Por Eszter Párkányi.

Permítanme empezar diciendo lo siguiente: ya es hora de reformar la Unión Europea, y si la crisis actual no lo hace evidente, nada podrá hacerlo. Creo que hemos llegado a un punto sin retorno, en el que es inevitable debatir el futuro de la Unión Europea, si queremos evitar su posible disolución. Por un lado, la epidemia nos ha demostrado que la única manera rápida y eficaz de responder a una crisis de este tipo es hacerlo a nivel nacional.

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El Tratado de la Unión Europea, que proporciona el marco jurídico para la cooperación de los Estados miembros, trata de “crear una unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa”, que muchos interpretan como que la cooperación europea debe trascender el nivel de los Estados nacionales con el pasar del tiempo y la UE debe convertirse en un “superestado”. Pero Europa no sería la misma sin los Estados nacionales, ya que se basa en ellos; de allí que no importa lo estrecha que sea la cooperación con el tiempo, el nivel nacional deberá seguir siendo decisivo. 

Saltando de una crisis a la siguiente 

Al observar las dos últimas décadas de la Unión Europea, encontramos que ha habido muchas crisis que han golpeado al continente: la crisis económica mundial en 2008, la crisis de la eurozona, el conflicto ruso-ucraniano que estalló en 2014 y todavía tiene un efecto en la UE, la crisis migratoria de 2015 y la actual pandemia de coronavirus que provocará una recesión económica en la mayoría de los Estados miembros. 

Lo que todas tienen en común es que no fueron resueltas por la Unión Europea, ya que gran parte de la respuesta fue dada a nivel local, por los Estados nacionales, en función de sus propios intereses y funciones. Y no hay nada de malo en ello: de hecho, se puede decir en favor de los gobiernos que es una reacción natural pensar primero en su propio pueblo. Pero siendo así, hay que dejar de lado la hipocresía y no seguir con el mantra de una Europa unida “para bien o para mal”.

Esto puede sonar extraño, pero la crisis migratoria y la pandemia del coronavirus son en realidad bastante similares. La razón es que en ambos casos había una agencia europea designada para lidiar con cada tema: Frontex, en el caso de la migración –que se supone que se dedica a la protección de las fronteras exteriores de la Unión Europea–, y el Centro Europeo para el Control de las Enfermedades, que debería asesorar a los Estados miembros en caso de epidemia. 

Bueno, resulta que en el 2015 no vimos a los agentes de Frontex ayudar eficientemente a las agencias nacionales de protección fronteriza a detener la afluencia de migrantes  indocumentados. Y hoy tampoco podemos decir que el Centro Europeo para el Control de Enfermedades haya sido de mucha ayuda. De hecho, antes de que el virus apareciera en Europa, este organismo había emitido una declaración diciendo que no representaría ningún peligro para los ciudadanos europeos y que no era probable que se convirtiera en una pandemia en el territorio de la Unión Europea. Unas pocas semanas después decenas de miles de vidas se perdieron, demostrando que la agencia oficial estaba muy equivocada. 

La comunicación de la Comisión Europea también es difícil de seguir: tras permanecer en silencio durante semanas, la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, habló de la unidad, de tener un gran corazón en Europa en lugar de muchos corazones pequeños. Mientras tanto, al preguntarle a Stella Kyriakides, Comisionada de Salud y Seguridad Alimentaria, por la respuesta europea a la pandemia, ésta citó el Tratado y respondió con cinismo que la asistencia sanitaria es competencia nacional. 

El problema es que en los últimos años ha visto cómo la Comisión selecciona arbitrariamente qué competencias son propias de la UE y qué competencias son propias de los Estados miembro. Por ejemplo, la seguridad interna y la migración supuestamente también pertenecen a los Estados nacionales, pero de alguna manera al órgano ejecutivo de la UE no parecía molestarle introducir un sistema de cuotas obligatorio para redistribuir a los migrantes indocumentados que entraban en el territorio de la Unión, todo en nombre de la “solidaridad”. 

