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“Que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena”, reza Joaquín Sabina en sus Noches de boda. Una estrofa que me ha marcado, un grito a la osadía que encarna mi filosofía de vida, el no callarme las cosas, el decir lo que reflexiono sin ataduras hasta las últimas consecuencias. Porque actúa como piensas o terminaras pensando como actúas. Coherencia y compromiso con los valores que en ocasiones es obviado dejándose llevar por una minoría convertida en mayoría gracias a los complejos de los que imaginaban de manera independiente, pero terminaron comulgando a regañadientes prostituyendo sus principios para no ser llevados al paredón mediático.  

Inquisición fáctica impulsada por los medios de comunicación controlados por la izquierda que ha revalorizado la cobardía provocando la deflación de la valentía. Vale la pena ser pusilánime porque en cuanto un individuo manifiesta el mínimo atisbo de independencia es tachado por la masa edulcorada que ha demonizado a todos aquellos que no siguen los prismas establecidos por ellos mismos. La rebeldía pasa por sus horas más bajas mientras algunos con alardes revolucionarios lo único que hacen mediante su sumisión miedosa cubierta de una audacia irreal es asentar lo establecido por unos pocos que controlan la opinión.  

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La sociedad, y la política, -recuerden que nuestros representantes no son más que un reflejo de lo que somos como comunidad-, están llenas de vicentes que van donde va la gente. Como decía en mi anterior artículo, Analfabetismo moderno, el espíritu critico se encuentra en peligro de extinción. Comportamiento conformista que obliga a los dirigentes a actuar impulsivamente sin replantearse lo que están defendiendo, siguiendo la corriente de las mentes sectarias.

Como dijo George Orwell: «Si la libertad significa algo, será decirle a la gente aquello que no quiere oír»

Lo digo sobre todo por la situación de que el Partido Popular adorne todos los perfiles en sus redes sociales con la bandera LGTBI o baile el agua a ese colectivo cuando todo el mundo sabe que es un brazo logístico del monstruo concebido por la izquierda que confunde libertad con libertinaje. Mezclan los términos porque si de verdad tuviéramos soberanía de pensamiento no se levantarían en armas cada vez que alguien es discordante con lo que se plantea.

Como dijo George Orwell: “Si la libertad significa algo, será decirle a la gente aquello que no quiere oír”. Comentarios que en absoluto son excluyentes con una sensibilidad determinada, lo que ocurre, es que la izquierda, -y la derecha le ha seguido la corriente en lugar de construir un movimiento alternativo-, ha sabido jugar sus cartas generando un monopolio al repartir carnés de homosexuales, de feministas y de inmigrantes. Si no apoyas al colectivo LGTBI, -recuerden que el que fuera candidato de Vox al Senado por Madrid, José María Marco es homosexual-, eres un homófobo en ciernes. Si no aplaudes al colectivo feminista caído en la marmita del marxismo, eres machista o un sucedáneo de mujer. Si aún siendo inmigrante condenas a los que saltan la valla y entran en España por la puerta de atrás, dejas de ser extranjero convirtiéndote en un español de ocho apellidos castizos.  

Parte del conservadurismo no se entera de que no han sido invitados, y nunca lo serán, a la fiesta de la falsa tolerancia que ha montado la presunta progresía. Continúan acudiendo a las mismas marchas en las que se les purga, insulta, escupe o humilla a la par que enarbolan símbolos que atentan contra sus valores. Es lo que tiene cuando sustituyes los principios inquebrantables por ideologías vacuas y cambiantes… Ya es hora de tomar conciencia de que determinados aspectos por mucho que se dulcifiquen nunca recibirán el visto bueno de los odiadores. Si no se dan cuenta de lo estéril que son los intentos del Partido Popular de llevarse la alabanza de los colectivos la formación de Pablo Casado dejará de ser la fuerza conservadora de referencia.      

Necesitamos más gente que diga lo que piensa porque si no la sociedad en su plenitud terminará pensando cómo actúa. Si el nacionalismo ha penetrado en nuestro territorio amenazando la integridad de la nación no es por sus habilidades de persuasión y propaganda, sino porque los que hemos podido hacer algo permanecemos impasibles ante la deriva e incluso ejecutamos prerrogativas para contentar a la minoría que disfruta imaginando las húmedas fantasías en la que España deja de ser una.

Feijóo manifiesta su preocupación por que el nacionalismo gallego asole su Galicia tras las elecciones de este domingo pero el Gobierno que preside ha emprendido la inmersión lingüística que obliga a los funcionarios a hablar en gallego o Francisco Camps se postuló virtualmente como alcalde de Valencia en las pasadas municipales para terminar con el control del nacionalismo de Compromis en su ciudad y al mismo tiempo este fue el que dejó la educación de los valencianos a merced de los pancatalanistas cuando era president de la Generalitat. Son rehenes de la tibieza y víctimas del miedo. 

Temor que ha viciado, prostituido la libertad. Incluso el llevar una bandera de España en la muñeca se ha convertido en una cuestión de señalamiento o de repulsa. Que se lo digan a Alejandra Fernández, cofundadora de Equipo Europa y consultora de Women Political Leaders (WPL), que impulsó una campaña en redes sociales sobre la inclusión de todos los españoles en nuestra enseña y se le echaron encima llegando a acosarla por discrepar de las tesis programadas. Ya son muchos los intelectuales, desde Arcadi Espada a Joaquín Estefanía los que avisan sobre la falta de soberanía en nuestro tiempo. Libertad que perdimos con Franco y que hemos vuelto a olvidar con la dictadura de lo políticamente correcto. 

Es tiempo de rebelarse, momento de decir lo que los oídos que todo lo oyen no quieren escuchar. 

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