Frente al abuso del adjetivo, la propuesta de ricos sinónimos
Frente al abuso del adjetivo, la propuesta de ricos sinónimos

Cuando un fulano con etiqueta pública no sabe cómo calificar un hecho, lo más probable es que señale que es “importante” o “muy importante”. Naturalmente, no suele precisar a quién puede importar o por qué posee tal cualidad. O sea, que no dice nada. La reiteración de tal palabro resulta tan molesta, que se impone confeccionar una lista de adjetivos afines o emparentados, cada uno con un matiz peculiar. El propósito es de pura pedagogía.

Si se desea transmitir una impresión física o táctil, nuestro personaje público puede elegir cualquier vocablo de esta panoplia de sinónimos: “profundo, firme, saliente, notable, notorio, eminente”. Hay más, si lo que importa es lo que destaca.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

Suscríbete a Actuall y así no caerás nunca en la tentación.

Suscríbete ahora

No se discute que el sentido de la vista resulta primordial para señalar un objeto cualquiera, incluso de forma metafórica. En consecuencia, la ramplona calificación de “importante” puede sustituirse, admirablemente, por esta ristra de calificativos, a elegir: “visible, meridiano, paladino, nítido, ostensible, llamativo, esclarecedor, clarividente”.

Vamos a suponer que nuestro hipotético quídam público deja caer lo de “importante” a la hora de introducirse en el mundo abstracto de la lógica, del pensamiento o, incluso, del orbe moral. Ya sé que es mucho suponer, pero, concedámosle un margen de duda, una caritativa presunción de intelectualidad. En tal caso, la miscelánea de epítetos se abre en abanico, para poder escoger el más adecuado. Veamos una pequeña muestra: “reseñable, elocuente, significativo, relevante, determinante, decisivo, sistemático, concluyente, expresivo, indiscutible, pertinente, cabal, estimulante, interesante, trascendental, apabullante”.

La riqueza de una lengua se mide por la capacidad de adjetivar los sustantivos de mil maneras. Seguramente, los primeros homínidos, que se atrevieran a balbucear, no pasaron de designar las cosas cercanas con nombres diferentes, para individualizarlas. En un segundo momento, miles de años después, cuando la lengua empezó a hacerse literatura (oral, de momento), a los hechos u objetos, se les pudo añadir adjetivos. Fue un salto colosal en la evolución de la inteligencia. El estadio primero de tal avance fue apalancarse con algunos calificativos multiuso; por ejemplo, “bueno” o “malo”. En esa fase se quedó lo de “importante”, que no se sabe qué cualidad aprecia. Cuando lo enuncia un personaje público (cosa muy corriente en la España actual), los sufridos oyentes pueden imaginar que el emisor de ese juicio es un perfecto analfabeto. Quizá, sea capaz de aportar algún grado educativo; más, su cultura es, más bien, pobre. En su auxilio he escrito este minúsculo vademécum de adjetivos afines. Puede que a mi nesciente personaje no le importe mucho. Será su problema.

Tampoco deseo exorcizar una voz del diccionario, pues cada una, de los cientos de miles, posee un valor indiscutible. Un amigo mío, de cuyo nombre no he de acordarme, resume, con esta hermosa aliteración, el juicio sobre la conducta de nuestro amado Presidente del Gobierno: “Es un tonto importante”. No se puede decir más con menos palabras.

Amando de Miguel. Artículo originalmente publicado en Actualidad Almanzora

Comentarios

Comentarios