Andrés Manuel López Obrador, presidente de México.
Andrés Manuel López Obrador, presidente de México.

Por Guillermo Velasco*

“Vamos a salir fortalecidos, o sea, esta crisis nos vino como anillo al dedo para afianzar el propósito de la transformación”. Esta expresión del Presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, en los momentos más críticos de la crisis del COVID 19 en México, es un ejemplo claro de que la pandemia, más allá del impacto en la salud y en la economía de casi todos los países del mundo, ha sido una oportunidad extraordinaria para que muchos gobiernos con un perfil vertical y autoritario, incrementen su poder hegemónico al amparo del caos, la confusión, la parálisis y el miedo.

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Al igual que el caso de México, muchos gobiernos de izquierda en latinomericana han “fracasado” en su intento de construir sociedades prósperas e igualitarias con la promesa de terminar con modelos neoliberales y erradicar prácticas corruptas de regímenes anteriores. En casos como Venezuela, Nicaragua, Cuba, Ecuador, por citar solo algunos ejemplos, las promesas “redentoras” de caudillos populistas que en su día calaron hondo en el ánimo de sociedades sumidas en la pobreza, en la corrupción y en la inseguridad,
no se tradujeron más que en realidades más lacerantes y dolorosas que las que supuestamente buscaban erradicar.

El histórico grito “Mejor que Somoza cualquier cosa” derivó en el triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua, que sumió a aquella nación hermana en una pesadilla, en la que
además de pobreza e inseguridad, han sido canceladas todas las libertades.

No es la pretensión de esta artículo hacer un análisis profundo de la falta de resultados que han tenido muchos de estos regímenes revolucionarios, sino poner de manifiesto que, al amparo de crisis globales, dichos regímenes tienden a ampliar su verticalidad y poder hegemónico, cancelando libertades ciudadanas, en ocasiones de forma sutil, y muchas veces de manera completamente burda.

La pandemia ha sido una oportunidad extraordinaria para que muchos gobiernos con un perfil vertical y autoritario, incrementen su poder hegemónico al amparo del caos, la confusión, la parálisis y el miedo

En el caso de México, antes incluso que se supiera de la existencia del coronavirus, este país caminaba en una ruta preocupante en materia económica y en materia de inseguridad, no tan solo imputable, desde luego, al gobierno de López Obrador, pero ciertamente acrecentada a partir del triunfo de la autodenominada “Cuarta Transformación”.

México tuvo un nulo crecimiento económico en el año 2019, y los pronósticos más optimistas estiman que este país pasará de un estancamiento económico a una clara recesión en los próximos meses. En materia de seguridad la realidad no es muy distinta: conforme a cifras oficiales, el año pasado ha sido el más violento del que se tenga registro en este país, con cerca de 36 mil homicidios dolosos. En este 2020, la cosa tampoco pinta bien. Tan solo los pasados días 3 y 4 de mayo fueron asesinadas 200 personas en el país en diversos actos delictivos.

Esta realidad contrasta con la narrativa triunfalista del presidente López Obrador, cuya popularidad ha venido decreciendo en los últimos meses, pasando de más de 80% de aprobación al inicio de su mandato, a niveles en el orden de 50% de acuerdo a diversas encuestas. Su gestión, orientada más a la construcción de un proyecto político-ideológico que a la obtención de resultados, ha comenzado a generar decepción en importantes sectores de
la población, que visualizaban un cambio de rumbo positivo para México con la alternativa lopezobradorista. Incluso sectores de la población en condiciones de vulnerabilidad que compraron el discurso del combate a la corrupción y a la desigualdad social de este político mexicano, se han visto afectados en temas tan sensibles como la salud.

Nunca antes había existido en este país un desabasto de medicamentos tan grande como ahora, en el que incluso niños con cáncer de escasos recursos se han quedado sin medicamentos ante la ineficacia gubernamental y el afán de la nueva hegemonía política mexicana de desmantelar las instituciones de gobiernos anteriores, pese a que en muchos casos operaban de forma eficiente, en un afán de venganza política y una soberbia demencial.

Pero este escenario adverso al gobierno mexicano por su falta de resultados puede comenzar a cambiar en los próximos días. La crisis del COVID 19 ha significado para el presidente mexicano la oportunidad de relanzar su proyecto de la “Cuarta Tranformación”. Si bien la actitud de López Obrador frente a la pandemia fue criticada de inicio por amplios sectores de la población mexicana, quienes calificaban al presidente como ignorante e irresponsable ante el riesgo de contagios, ha comenzado a crecer en los últimos días el porcentaje de mexicanos que aprueban las acciones del gobierno en esta coyuntura.

Frases como «no dejen de abrazarse» o «los mexicanos estamos hechos de buena madera» son ya parte del anecdotario. El número de contagios en México sigue siendo una incógnita, ante la falta de pruebas y la opacidad con la que el gobierno ha manejado los datos con relación a enfermos y fallecidos.

Pero en todo caso, la salud, tema central en la narrativa mundial en torno a este fenómeno con el grito “Quédate en Casa”, no es hoy el tema medular para el gobierno mexicano.

