La ministra de Igualdad, Irene Montero,en la manifestación del 8M de 2020. /EFE
La ministra de Igualdad, Irene Montero,en la manifestación del 8M de 2020. /EFE

Otra vez el 8 de marzo, convertido –junto al Orgullo Gay- en fiesta grande de nuestro santoral (el feminismo es ya religión de Estado, autos de fe incluidos). La celebración se ve perturbada, como ocurrió en ediciones pasadas, por las trifulcas intestinas entre feministas “clásicas” y de género. Las primeras consideran que el hombre oprime a la mujer, entendiendo por mujer un ser con ovarios, vagina y cromosomas XX. Las segundas creen que el hombre oprime a la mujer, entendiendo por mujer un ser que se autopercibe como tal, aunque tenga pene y cromosomas XY, y sus gónadas produzcan espermatozoides (en rigor, la distinción científica entre los sexos se basa en los gametos: hombre es quien produce espermatozoides; mujer, quien posee -¡desde la etapa fetal!- óvulos).

Es una disputa que divide también al Gobierno, con Irene Montero luchando por sacar su “ley Trans” y Carmen Calvo oponiéndose, y que ha deparado episodios curiosos como la expulsión de Unidas Podemos del Partido Feminista de Lidia Falcón.

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El feminismo de las “clásicas” (segunda ola, para los iniciados) me parece tan tóxico como el de las genéro-ideológicas (tercera ola)

La cólera de las feministas clásicas es comprensible: si el sexo carece de base biológica y depende sólo de la autopercepción, tipos con bigote que dicen sentirse mujeres podrán acceder a las prisiones femeninas (y allí violar a reclusas, como hizo Stephen Wood/Karen White), entrar en los WCs de señoras, competir con mujeres de verdad en los deportes, dejándolas sin opciones (como hizo el/la neozelandesa Laurel Hubbard en halterofilia), etc. (Publiqué este artículo sobre los disparates de una transexualidad convertida en moda cultural; allí explico que hay personas con un auténtico problema de disforia de género que NO se alinean con el “movimiento trans»: Charlotte Goiar apoyó el autobús de HazteOir.org; viceversa, hay “activistas trans” que no son trans).

Stephen Wood, condenado por violación, logró entrar en una prisión femenina después de declarar su transexualidad y llamarse Karen White. /Facebook
Stephen Wood/Karen White abusó sexualmente de cuatro reclusas en la cárcel de New Hall.

Pero me perdonarán que no tome partido. El feminismo de las “clásicas” (segunda ola, para los iniciados) me parece tan tóxico como el de las genéro-ideológicas (tercera ola): ambos parten de la premisa mentirosa de que el hombre –así, en abstracto- oprime a la mujer. El imaginario de la identity politics divide a la sociedad en dominadores (los varones blancos heterosexuales) y dominados (todos los demás). Era cuestión de tiempo que las tribus de víctimas empezaran a disputar por cuál está más sojuzgada. De hecho, se ha desarrollado una nueva teoría –la “interseccionalidad”– que intenta resolver la cuestión: las opresiones se potencian recíprocamente, de tal forma que una mujer negra está más oprimida que una blanca, y una negra lesbiana más que una negra heterosexual.

En las zonas de “interseccionalidad”, máxima opresión.

En esta competición por el liderazgo del sufrimiento, la recién llegada categoría de los “trans” parecía estar adelantando a todas las demás. ¡Hasta ahí podíamos llegar! La indignación feminista-clásica está relacionada en parte con el riesgo de que los trans puedan arrebatarles privilegios legales conseguidos so pretexto de opresión femenina (por ejemplo, un puesto en una lista-cremallera o una subvención a asociaciones feministas), o que algún hombre pueda escapar de la nueva discriminación legal que pesa sobre ellos (bastará autopercibirse mujer para hurtarse a los rigores de la discriminatoria Ley de Violencia de Género).

El choque de victimismos está resultando muy violento: en EE. UU. circula el lema “Punch a TERF!” (pégale un puñetazo a una “trans-exclusionary radical feminist”, una feminista radical opuesta al movimiento trans). No consigo llorar. Como ha escrito Alicia Rubio en su imprescindible Feminismo sin complejos, las feministas “se han encontrado con las consecuencias de ese estado de odio y crispación, de censura e intransigencia, que habían contribuido a crear, ahora aplicado a sus movimientos y opiniones. Algunos lo llamarían justicia poética”.

