Ilustración sobre el líder políticamente correcto del siglo XXI. /AMB-Actuall
Ilustración sobre el líder políticamente correcto del siglo XXI. /AMB-Actuall

Lo de las raíces griegas o latinas concede un gran predicamento a los neologismos. Mi amigo Thomas Baumert registra esta atrevida expresión en un reciente discurso feminista: “homo y fémina oeconómicus”. Con ello, mataba dos pájaros de un tiro: quedaba como una persona culta y defendía a sus hermanos ideológicos. No importaba mucho el dislate léxico. Ella primaba lo que se llama, ahora, sororidad. Es un nuevo cultismo para no tener que decir “hermandad” o “fraternidad”, que pueden sonar machistas.

Debe quedar claro que homo (hombre), el latín, se refiere a la especie humana (la que procede del humus o barro primordial). Ese término genérico comprende tanto el vir (varón) como la mulier (mujer). En el inglés actual, no hay una buena traducción de homo (man equivale, más bien, a varón), por lo que se aconseja recurrir a la perífrasis “hombres y mujeres”, que, en castellano, suena a redicha. La emplean mucho algunos políticos y escritores, temerosos de ser tildados de machistas. Son algo peor: virtuales analfabetos.

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En nuestro mundo, se ha importado el horrísono término homofobia como aversión a los homosexuales. La voz está mal construida, pues homo, en griego, significa “igual, semejante”. Por otro lado, bien podría traducirse, desde el latín, como “horror a la especie humana”. En ambos casos, la nueva voz resulta disparatada.

Un nuevo atentado es el que se comete con el neologismo trans, la apócope de “transexual”. El diccionario lo define como “persona que tiene un sentimiento acusado de pertenecer al sexo contrario. “Trans”, sin más, alude al nuevo derecho dictado por los padres (y madres) de la patria. A saber, cualquier persona puede alterar su sexo (ahora, “género”) con, solo, decirlo y registrarlo. Es un acto considerado digno de admiración cívica. No exagero. Las personas trans son el epítome de las que exaltan el “orgullo” por antonomasia, el de sentirse por encima de la distinción varón-mujer.  Tienen el derecho a exhibir, multitudinariamente, sus afinidades y a recibir subvenciones públicas para ello. El resto de los contribuyentes no participan de ningún “orgullo”, ni nada que se le parezca.

El feminismo hodierno, impulsor de tantas excentricidades léxicas, poco o nada tiene que ver con el movimiento de igual nombre, que tanto lustre le dio a las letras españolas hace más de un siglo. Pensemos, solo, en la egregia figura de Emilia Pardo Bazán, importadora de las voces “intelectual” o “feminismo”. Las feministas actuales son, más bien iletradas, quizá, para acomodarse al espíritu de los tiempos. Más que feminismo, se podría hablar de hembrismo, una forma más agresiva. Es el contrapunto del machismo, la herejía dominante en el mundo actual.

Las degeneraciones léxicas no terminan aquí. Acabo de oír por la radio a una política, que se recrea con el inexistente verbo entreveer. Es la lógica consecuencia de otro abuso, ya, consolidado: la imposible acción de preveer.

Las innovaciones del habla no, siempre, presentan una carga ideológica o, simplemente, enfática. Hay veces en que lo nuevo se establece por simpatía. Se trata de una virtud muy española, que supera, con mucho, la dichosa “empatía” del politiqués, el dialecto de los hombres públicos. Una ilustración puede ser la nueva fórmula de saludo: “¿todo bien?”. Es una manera de provocar una respuesta positiva o alentadora. No parece cortés el comentario de que algo no va bien o casi todo anda mal. El trato social impele a parecer optimista o vitalista.

Amando de Miguel, artículo originalmente publicado en Actualidad Almanzora

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