Alberto Garzón sin corbata ante el Rey prometiendo el cargo de ministro (izqda) y encorbatado a su llegada al Consejo de Ministros. /EFE
Alberto Garzón sin corbata ante el Rey prometiendo el cargo de ministro (izqda) y encorbatado a su llegada al Consejo de Ministros. /EFE

El Poder exige de sus gobernados silencio, comedimiento, limpieza… Lo que hasta el maldito Mayo del 68 se llamaban urbanidad y buenos modales. O como dijo Vito Corleone, respeto.

La corbata es un complemento incómodo, que no tiene más sentido dentro de las reglas de la moda que demostrar que los hombres saben combinarla con camisas y cubrir el espacio del pecho que deja al descubierto la chaqueta. Es útil para que las esposas y los hijos sepan qué regalar en cumpleaños, aniversarios y Navidad. Y, sobre todo, en nuestros tiempos, sirve para demostrar quién manda y quién obedece.

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Alberto Garzón no se puso corbata para rendir su promesa de desempeñar su cargo de ministro con lealtad al Rey y cumplimiento de la Constitución. En cambio, para asistir a su primer consejo de ministros, vaya si se la anudó al cuello.

El comunista Alberto Garzón sólo se ha puesto corbata para su boda y para ir al Consejo de Ministros, no cuando ha visitado al Rey

Si recurrimos a la ideología izquierdista, la corbata muestra la división de las clases sociales en altas y bajas, ricas y pobres, opresoras y oprimidas. Forges siempre dibujaba a los banqueros con corbata y al llamado pueblo sin ella. Y en El Jurado, Dustin Hoffman, escoge una corbata de lunares en vez de una rayada porque sabe que a los jurados de las ciudades pequeñas del Sur no les gustan los abogados demasiado peripuestos. ¿Cuándo vimos por primera vez a Pablo Iglesias con pajarita y chaqué, aunque pareciera una caricatura de camarero? En una gala de los Goya.

Para acudir al Congreso de los Diputados, donde representa a todos los españoles, o a La Zarzuela, residencia del jefe del Estado, ni Garzón ni Iglesias se visten con lo que nuestras abuelas llamaban elegancia. Pero para visitar a los poderosos de verdad, o sea, Pedro Sánchez, del que depende que sigas sentado en el consejo de ministros, y los actores que hacen la propaganda que te han convertido en Robin Hood, hasta se perfuman.

En el reino de España, el Rey y su familia son despreciados y ridiculizados en televisiones, parlamentos, radios, ayuntamientos, universidades… En cambio, ¿quiénes de esos concejales que cuelgan su retrato del revés o actores que le imitan se atreven a hacer lo mismo con Jordi Pujol, o Pedro Sánchez? Cuando los medios de comunicación sacaban un día sí y otro también la corrupción del PP, entre los nombres aparecían hasta Manuel Fraga y José María Aznar, pero nunca, nunca, Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría.

Se puede insultar a los Borbón, los Franco y Amancio Ortega, pero no se puede chistar sobre los Botín, los March, los Pujol, los Iglesias-Montero…

Hace dos semanas, se emitió en televisión un documental en el que la banquera Ana Botín se mostraba como feminista y conversa a la religión del apocalipsis climático; incluso se quejó de que su padre no le había ayudado. Pues en TW no apareció ninguno de los izquierdistas y amargados que supuran odio cuando se difunde cualquier noticia relacionada con Amancio Ortega.  Los tertulianos y chistosos que se burlan de la católica Rocío Monasterio, ¿se atreverían a hacer las mismas bromas de la comunista Irene Montero?

En España, por tanto, las familias poderosas no son los Borbones, ni mucho menos los Franco, sino los Pujol-Ferrusola, los Sánchez-Gómez, los Iglesias-Montero, los March, los Del Pino, los Godó, las Koplowitz, los Garrigues…

La misma conducta desigual se da con las instituciones. La Iglesia es el pim, pam, pum permanente; en ocasiones, incluso con motivos reales. Dentro de poco, en cuanto empiecen las dificultades económicas en España, surgirá como ‘demanda popular’ la necesidad de expropiar o confiscar catedrales.

El escándalo de prostitución de las menores bajo tutela de en Mallorca se silencia porque en las islas hay un ‘Gobierno de progreso’

En cambio, ¿cuántos reportajes se han elaborado sobre la cuantía del ‘patrimonio devuelto’ a los sindicatos desde 1978 y con qué títulos? Sin embargo, nadie toca a las asociaciones de ofendiditos, cuyos privilegios y cuya rapiña de los fondos públicos supera a los del duque de Lerma y su banda.

Si usted se informa por Actuall, en vez de por RTVE (“la de todos”), ya se habrá enterado del escándalo sexual que ha estallado en Mallorca: la totalidad de las adolescentes y niñas acogidas en centros públicos de la Administración local, del Consell de la isla, eran prostituidas. Los empleados han estado avisando a los cargos políticos desde hace más de tres años y éstos no hicieron nada.

Vivimos en los tiempos de #MeToo, “Sólo sí es sí”, “Yo sí te creo, hermana” y “Nos están matando”, y el silencio rodea este caso. Si la banda de pederasta hubiera violado a esas niñas en un centro religioso católico, se habrían enterado hasta los búhos de Laponia.

Como ha escrito mi admirado Hughes en ABC, “pregúntense qué estaría organizando Ferreras si en las Baleares gobernaran Vox o el PP”. Ferreras… y, añado yo, las ONG feministas, cuyas sensibles fundadoras acaban de recibir unos despachos oficiales. Ya que delitos tan repugnantes han sucedido bajo un «gobierno de progreso», los altavoces mediáticos como La Sexta y los correveidiles como nuestra Fannis, están callados. No se indignan por nada, salvo que los poderosos a los que obedecen toquen el silbato de órdenes.

Para encontrar los mero mero, busque a los que llevan el silbato. Se los señalará la corbata de Alberto Garzón.

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