Vivimos, como destaca Juan Manuel de Prada, en una sociedad dominada por la perspectiva individualista del protestantismo. Vamos a nuestra bola, no pensamos ni en el vecino ni en nuestros allegados más cercanos. En cambio, nos vamos a Kenia a compadecernos de los africanos haciendo alarde de la comodidad occidental. Así somos. Con una visión egocentrista de la realidad solo reparamos en nuestra propia supervivencia sin pensar en la del de al lado.

La pérdida de valores reflejada en esta perspectiva egoísta del mundo tiene su eco en todas y cada una de las acciones que ejecutamos. Hemos diluido el sentimiento comunitarista del mundo. Desterrada la máxima católica de “ama al prójimo como a ti mismo”, preferimos mirar hacia otro lado y no emular al buen samaritano sonriendo mientras a uno mismo le vaya bien. Pese a que vivimos en sociedad, se nos ha olvidado respirar con otros por culpa del narcisismo de esta época digital. A lo mejor por eso no avanzamos.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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El historiador, Yuval Noah Harari, dice en su obra 21 lecciones para el siglo XXI, destaca que la razón por la que el ser humano evolucionó más que el resto de los animales fue la capacidad de los homínidos de colaborar entre ellos. Quizá por eso somos criaturas sociales por naturaleza, no estamos hechos para caer en la ignorancia. Ya lo dijo San Pablo en su carta a los Corintios: “No es bueno que el hombre esté solo”. Todo aquel abandonado es poseído por la locura, por la tristeza, la nostalgia. Todavía no se conoce ningún sentimiento positivo provocado por la soledad permanente. El fin de todo ser humano es ser amado.

Desgraciadamente, caminamos en las praderas mundanas de la soledad encubierta y las amistades o amores artificiales. El pseudo-metaverso de Mark Zuckerberg y sus colegas se ha encargado de hacer creer a los marginados que tienen cientos de amigos, y a los corazones partidos que pueden conocer al amor de su vida en una plataforma diseñada para pasar el rato. Es lo que hay en la sociedad líquida que tenemos. Llega Ana Iris Simón, escribe sobre el amor con una misma persona durante toda la vida o cuenta sus perennes amistades, y la tachan de fascista. Ahora cualquier vínculo afectivo distinto al que tengas con tu gato, con Netflix o con el satisfyer es totalitario. Nos creemos comprendidos, pero en realidad hemos sido escupidos por la realidad. Sabemos escribir Whatsapps pero no sabemos hablar, sabemos follar pero no hemos aprendido a amar, tenemos seguidores y no amigos. Así de líquido es todo, con poca profundidad y mucha intensidad.

Este panorama se ve reflejado en tiempos de pandemia, cuyo mal que nos asola nos pone frente al espejo vislumbrando el egoísmo terrenal. Es un escándalo la poca solidaridad que está viendo en este período pandémico entre la ciudadanía. Más que empatía, nos encontramos con un linchamiento permanente de los que deciden vacunarse a los que rechazan ponerse sus respectivas dosis. Pese a que las personas que no quieren suministrarse el antídoto pecan de un egoísmo sin igual poniendo su propio interés por encima del general. No es diferente la situación de los que se han vacunado pero que -sin embargo- actúan de forma negligente acudiendo a citas por doquier, bailando en discotecas y fiestas varias como si Pfizer les hubiera dotado de la inmortalidad a ellos y sus allegados. ¿Cuántas veces se escucha la máxima de “Yo ya estoy vacunado, no me puede pasar nada”? Cacho sinvergüenzas, ¿Qué ocurre con pacientes de riesgo que continúan estando en peligro pese a la vacunación? No hay ni una pizca de entendimiento con los otros, vamos como piratas arrasando con todo.

Todo sería distinto con un poco de empatía, a lo mejor, incluso, ya podríamos estar en la vieja normalidad si todos fuéramos un poco más normales.

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