Grupos de personas sin hogar acampan junto alas playas de California.
Grupos de personas sin hogar acampan junto alas playas de California.

En 2016 supimos pronto la victoria sorprendente de Donald Trump. En 2020 tardaremos días, sino semanas en conocer los resultados definitivos. Mientras tanto, asistimos a un pucherazo orquestado por los gobiernos demócratas en, al menos, Wisconsin y Michigan.

Si no estuvieran apareciendo al final de los recuentos miles de sacas de votos por correo que van íntegros a la candidatura de Biden-Harris, sin que una sola papeleta vaya a la de Trump-Pence o a la de otros candidatos, se repetiría el resultado de hace cuatro años: victoria demócrata en el voto popular y victoria republicana en el colegio electoral, la peculiar institución que elige al presidente y al vicepresidente.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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A Vargas Llosa le gusta la democracia, pero siempre que el pueblo no se equivoque y vote lo que él y sus amos le dicen

Y da la impresión de que los poderosos han decidido corregir el error que cometieron los ciudadanos de EEUU. Como nos ilustró Mario Vargas Llosa (El País, 1-XI-2020), “no basta que haya elecciones libres y genuinas en un país; además, es preciso que los votantes voten bien. Porque a veces se equivocan. Los electores estadounidenses se equivocaron garrafalmente hace cuatro años votando por Donald Trump”.

Pues eso: en una democracia el pueblo puede votar mal y los expertos, que saben más y cobran mucho más, están para hacerles votar bien o al menos para contar sus votes correctamente. Por las buenas o por las malas. No por casualidad, el 24 de octubre, Joe Biden declaró en un vídeo que el Gobierno de Obama, del que él fue vicepresidente, montó “la más extensa y abierta organización de voto fraudulento en la historia de la política de EEUU”.

Mientras conocemos el final de esta lamentable historia, que no será la “guerra civil de baja intensidad” que el ridículo Thomas Friedman anunció que desencadenarían el presidente Trump y sus partidarios, disponemos de unas conclusiones.

Los dos partidos están cambiando su demografía y su geografía. El suroeste era claramente republicano a mediados de los 60. Tres figuras conservadoras provenían de allí: Richard Nixon nació en California; Ronald Reagan fue gobernador de ese estado entre 1967 y 1975; y Barry Goldwater fue senador de Arizona entre 1953 y 1987.

Aunque fue la cuna de la ‘revolución conservadora, California cambió de republicana a demócrata en los años 90

En los años 90, California se volvió azul (demócrata) y ahora empezamos a ver que ocurre lo mismo con Arizona, Nevada, Colorado y Nuevo México. Texas, el segundo estado más poblado del país, se convirtió en ciudadela republicana en 1980, cuando antes lo era demócrata. Sin embargo, ha ido reduciendo el porcentaje de votos que da a los candidatos rojos. En 2016, Trump venció a Clinton por nueve puntos y en 2020 a Biden por sólo seis. Los demócratas sueñan con recuperarlo.

¿A qué se debe este movimiento?, ¿a los hispanos que se establecen en ellos? Desde luego, hay muchos de ellos. Pero la principal responsabilidad en el cambio de color de esos estados responde a los ciudadanos que huyen de California, hartos de los impuestos, los cortes de electricidad, los incendios (que no por el cambio climático, sino por la falta de cuidado de los bosques), la pobreza, las reglamentaciones, el buenismo… California pierde población desde 1995 y el censo que se presentará en diciembre lo confirmará.

Lo pasmoso es que los californianos al establecerse en Texas o Colorado replican la sociedad de la que han escapado. En la mudanza a Dallas o a Tucson, se llevan el carné de afiliación demócrata. Como si aceptaran vivir en Texas, pero no votar a unos paletos con sombrero Stetson. Reciben su dinero y rechazan sus ideas.

De todas maneras, los republicanos deben recapacitar sobre su conducta en el suroeste, con los hispanos. Éstos no son un bloque sólido, como los afroamericanos. No hay la misma identidad entre un venezolano que huye del chavismo y hondureño que escapa de las ‘maras’. Y además no basta con ofrecerles empleos. «¡Jobs, Jobs, Jobs!», que decía Trump… y que no le ha servido de mucho.

Los californianos que se mudan a Texas o Arizona huyendo de California se llevan su carné del partido demócrata

El otro movimiento es la pérdida por los demócratas de la clase trabajadora de Pensilvania, Wisconsin y Michigan, uno de los pilares del partido desde que Franklin D. Roosevelt elaborara el New Deal. Antes que Trump, sólo lo había conseguido Reagan, que ha sido el único presidente miembro de un sindicato.

Los demócratas se afanan en prohibir el diésel, cerrar minas, prohibir la extracción de petróleo de esquisto, perseguir a los cazadores, regular la vida en el campo hasta volverla imposible, subir impuestos… Con su protecconismo y sus planes de recuperación de la industria se ha ganado a la clase trabajadora, cosa que lo demócratas ya no pueden hacer al haberse convertido en el partido de los oligarcas de Wall Street y Hollywood.

Por último los datos de apoyo de los vecinos de Chicago, Portland o Washington al partido que disculpa a los saqueadores del Black Lives Matter, que han arrasado esas ciudades y muchas más, indica que para muchos la ideología está por encima de su propio interés y hasta de su patrimonio.

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