Pero no es sólo que los trans-activistas hayan copiado y superado la intolerancia de las feministas: es que, en realidad, han llevado al extremo la lógica feminista de deconstrucción. Fue Simone de Beauvoir la que dijo que “no se nace mujer: se llega a serlo”; o sea, que el sexo biológico no significa nada, que el “género” es puro aprendizaje y construcción cultural. Fue Judith Butler la que escribió que “el género es performativo”: que consiste en un hacer, no en un ser. Fueron las feministas las que empezaron llamando “esencialista biológico” a cualquiera que hablase de una naturaleza femenina. Los activistas trans les han tomado la palabra: el género ya no es más que una emoción indefinible, efímera (uno puede sentirse hombre por la mañana, mujer por la noche, de género fluido a la hora de la siesta).

Las feministas, temerosas de que se adujese una fundamentación natural para su inferioridad cívico-legal, declararon la guerra al concepto mismo de “naturaleza femenina”

Por eso es importante el reciente libro de Debra Soh, The End of Gender [El fin del género]. Soh era una joven occidental al uso, atea, progresista, pro-gay (sigue siendo las tres cosas, aunque se reconoce expulsada de las filas progres y hospitalariamente acogida por los conservadores), feminista, recelosa de cualquiera que hablase de diferencias naturales entre los sexos. Fueron sus estudios doctorales de neurociencia y sexología los que la hicieron evolucionar. Comprendió la importancia del dimorfismo sexual en la especie humana.

A partir de las siete semanas de gestación se desarrollan en el feto varón los testículos, que pronto segregan testosterona. La testosterona parece dirigir la configuración cerebral, imprimiendo al cerebro masculino rasgos diferenciales: mayor número de conexiones de materia blanca entre el lóbulo frontal y el posterior; las mujeres, en cambio, sin testosterona en el periodo fetal, desarrollan cerebros con más conexiones entre los dos hemisferios (acudan al libro de Alicia Rubio para más detalles). Esas diferencias cerebrales dan lugar a intereses y conductas típicamente masculinas o femeninas (las cuales, por tanto, no son producto de la socialización o el aprendizaje, como afirma el credo progresista). Las mujeres están en principio mejor dotadas para la habilidad verbal (por eso las niñas aprenden antes a hablar, como sabe cualquiera que haya tenido hijos de ambos sexos) y los varones, más para la “rotación mental” y el razonamiento espacial-matemático. Las mujeres, en promedio, prefieren la interacción humana; los hombres, los objetos y las máquinas. (Esto, y no la discriminación machista, es lo que explica la infrarrepresentación femenina en las carreras de ciencia y tecnología). Ya a los dos días de edad, el bebé masculino se queda mirando el móvil mecánico fijado a su cuna, mientras la chica prefiere mirar al rostro de su cuidador(a). A los diez meses de edad, las chicas escogerán la muñeca y los chicos el camión, cuando les ofrezcan ambos.

En lo que se refiere a las Big Five, las mujeres son más empáticas y “agreeable” [amables], pero también más neuróticas y menos resistentes al estrés. Los hombres son más narcisistas y competitivos; también más propensos a la psicopatía.

Todos estos rasgos, seguramente relacionados con la impregnación de testosterona en el desarrollo cerebral fetal, se corresponden, además, con lo que cabría esperar desde una perspectiva de psicología evolutiva: varones que han debido desarrollar la orientación espacial y el ingenio tecnológico tras cientos de miles de años persiguiendo mamuts, o fabricando armas para cazarlos; mujeres que desarrollaron las habilidades sociales y verbales –y el instinto maternal- cuando quedaban al cuidado de la prole en el campamento.

La peor noticia del libro de Soh es que médicos y científicos están cediendo a la presión; la verdad científica está siendo redefinida para adecuarse a la moda ideológica

Las feministas, temerosas de que se adujese una fundamentación natural para su inferioridad cívico-legal, declararon la guerra al concepto mismo de “naturaleza femenina”. Se consiguió hace ya mucho la deseable igualdad jurídica entre hombres y mujeres, pero la guerra contra la naturaleza sigue adelante. Por ejemplo, se insiste en atribuir la “brecha salarial” al perverso patriarcado, cuando en realidad se debe a diferentes elecciones profesionales (las mujeres desdeñan las carreras STEM –Science, Technology, Engineering and Mathematics [Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas]-, bien retribuidas) y diferentes niveles de implicación laboral que son a su vez consecuencia de diferencias psicológicas naturales entre los sexos.

Hay padres “woke” (progres) que imponen a sus hijos juguetes “gender-atypical”.