Como en muchos países, la crisis que en verdad se avecina es la crisis económica. Miles de empresas mexicanas han cerrado, y consecuencia de lo anterior, se ha incrementado de forma alarmante el desempleo. Lo de quedarse en casa fue para muchos simplemente imposible. Un sector importante de la población vive al día y su tipo de trabajo no admite la virtualidad. La necesidad de comer ha significado que se le pierda el miedo al virus. La pobreza alimentaria en México crece a pasos agigantados. Viene una etapa de consolidación de nuevos pobres.

¿Cómo se impone el autoritarismo frente a este difícil panorama?

La autodenominada Cuarta Transformación ha encontrado en esta crisis mundial una oportunidad extraordinaria para promover la polarización social y generar una profunda división entre los mexicanos. La dialéctica promovida por el presidente y sus voceros ha llegado a extremos irracionales. El gobernador del estado mexicano de Puebla, Miguel Barbosa, incondicional del presidente hasta una abyección sin límites, llegó a declarar que el coronavirus es una enfermedad que “solo afecta a los ricos, porque los pobres son inmunes”.

La autodenominada Cuarta Transformación ha encontrado en esta crisis mundial una oportunidad extraordinaria para promover la polarización social y generar una profunda división entre los mexicanos

En el Estado mexicano de Jalisco, algunos periodistas dieron amplia cobertura a un viaje de familias de la alta sociedad jalisciense a Vail para esquiar, en virtud de que en dicho viaje algunas personas se habrían contagiado de virus, siendo el factor primigénio de contagio en la entidad. Lo anterior no pasó de un relato morboso, pero alineado a la intención de promover el enfrentamiento entre ricos y pobres en el contexto de la pandemia.

Pero la promoción del encono social al hilo de la emergencia sanitaria ha ido más lejos. Frente al complejo escenario para muchas empresas, el gobierno mexicano no tan solo no ha promovido un plan de reactivación de la planta productiva y una estrategia para conservar los empleos, sino que ha construido una narrativa para culpar a los empresarios de los despidos, ajustes en los salarios y otras medidas que han tenido que tomar haciendo una gran esfuerzo para mantener a flote las empresas. La Ministra del Trabajo de López Obrador, Luisa María Alcalde, se ha dedicado a exhibir en conferencias de prensa a las empresas que han despedido trabajadores. La estrategia es culpar a los empresarios del desastre que se avecina, para alentar el conflicto entre obreros y patrones, y pretender librar al presidente de la grave responsabilidad que tiene frente la profunda crisis económica que se está gestando.

Entre tanto, el gobierno mexicano reparte “ayudas” a sectores de la población que constituyen su base electoral más importante, especialmente a muchos jóvenes, a los que otorga becas y dádivas para fidelizarlos a su proyecto, pero a los que ha cancelado su futuro al dar marcha atrás a reformas educativas importantes que se habían parido en México para mejorar la calidad educativa, y en su lugar promover un proyecto de adoctrimamiento a través del control político de la educación. Y como los jóvenes, otros sectores de la población reciben dádivas y apoyos clientelares en el marco de la pandemia que, si bien son un espejismo, abonan al proyecto político del presidente, cuyo propósito principal en el corto plazo, es ganar mayoría
absoluta en el Congreso mexicano en las elecciones del 2021.

La estrategia es culpar a los empresarios del desastre que se avecina y librar al presidente
de la grave responsabilidad que tiene frente la profunda crisis económica que se está gestando

De la mano del desempleo y el hambre, es previsible que comience el pillaje y la revuelta social, misma que será aprovechada por el gobierno mexicano para ejercer mano dura en el manejo del poder. Crecerá el autoritarismo, los grupos de la delincuencia organizada, que han venido actuando con total impunidad, tendrán un mayor campo de acción en un escenario de gran inestabilidad social.

La acción de los militares cobrará más fuerza, no para erradicar la acción de los cárteles de la droga, mismos que han sido intocables, sino como forma de control político. Podrá darse un estado de excepción y si el escenario se torna muy crítico, no es descartable un auto golpe de
Estado a través del cual el presidente afianzará su poder de forma absoluta de la mano del sector castrense, al que ha privilegiado en los últimos meses con la asignación de proyectos de infraestructura de gran calado que representan negocios millonarios.

Es así que la pandemia no representa lo mismo para todos. Para muchos ciertamente ha significado dolor y muerte, para otros la pérdida de empleo y el ingreso a una ruta de pobreza, para otros tantos, la pandemia ha sido una anestesia social que los ha mantenido en un profundo letargo mientras gobiernos totalitarios aumentan su poder de manera desmedida al margen de la institucionalidad y los principios democráticos.

Es posible que el gobierno de México haya perdido popularidad, pero ha aumentado su poder, frente a una sociedad dividida, en algunas casos crítica, pero poco organizada y articulada como para enfrentar el zarpazo del populismo autoritario. El verdadero virus en toda esta historia es el virus de la polarización y el enfrentamiento, que ha tenido como consecuencia que amplios sectores de la población mexicana, cegados por el rencor y el odio, alimentado por el gobierno, sean incapaces de obervar que crece el poder del tirano. Lo que en realidad está en juego es la salud de la vida democrática, la vigencia de las instituciones y las libertades. México es un claro ejemplo, pero no el único, de lo que se gesta detrás de la pandemia. Se trata en verdad de un tema de vida o muerte.

* El autor es Doctor en Comunicación Pública por la Universidad de Navarra, Consultor en Comunicación y editorialista en diversos medios de comunicación mexicanos.

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