Francisco Tadeo Calomarde (1773-1842), ministro de Gracia y Justicia de Fernando VII ha quedado retratado para la historia como uno de los políticos más abyectos y despreciables que han existido en España. Algo que, por otra parte, no deja de tener cierto mérito.

Su acción mas conocida fue aprovechar la enfermedad de Fernando VII para hacerle firmar la derogación de la pragmática sanción de 1832 y evitar que reinase su hija, la que después sería la reina Isabel II.

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Calomarde se las prometía muy felices ya que contaba con el favor del hermano del Rey, Don Carlos María Isidro que, reinstaurada la Ley Sálica, hubiera sido el sucesor del rey Fernando. Pero al traidorzuelo le salió el tiro por la culata porque, al enterarse de su maniobra, la temperamental infanta Carlota, le propinó una sonora bofetada y consiguió convencer al moribundo rey para reinstaurar la pragmática sanción.

Muy probablemente Calomarde pertenecía a la misma raza de político trepa y sin escrúpulos a la que pertenecen Pablo Iglesias y Pedro Sánchez. Y, al igual que le pasó a él, sus intentos de evitar que gobernase una mujer llamada Isabel se han visto frustrados por unas sonoras bofetadas femeninas.

Porque no han sido una, sino tres, las mujeres que han abofeteado a Sánchez e Iglesias con ocasión de las elecciones a la Asamblea de Madrid que se celebraron ayer.

La primera bofetada les ha venido de Isabel Diaz Ayuso, a la que el gobierno social comunista había tratado de convertir en la cabeza de turco de la gestión de la pandemia. Recordemos que el Gobierno llegó a decretar un estado de alarma exclusivo para Madrid y pretendió hacer que la presidenta quedase ante la opinión pública como una suerte de psicópata que despreciaba la salud de los madrileños. Pero los madrileños han dejado claro que valoran la gestión de una Ayuso que prácticamente ha triplicado en votos al “serio” candidato de Pedro Sánchez.

Se acabó el mito de que la alta participación beneficia a la izquierda

Pero Isabel Diaz Ayuso no solo le ha dado una bofetada a Pedro Sánchez. También le ha pegado una buena torta a un Pablo Iglesias que confío su suerte a la baza de la movilización, protagonizando la campaña electoral más crispada que se recuerda en la historia de nuestro país. Y lo ha conseguido sin duda. Pero la movilización lo que ha provocado es que el centro derecha alcance el 57%, el porcentaje más alto de votos de toda su historia. Se acabó el mito de que la alta participación beneficia a la izquierda.

También desde la derecha, Pedro y Pablo han recibido la sonora bofetada de Rocío Monasterio. La candidata de VOX no solo ha sufrido la violencia organizada por las huestes de Pablo Iglesias y consentida por la Policía de Marlaska, sino que ha sido el centro de un burdo montaje que ha pretendido hacer responsable a su partido de unas supuestas amenazas de muerte dirigidas a miembros del Gobierno. Las declaraciones de la ministra de Industria diciendo que todos los demócratas estaban amenazados de muerte por VOX constituyen uno de los mayores ridículos que se recuerdan. A pesar de todo este circo, o precisamente gracias a él, Rocío Monasterio ha conseguido mejorar sus resultados de 2019 creciendo en todos esos barrios que se iban a levantar contra el “fascismo” de VOX.

La tercera y última bofetada a Pedro y a Pablo, y probablemente la que más les ha dolido, viene de la propia izquierda. Una sorprendente Mónica García, que apenas era conocida al inicio de la campaña, ha conseguido que su partido sea la fuerza más votada de la izquierda. Parece claro que el votante de izquierdas está más que harto del PSOE de Pedro Sánchez, un partido que concentra el voto de izquierda más por falta de una alternativa razonable que por levantar las pasiones del votante progresista. Si unimos a eso el sonoro fracaso del cesante Pablo Iglesias, que pretendía ser el revulsivo de la izquierda, se abre un interesante debate sobre el liderazgo de la izquierda española, en la que puede haber aparecido una seria alternativa al Sanchismo.

Dicen que Calomarde asumió con bastante gallardía la bofetada de la Infanta Carlota, pronunciando una frase que quedaría para la posteridad: “Señora, manos blancas no ofenden”.  

Hay quien asegura que la infanta, con la chulería propia de los Borbones, le contestó:
“Pero hacen daño”.

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