Imagen referencial / Pixabay
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Llevamos una larga temporada de movimientos sectoriales que defininen y establecen las conductas políticas y sociales correctas, lo moralmente aceptable. En estos últimos tiempos, especialmente tras el trágico, brutal, inaceptable e incomprensible asesinato de George Floyd se han iniciado masivos movimientos de protesta inicialmente anti racista y anti policial por la facilidad en disparar y la desproporción manifiesta e injustificada de demasiados policías al hacerlo.

La evolución de los acontecimientos -sin entrar aquí en los saqueos de comercios y supermercados que se producen habitualmente con ocasión de estos tumultos- se ha transformado en una serie de reivindicaciones antidiscriminatorias por motivos raciales, de supuesta igualdad, que paradójicamente han chocado con la causa igualizadora entre hombre y mujer cuya mayor expresión la tuvo hace ya casi tres años el movimiento llamado Me Too cuyo propósito, inicialmente loable, era denunciar el acoso, abuso y agresión sexual de las mujeres.

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Elemento común de ambas movilizaciones, al margen de su justificado origen, es la deriva hacia la imposición social de las conductas correctas que deben practicar los buenos ciudadanos; es decir, la imposición de lo políticamente correcto de modo que quien no actúe conforme a los cánones que se establezcan será acusado como machista, racista o, simplemente, como discriminador.

En este contexto poco puede sorprender la razonable crítica que están planteando mujeres negras afroamericanas de estar discriminadas laboralmente y en los puestos directivos con las mujeres blancas que copan los mejores puestos de trabajo no estando siempre mejor preparadas que las mujeres negras. Obviamente esto debería llevar a una reconsideración de esta situación que, de momento, quiebra la supuesta unidad feminista. Feminismo que desde esa óptica acuñadora de lo que es correcto o no ha llegado a una discriminación superpositiva en favor de las mujeres en detrimento de los hombres, machos alfa violentos y dominadores.

Estas expresiones, ante la que doblan sumisamente la cerviz desde ilustres editorialistas, directores de medios de comunicación y de cine, estrellas holliwodenses, periodistas y académicos (especialmente, pero no exclusivamente de EEUU), famosos varios, así como la izquierda política mundial, acaban aceptándolas incluso promoviéndolas (¿por cierto hay elecciones próximamente en USA?).

A ellos se unen movimientos indigenistas preexistentes en una suerte de auto victimización del racismo y la xenofobia de la que son culpable media -la otra- humanidad. El punto de esta situación -teóricamente justa por antirracista y antiesclavista- es el revisionismo histórico y la manipulación cuya concreción material llega a derribar estatuas de ilustres intentando, con ello, transformar la historia, perder su memoria y contextualización real en el tiempo y lugar donde se produjeron los hechos que les tocó vivir a quienes hoy son duramente condenados.

los españoles, con todos los errores que nos quieran señalar hemos sido los más antirracistas del mundo mezclándonos con los indígenas y nativas americanas dando lugar al mestizaje

Por ejemplo, algunos de los que reprueban a Cristóbal Colón, como a otros muchos que son cuestionados, le tachan de racista, esclavista, incluso genocida. Parece que no se paran a pensar a cuantas personas se les libró de la muerte sacrificial en el altar de una pirámide azteca o inca, contra su voluntad, muerto por sus propios “hermanos” o por los hermanos de la tribu superior que rendía culto al sol mientras a ellos les oprimían. Para estos, sin género de dudas, la llegada de los españoles supuso su liberación y su vida. A todos les supuso una lengua común -que hoy hablan-, una cultura y una religión que les hizo avanzar pero para estos les supuso, ni más ni menos, que la vida.

Por otra parte, resulta difícilmente concebible que unos pocos centenares de españoles, pese a ir algunos a caballo y casi todos con arcabuces, pudieran imponerse a culturas milenarias, aguerridas y ampliamente pobladas si no fuera por la cooperación necesaria e imprescindible de otras tribus nativas perseguidas y subordinadas a las más poderosas; para estos supuso su liberación.

