Un aficionado eleva la la bandra de España en el Mundial de Fútbol celebrado en Sudáfrica en 2010.
Un aficionado eleva la la bandra de España en el Mundial de Fútbol celebrado en Sudáfrica en 2010.

Indro Montanelli termina su famosa Historia de Roma diciendo que cuando los italianos gritan ¡Viva Roma! no se refieren a Julio César, ni a las legiones, Virgilio y Cicerón, sino que únicamente aluden a un equipo de fútbol. No estoy seguro de que los ¡Viva España! frente a los televisores que se corearon el 11 de julio de 2010 fueran exclusivamente deportivos. 

Nunca desde la Transición se vio en las calles una exhibición de banderas nacionales tan entusiasta, tan unánime (País Vasco y Cataluña incluídas) y, sobre todo, tan espontánea. A diferencia de tantos experimentos de ingeniería social urdidos por los políticos a espaldas de los ciudadanos, la marea rojigualda vino de abajo arriba, y no al revés, salió del pueblo, que manifestó sin trabas su orgullo de sentirse español.

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Luego hemos visto los colores rojo y gualda en los balcones en otras dos ocasiones: cuando en octubre de 2017 hubo una reacción ante el golpe secesionista de los indepes; y este año 2020, para expresar el apoyo a los sanitarios y protestar por el sesgo liberticida del estado de alarma. Pero en el primer caso faltó la unanimidad (había otros colores en los balcones de Cataluña); y la protesta frente a Pedro Sánchez ha sido un gesto a la defensiva, teñido de rabia y frustración. 

En Johannesburgo, por el contrario, la explosión rojigualda fue gozosa y desinhibida. Y lo fue porque, además del tanto de Iniesta contra Holanda, que decidió la Final en una prórroga de infarto, España marcó un segundo gol contra un complejo de inferioridad atávico: el del patriotismo. Ese complejo que tradicionalmente ha hecho avergonzarse a España de su idiosincrasia, de determinados valores asociados con su trayectoria histórica y cultural, y hasta de sus defectos tópicos, como si Francia, Alemania o EEUU no tuvieran los suyos y fueran por la vida pidiendo perdón por ellos.

Diez años después no queda ni rastro de orgullo nacional y de falta de complejos: la mala gestión del Gobierno ante la crisis del Covid-19 nos ha puesto al borde del precipicio

Diez años después no queda ni rastro de orgullo nacional y de falta de complejos: la mala gestión del Gobierno (por llamarlo de alguna forma) ante la crisis del Covid-19 ha conducido a España al pelotón de los torpes internacional; y nos ha colocado a los españoles al borde del precipicio, en la mayor crisis económica y sanitaria desde la Guerra Civil. Sánchez e Iglesias se han llevado por delante las clases medias y el turismo, dos factores que explican el desarrollo español del último medio siglo. Y se empeñan ahora en ahogar a impuestos a empresas y particulares que tratan de sacar la cabeza del agua; cuando Alemania, Italia o Gran Bretaña anuncian exactamente lo contrario.

Tiene gracia que los frentepopulistas cuestionen la Transición y que alguien como Pablo Iglesias -en el ojo del huracán por el caso Dina– cuestione la Corona, que han sido los motores del mayor periodo de paz y prosperidad de nuestra Historia. Los mismos frentepopulistas que han situado a España a la cabeza del desplome económico mundial, según la OCDE

Es verdad que el guión del drama que vivimos ahora fue escrito en la época del Mundial de Sudáfrica por quien ya estaba en el poder: el socialista Zapatero. El gobernante que permitió la mecha secesionista (al dar alas al Estatut catalán), y que posteriormente prendieron los indepes; el gobernante que desenterró el cadáver del guerracivilismo y sembró la división; y que hundió la economía al reaccionar tarde y mal ante la crisis del 2008. Sólo faltaba un ingrediente más: el regreso del comunismo. La crisis y el paro trajeron el 15-M y la performance perrofláutica, y con esta la camada de velociraptors bolivarianos que han convertido a la España de Sánchez e Iglesias, en un Parque Jurásico.

Queda un magro consuelo. La que mejor ha reaccionado frente a la pandemia y el desgobierno de quienes están en La Moncloa ha sido, en líneas generales, la sociedad civil. Ahí están los gestos de solidaridad y heroísmo de médicos, sanitarios, de fuerzas de seguridad, de múltiples profesionales; el sacrificio callado de millones de particulares. Ese sí que es un motivo para sentirse orgullosos. Ahí es donde se ha visto el temple (y la paciencia) de un pueblo. Como se vió en el terreno de juego en la histórica victoria del Mundial. 

Se podría alegar que el fútbol es demasiado anecdótico, que ganar un Mundial es flor de un día, y que tener de iconos nacionales a grandes estrellas del deporte -como Iniesta, Casillas o Piqué entonces, o Nadal y Fernando Alonso ahora y siempre- no es un consuelo para la postración actual, ni va aumentar el prestigio español en otros campos. 

El deporte puede ser el reflejo de una sociedad. La selección nacional se trajo la Copa por la combinación de tesón y estrategia, esfuerzo y habilidad

Pero el deporte puede ser el reflejo de una sociedad. La selección nacional no se trajo la Copa por una conjunción planetaria, ni por el tráfico de influencias -como ocurre a veces en el opaco terreno de la política-, sino por la combinación de tesón y estrategia, esfuerzo y habilidad, todo cual desmiente seculares tópìcos que pesan sobre el carácter español.

El trabajo en equipo que forjó Vicente del Bosque deshizo además los tópicos de la desunión y la envidia. Si España ganó el Mundial fue porque los jugadores aparcaron sus egos, y sus opiniones políticas. Se emocionaron ante el mismo himno deportistas de distintas regiones -varios catalanes incluidos como Xabi Alonso, Puyol o Gerard Piqué-, dieron lo mejor de sí mismo defendiendo los mismos colores, y como dijo entonces Del Bosque demostraron “una unión que podría trasladarse al resto del país”.
Si no se traslada en la España de 2020, la culpa no la tiene la sociedad sino quienes están en el poder, porque han demostrado que gobernar es dividir. Y no digamos nada el peligroso cóctel de frentepopulistas y separatistas que tenemos encima.

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Nacido en Zaragoza, lleva más de 30 años dándole a las teclas, y espera seguir así en esta vida y en la otra. Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra y se doctoró cum laude por el CEU, ha participado en la fundación de periódicos (como El Mundo) y en la refundación de otros (como La Gaceta), ha dirigido el semanario Época y ha sido contertulio en Intereconomía TV, Telemadrid y 13 TV. Fue fundador y director de Actuall. Es coautor, junto con su mujer Teresa Díez, de los libros Pijama para dos y “Manzana para dos”, best-sellers sobre el matrimonio. Ha publicado libros sobre terrorismo, cine e historia.