¿Es el hombre un lobo para el hombre?
¿Es el hombre un lobo para el hombre?

“Ten cuidado”, le dije a mi pareja instantes antes de despedirme de ella al disponerse a coger el trasporte público. Excesiva prudencia que me ha costado, en ocasiones, la incrédula mirada de mis allegados. Es lo que tiene haber estado en política, que como dijo Aznar, aprendes a poner la mano en el fuego únicamente por uno mismo o por algún otro afortunado.

Se dice que los políticos son unos corruptos, unos desleales… Caben todo tipo de calificativos para nuestros, en ocasiones, falsos servidores públicos. No hemos caído en la cuenta de que la corbata y el maletín ministerial no hacen al monje. Existen embaucadores con bata, con mono, seres deleznables que no trabajan en instituciones sino en una clínica o en una obra. Pues lo elemental no es el oficio sino el beneficio. Incentivos de utilizar a las personas con el fin de sacar un rédito particular. Así somos, así es el mundo en el que habitamos. Orbe lleno de lobos entre corderos amenazantes de asolar cualquier tipo de redil.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Es injusto generalizar y tender a encasillar como personas de mala voluntad a todo aquel valiente que se mete en política. Quizá podríamos analizar a los diferentes perfiles que se enrolan en el arte de lo posible, aunque estos serían extrapolables al resto de sectores. Escasos en la existencia terrena, desgraciadamente, caminan los idealistas que mueven los proyectos, éstos que se enrolan en un proyecto por alguna causa superior a ellos mismos. Mente infinita que realiza una determinada labor por un objetivo determinado. Luego, estarían estos que, por el contrario, ven en el circo político o cualquier otro campo, una oportunidad de conseguir un medio de vida sin tener la mera intención de trasformar la sociedad. En definitiva, individuos finitos cuya estancia en la memoria colectiva suele ser perecedera. Ambos perfiles coexisten entre sí como la luz y la oscuridad. Mientras una pretende dejar rodear de tinieblas a la pureza de lo que brilla, la belleza redentora del mundo, como señaló Dostoyevski, ilumina lo que es un remanso tenebroso.

Eso es lo que me ha enseñado la política, que no te puedes fiar de casi nadie. Es lo que tiene cuando vives en una realidad relativista en la que lo que para ti pueda ser malo, para alguno quizá sea un motivo con el que conseguir eso que necesita. Individuos dicharacheros que mueren por la boca al traicionarte con la lengua. Me viene a la mente mi etapa política cuando me llamaban algunos fieles compañeros, -permítanme que remarque el adjetivo de lealtad porque créanme que en ese ambiente brilla por su ausencia-, me chivaban algunas intentonas de ‘cortarme la cabeza’ por parte de colegas que en apariencia parecían encantadores. Al principio te da reparo retirar el saludo a aquel que sabes que busca tu mal, luego no te tiembla el pulso al girar la cabeza para que tu mirada no coincida con los ojos de ese personaje cizañero.

Es triste, pero es así. La política, o, mejor dicho, la vida, -no podemos olvidar la reflexión aristotélica que convierte al ser humano en un animal político-, te enseña que aquel caballero no es tan caballeroso como parecía, o que ese hombre de mirada inocente la tenía inoculada de oscuridad. Y si te has fogueado en un partido de la ‘nueva política’, pues más todavía. Te das cuenta, después de ver y oír, que no dista mucho las diferencias entre los que van de honrados y los corruptos.

Por eso llevo el cuidado por bandera, por eso formar parte de mi camarilla es más caro que antes. Me tomo muchas licencias para compartir mesa, compartir la vida o incluso doblar la esquina. No es ser huraño, es mera supervivencia. Luego soy el primero que se enrolla con un hombre que le para en la calle preguntándole la hora y termina hablando de cómo está el mundo. Habito con esa permanente paradoja vital de creer a Russeau y su teoría de la bondad natural del ser humano, pero comulgo más con la idea de Hobbes de que en realidad el hombre es un lobo para el hombre.

Así estoy, como diría Chesterton, odiando el mundo en el que vivimos y amándolo a partes iguales, teniendo la esperanza en poder cambiarlo. Siempre hay esperanza.

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