Nadie puede razonablemente creer que la presencia española en América -que sin duda tuvo sus fallos, abusos y errores como cualquier gesta humana- no ha sido positiva. A lo antes apuntado quiero resaltar un dato que no se ha producido en situaciones que podemos calificar como similares me refiero a la actuación de los ingleses en América del Norte diezmando tribus indias y confinándolas en reservas que aún existen. Por el contrario, los españoles, con todos los errores que nos quieran señalar hemos sido los más antirracistas del mundo mezclándonos con los indígenas y nativas americanas dando lugar al mestizaje y uniendo y fusionando ambos mundos, claro que alguno ahora nos podrá denunciar por violar la “pureza” racial de pueblos indígenas con nuestra sangre blanca, como ven hay argumentos para todo, pero no podrán negar la existencia de matrimonios mixtos, creación de hospitales y universidades impulsadas por España, lo que casi nunca sucedió cuando actuaron otros europeos.

Pues bien, ello no es obstáculo para que los liberadores del racismo y del esclavismo dejen de derribar estatuas o suprimir nombres de plazas y calles. Con falsa moralina quieran imponer el “correcto proceder” (fuera de él aparte de fascistas nada hay), desconocen las circunstancias de tiempo y lugar y manipulan, por conocimiento o por desconocimiento, la historia y en un afán de liberar a razas, mujeres y oprimidos prohíben películas. Ya no va a existir la posibilidad de ver determinadas películas: ¿porqué no prohibir Espartaco (un esclavo)?, o ¿películas de los esclavistas del imperio romano?, ¿de la segunda guerra mundial ante el racismo alemán? ¿Por qué no talibanizamos todo el arte y derribamos todas las estatuas sin más…?

Mi NO a todo ello deviene, evidentemente, de cuanto he expuesto ya pero también de mi derecho y libertad a discrepar. Por mi derecho a respetar en lo bueno y en lo menos bueno nuestra tradición y nuestra historia, de la que somos beneficiarios. Porque vale ya de fomentar el odio y la división con falsas miradas retroactivas en el tiempo y en la historia. Y, ¿porqué no decirlo? Porque estoy hasta las narices de las múltiples sandeces que se crean en muchas universidades y colleges, especialmente estadounidenses, con teorías donde al final de todo parece que predomina un cansancio en relación a nosotros mismos, un hastío, una minusvaloración de lo humano, de nosotros mismos.

En todo caso, concluyo ya, quiero exponer un debate en el que participé activamente en las Juntas Generales de Guipúzcoa en mi condición de único juntero del PP, sobre los 51 de la cámara, sobre la norma foral que establecía la denominación oficial y el escudo de la Provincia.

En ese escudo se planteaba la supresión de los dos cuarteles superiores del escudo tradicional, uno con un rey anónimo sedente, el otro con una docena de cañones. Los cañones a suprimir figuraban como consecuencia de la participación de las fuerzas forales guipuzcoanas a favor del reino de Castilla contra las fuerzas gasco-navarras (Francia apoyaba al rey navarro depuesto) en la batalla de Velate, un conflicto con navarros divididos entre agramonteses y beamonteses, donde capturaron los cañones franco-navarros; razón por la que la reina doña Juana les otorgo dicho cuartel para su escudo provincial. El argumento para suprimirlo era que no podía figurar en nuestro escudo una acción bélica contra parte de nuestros hermanos navarros. Mi respuesta fue que, en todo caso, para evitar esos hechos -si se consideraban improcedentes- en el futuro merecían ser recordados en nuestro escudo, era nuestra historia. Claro que nuestra historia es que los guipuzcoanos (algo difícil de digerir para los nacionalistas) estuvimos al servicio de Castilla. La supresión de los cañones, la pretensión de alterar la historia, prosperó. Como pueden suponer perdí la votación, pero no la razón.

Hasta los momentos más lamentables de la historia deben ser recordados con rigor y objetividad a fin de evitarlos. Evitar la realidad -si esta fuera como algunos quieren contar- es negarla, ocultarla y repetirla. Ahí estamos, gran estupidez, estulticia magna.

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