Tengo un buen amigo que siempre que me llama me saca los mismos temas de conversación relacionados con la política. Que si Abascal no se qué, que si Sánchez no se cuántos. Él, virgen en el arte de comentar la actualidad social, haciéndose mala sangre por unos dirigentes a los que en realidad les importamos poco, se aísla de sus problemas existenciales creando unos nacidos de la externalidad folclórica.

Un servidor, en cierta manera intoxicado y hastiado de las circunstancias que nos rodean, afronta determinadas conversaciones anodinas con cierta desgana deseando cambiar de tema de conversación. No es que no me guste hablar de política, en absoluto, si no apreciase este arte de lo posible tan maltratado no tendría una columna política en este periódico. Me he vuelto selectivo no en el asunto que ocupa en los diálogos sino a las personas con las que los practico.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Como le digo a algunos de mis allegados, con tanta sobreinformación, me he vuelto un selectivo sibarita a la hora de expresar mis inquietudes sociopolíticas. Sin ánimo de parecer elitista, me aburren las conversaciones que empiezan con un insulto y terminan con un grito de indignación hacia el mismo dirigente que se ha apelado soezmente al principio. En cuanto escucho un “Sánchez es un sinvergüenza”, mi subconsciente me anestesia con la imagen de un mono tocando unos platillos que ejerce de centinela ante un individuo sin un ápice de pensamiento crítico.

Mientras nos emocionamos escuchando a nuestro político favorito, miles de personas hacen una cola del hambre en busca de sustento para no morir de hambruna

Si antes el fútbol era lo que se comentaba en los bares frente a las barras aceitosas mientras se agarraba una cerveza saboreando unas aceitunas, ahora, la política ha pasado a ser el espectáculo del momento con el que la ciudadanía se distrae de los problemas verdaderamente importantes. Pan y circo, que dirían los romanos.

Si en los espectáculos circenses de la antigüedad los gladiadores se enfrentaban a unas aguerridas bestias, ahora los dirigentes han cambiado la armadura por el traje y la espada por la palabra. Voces que en ocasiones penetran en el corazón y en el alma de los contrincantes como si les hubieran metido una estocada. Pablo Iglesias pronostica la estancia en prisión de Isabel Díaz Ayuso, un diputado del PP le recomienda a Íñigo Errejón ir al médico… Esto si que es un circo. Feria combinada con un teatro en el que cada personaje interpreta su papel. Héroes y villanos se intercambian los roles en función del prisma con el que el espectador observe la realidad.

Nos encanta tener sueños húmedos con las intervenciones de los parlamentarios. Como cuando un futbolista mete un gol, en el momento que un diputado endosa un zasca al de otra bancada se nos riza la piel y un escalofrío recorre nuestro cuerpo estimulando los rincones más inhóspitos de nuestra figura. Al mismo tiempo que ese as de la palabra se luce utilizando un lenguaje cuidado, cientos de personas mueren por Covid-19. Mientras nos emocionamos escuchando a nuestro político favorito, miles de personas hacen una cola del hambre en busca de sustento para no morir de hambruna. Justo cuando unos políticos presentan una moción de censura o convocan elecciones anticipadas, millones de personas intentan superar la desfigurada ola de la salud mental. A la par que Fran Hervías ordena su nuevo despacho en Génova mientras intenta desmembrar Ciudadanos desde dentro con la tendida mano negra de Teodoro García Egea, los hosteleros presencian con resignación cómo las ayudas siguen sin llegar viéndose obligados a cerrar sus negocios.

Tienen un problema moral. Están manifestando con gestos y palabras cómo ignoran los problemas reales de la ciudadanía, pero aun así continuamos albergando esperanza en nuestra clase política. Incluso personas maltratadas por el sistema siguen apoyando a determinados dirigentes a pesar de que día tras día no hacen más que socavar sus propios intereses. Los estrategas encontrarán la forma de hacerle creer que la medida tomada es beneficiosa para ellos pese a que en realidad no hace más que ahondar en el pozo en el que están metidos.

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