Nuestras sociedades son feministas pero miran ara otro lado ante la denigración de la mujer por parte del Islam.
Nuestras sociedades son feministas pero miran ara otro lado ante la denigración de la mujer por parte del Islam.

¿Hasta dónde llega la libertad? Está muy de moda esta palabra en el panorama político. Los partidos confrontan entre sí por ver cual de ellos representa al verdadero garante de la soberanía con ciertos impulsos quiméricos dibujando un panorama en ocasiones distópico.

Pues bien. El otro día VozPópuli, informaba de la intención del PSOE de rastrear datos de los ciudadanos para frenar los suicidios. En la época de las libres determinaciones cualquier atisbo que manifieste un atentado contra esa emancipación hace que ciertos sectores sociales se pongan nerviosos. Qué quieren que les diga, para mi sorpresa, -siempre que esta medida respete unos férreos límites-, no me parece desencaminada esa iniciativa. Todo medio proporcionado que sirva para mitigar un problema social tendrá mi aprobación. Y se lo está diciendo un liberal. El problema es que en ocasiones confundimos liberalismo con anarquismo. Parafraseando a Reagan, “los políticos no se tienen que meter en la vida de los ciudadanos, tienen que protegerlos”.

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Ahí es donde viene la manoseada dicotomía de Filosofía del Derecho de Libertad contra Seguridad. En esta confrontación conceptual se plantea que, en ocasiones, si uno desea ostentar una mayor seguridad en las calles de su nación, ciudad o pueblo, debe renunciar a una pequeña parte de su soberanía. Leía en la obra de Marta Peirano El enemigo conoce el sistema que el Gobierno chino había implantado, a través de un sistema de crédito apoyado por más de cuatrocientos millones de cámaras, una vigilancia a la población con la que controlar las conductas sociales con el fin de premiar a los ciudadanos ejemplares y castigar a los cafres que alteran el orden social.

Mediante un sistema de puntos, el Gobierno perjudicaba a todo aquel que orinara en la calle, hiciera trampas en los videojuegos, cometiera infracciones de tráfico o tuviera alguna reyerta con el vecino, censurándole el acceso a determinados medios o vetándole la entrada a espectáculos. A su vez, beneficiaba a todo ciudadano de bien mediante una serie de ventajas que empezaban por un mejor posicionamiento en el Tinder chino a incentivos fiscales. Toda una dictadura digital. Evidentemente no es el modelo, empezando porque para el Gobierno chino también es perseguible toda manifestación contraria al ejecutivo, estaríamos ante la dicotomía de libertad-seguridad llevada al extremo.

Estamos en una realidad en la que los gobiernos se apoyan en los gigantes tecnológicos para amansar a la población o controlar a los díscolos o peligrosos. Apple, por ejemplo, ya ha adelantado que, en sus nuevos dispositivos, va a tener acceso a la galería de imágenes de sus usuarios para luchar contra la pornografía infantil. Otra vez se plantea esa encrucijada que venimos deslizando en anteriores líneas. ¿Libertad o seguridad? Es utópico añorar vivir en un lugar protegido si no renuncias a parte de esa soberanía en favor de un mayor amparo. Se ha visto con la pandemia cuando el gobierno decretó un Estado de Alarma que debería haber sido de excepción, -esa es la razón por la que el Tribunal Constitucional lo decretó contrario a la Carta Magna-, con el fin de reducir el nivel de contagios.

De la misma forma que para perpetuar la paz necesitas librar determinadas guerras, para disfrutar de nuestra libertad, tenemos que renunciar a parte de ella. Por ejemplo, ¿podría la libertad de circulación de personas coartarse con el fin de perpetuar la calma en algunos rincones de Europa impidiendo la entrada de determinada inmigración? A veces hay que ser conscientes de que el multiculturalismo tiene sus límites y que hay ciertas culturas inadaptadas a nuestros sistemas democráticos, pero que a su vez utilizan nuestros planteamientos para demoler la civilización. Hasta Emmanuel Macron ha aplicado medidas planteadas por Marie Le Pen, expulsando musulmanes o cerrando mezquitas.

Lo digo sobre todo por todos aquellos que ahora están dando saltos de alegría por la posible llegada de refugiados afganos. Debemos asumir que su forma de ver la vida no es la misma que la nuestra y que algunas actitudes culturales chocan con la nuestra de manera irreconciliable. No es ser racista, es ser pragmático. A diferencia de los africanos o los iberoamericanos, cuyas raíces nacen del catolicismo gracias a los misioneros que se dejaron la piel por darles unos principios democráticos, en los países musulmanes no impera el orden sino el caos. Y no me vale eso de “tenemos que respetar su cultura”. Imagínense que los Aztecas pervivieran todavía entre nosotros y tras una catástrofe en tierras mexicanas deciden emigrar a nuestras fronteras. ¿Tendríamos que permitir que hicieran sacrificios de niños u otra serie de locuras anacrónicas? ¿Por qué no? Es su cultura, al fin y al cabo. El problema es que somos feministas, pero giramos la cabeza cuando vemos a las mujeres musulmanas ser denigradas por su religión, la paradoja es que somos LGTBI friendly pero somos pro-palestina cuando cuelgan a los homosexuales de las grúas o les meten en la cárcel en todos los países musulmanes.

Todo el que toma medidas en pro de sus ciudadanos es considerado autoritario y todo acomplejado indeciso interesado más en las encuestas que en su ciudadanía es un demócrata. Así nos va. Esa es la razón por la que Occidente está en decadencia. Ni estaremos seguros, ni seremos libres.

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