La lucha contra la naturaleza está llegando a extremos tragicómicos. Hay padres en EE. UU. que obligan a sus hijos varones a jugar con muñecas, y a las chicas a jugar con camiones; matriculan al chico en clase de ballet y a la chica en el equipo de rugby; otros rehúsan aplicarles pronombres masculinos o femeninos hasta que el niño “tenga madurez para elegir su sexo”. Soh cuenta el testimonio de un compañero que, huésped en la casa de una de estas familias “woke”, comprobó que, de madrugada, el chico y la chica se levantaban para intercambiar sus juguetes gender-atypical. La naturaleza es muy fuerte, pero no podrá resistir por siempre los embates de la estupidez. Soh cuenta también que los chicos obligados a jugar con muñecas las empuñan como armas, agarrándolas por el pelo.

En Suecia ya hay guarderías gender-neutral [de ‘género’ neutro] en las que sólo se usan pronombres neutros (“hen”). Un hospital infantil de Colorado ya no especifica el sexo de los bebés en las pulseras de papel que se pone a los recién nacidos. Céline Dion ha lanzado una línea de ropa infantil unisex. El número de “niños transgénero” se ha multiplicado por 44 en diez años en el Reino Unido. El número de chicas de 12 a 16 años que piden la “transición al sexo masculino” en EE. UU. se cuadruplicó en sólo dos años (2016-17), como se explica en el libro de Abigal Shrier Irreversible Damage [Daño irreversible]. Según encuesta GLAAD de 2017, el 12% de los millennials –de 16 a 36 años- se identifica ya como “transgénero, sin género, de género fluido o bi-género”.

“Esto es una locura transitoria: la verdad científica acabará imponiéndose”, estará diciéndose algún lector. La peor noticia del libro de Soh es que médicos y científicos están cediendo a la presión; la verdad científica está siendo redefinida para adecuarse a la moda ideológica (no nos debería sorprender: ocurrió ya en la cultísima Alemania de los años 30, con toda la profesión médica rendida a los disparates de la “higiene racial”; y en la URSS, con los ingenieros agrónomos postrados ante la “genética proletaria” de Lyssenko). La propia Soh tuvo que dejar la Universidad ante la campaña de linchamiento. Da testimonio de que les ha ocurrido a muchos colegas suyos, mientras que otros optan por la autocensura para conservar sus empleos, o evitan los terrenos más polémicos, dejándoselos a los fanáticos. “La biología está siendo cancelada”.

Sólo ciertos tipos de investigación [los que plazcan a la ideología de género] son priorizados para la financiación y se les da aprobación ética, permitiéndose su publicación. Si algún artículo [disidente] consigue traspasar esta primera barrera de censura, cuando los activistas descubran su publicación, será retirado o se publicará una corrección del mismo, al tiempo que es públicamente desautorizado. […] Las acusaciones de transfobia son usadas para acallar a los discrepantes. […] Hay profesores, médicos, juristas y periodistas que están en posiciones de influencia y que saben que podrán avanzar en sus carreras sólo si se hacen eco de la ideología progre [social justice issues]. […] Las organizaciones activistas han conseguido infectar gran parte de la información disponible sobre género y sexo. Cualesquiera estudios que no estén de acuerdo con su agenda son ignorados. […] Sólo tengo que dar un vistazo a la librería de mi barrio para comprobar que se está lavando el cerebro a los padres. Encuentro montones de libros orientados a los padres y a los terapeutas que cuentan los excitantes nuevos desarrollos sobre el género y cómo se puede educar a niños “gender-nonconforming”. Cada uno de ellos explica que el género es una exploración interminable; que el género es, esencialmente, lo que cada uno quiera que sea” (The End of Gender, pp. 272-279).

No, la ciencia no nos protegerá: está siendo asaltada por los fanáticos. Tendremos que defendernos nosotros.

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Francisco J. Contreras Peláez (Sevilla, 1964) es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Autor de los libros: Derechos sociales: teoría e ideología (1994), Defensa del Estado social (1996), La filosofía de la historia de Johann G. Herder (2004), Savigny y el historicismo jurídico (2004), Tribunal de la razón: El pensamiento jurídico de Kant (2004), Kant y la guerra (2007), Nueva izquierda y cristianismo (2011, con Diego Poole), Liberalismo, catolicismo y ley natural (2013) y La filosofía del Derecho en la historia (2014). Editor de siete libros colectivos; entre ellos, The Threads of Natural Law (2013), Debate sobre el concepto de familia (2013) y ¿Democracia sin religión? (2014, con Martin Kugler). Ha recibido los premios Legaz Lacambra (1999), Diego de Covarrubias (2013) y Hazte Oír (2014). Diputado de Vox por Sevilla en la XIV Legislatura.