ser el perfecto consumista para mantener el cotarro de las grandes multinacionales que se benefician de privilegios y prebendas del Estado. Frente a esto, aunque es natural, no debemos resignarnos y rendirnos. Debemos empezar por intentar salir de Matrix nosotros mismos y, entre varios, poco a poco, recuperar la influencia y poder perdidos por esas instituciones intermedias.

Recuperar la organicidad de la sociedad, lo público, lo natural. Porque, como bien apunta el aristócrata francés, como cristianos sabemos que la libertad es un derecho natural que se nos ha sido otorgado pero, la experiencia, nos aclara que la libertad es necesario conquistarla siempre.

Bertrand de Jouvenel, fue un discípulo hábil y sagaz de Alexis de Tocqueville. Ambos, denunciaron el crecimiento del Leviatán sobre lo natural, lo orgánico. Ambos, también se percataron los peligros que alberga la Democracia y la necesidad de fomentar aristocracias basadas en el mérito y no en el linaje. Y, ambos, apreciaron y ensalzaron el valor de lo comunitario, lo público, como poder intermediador entre el Estado y el individuo y guardián de las libertades humanas. Sirva este humilde homenaje a Bertrand de Jouvenel no solo para proponer una alternativa al Dios Mortal sino también como ejemplo de que se puede defender la libertad y la comunidad a la par, sin caer en la deificación liberal del individuo o en la paranoia utópica del anarquismo.

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