El renacimiento de los estado nacionales 

A la luz de todo esto, no es de extrañar que los Estados miembros no esperaran a que la Unión Europea les dijera cómo responder a la pandemia del coronavirus ni cómo proteger a sus ciudadanos. Cada Estado Miembro actuó más rápidamente de manera individual: se hizo patente el hecho de que en tiempos de crisis real y presente, solo pueden contar con ellos mismos. No perdieron el tiempo y cerraron sus fronteras como si el Tratado de Schengen nunca hubiera existido. Es su derecho hacerlo, aunque parezca un poco hipócrita. Muchos de ellos alababan la idea de las fronteras abiertas, pero ahora parece que en el fondo no creen que sea un concepto para defender hasta sus últimas consecuencias. 

Debido a la crisis económica que se cierne sobre Europa, parece que a nadie le importará llevar su déficit presupuestario por encima del 3 por ciento, lo que muchos están interesados en utilizar como un arma contra los países económicamente menos afortunados. Francia y Alemania, que en ocasiones han criticado a otros países por no mostrar suficiente solidaridad, prohibieron la exportación de suministros médicos clave casi de inmediato. Y entonces, ¿dónde quedó la tan mentada “solidaridad europea”? 

Pero todo esto es normal. Una nación es una comunidad de personas que hablan el mismo idioma, comparten una historia y una cultura, y tienen un sentido de pertenencia: comparten una identidad. Es una reacción de lo más natural buscar proteger a los suyos, no hay nada de qué avergonzarse; pero debemos ser totalmente honestos al respecto. 

Existe una cultura europea común basada en nuestra herencia judeocristiana, filosofía griega y derecho romano, pero no existe nada que se pueda llamar “nación europea”. Por lo tanto, no debemos actuar como si existiera. Podemos apreciar la cultura y la historia de los otros Estados miembros y no por eso sentir que son propias. 

Una de las moralejas de la gestión de las crisis de las últimas décadas es que el órgano institucional europeo es demasiado lento para reaccionar ante un acontecimiento repentino e imprevisible. Se dieron respuestas rápidas y eficaces a nivel nacional, mientras que la UE guardó silencio y no pudo actuar. Solo los Estados nacionales tienen los medios legales y la legitimidad para restringir ciertos derechos y libertades, y adoptar medidas con las que hacer frente a las consecuencias de una crisis, ya sea económica o de seguridad. 

Por lo tanto, en lugar de dirigirse hacia un futuro federalizado, la UE debería dar algo más de crédito a los Estados nacionales. Se lo han ganado. 

Una de las moralejas de la gestión de las crisis de las últimas décadas es que el órgano institucional europeo es demasiado lento para reaccionar ante un acontecimiento repentino e imprevisible. 

Las dos caras de la misma moneda: poniendo enmiendas a los Tratados 

A pesar de este panorama sombrío, quiero asegurarles a todos: hay una manera de salvar la situación y salvar a la Unión Europea de su posible disolución futura. 

No es un camino fácil ya que son los Tratados los que necesitan enmiendas. La última vez que éstos se abrieron a negociación fue hace más de una década, con el Tratado de Lisboa de 2007. Mucho ha cambiado desde entonces: la comunidad dio la bienvenida a dos nuevos Estados miembros y, desafortunadamente, tuvo que decir adiós a uno también. El déficit democrático del actual proceso de toma de decisiones, las instituciones de la UE que intentan tomar decisiones a espaldas de los ciudadanos y el mal manejo de las crisis están erosionando constantemente la confianza de los votantes en la UE. Esta es una de las razones por las que, por ejemplo, los ciudadanos del Reino Unido dieron un paso sin precedentes y decidieron abandonar la comunidad en 2016. 

Si este hecho no demuestra que es necesario introducir reformas, nada lo hará. Estas reformas deberían incluir cambios institucionales, pero también la redefinición de las competencias de la UE y los Estados miembros. 

Existen tres tipos de competencias concedidas a las instituciones de la UE: “competencia exclusiva”, significa que solo la UE puede adoptar legislación en este ámbito (en su mayoría relacionadas con el mercado único común y la política económica); “competencia compartida” en la que tanto la UE como los Estados miembros pueden legislar, pero estos solo pueden ejercer sus competencias si la UE no lo hace, y por último, pero no menos importante, las “competencias de apoyo” que solo permiten que la UE intervenga para apoyar, coordinar o complementar la acción de los Estados miembros (por ejemplo, cultura,
turismo, educación).

También es realmente importante que las competencias de la UE sólo puedan ejercerse de acuerdo con dos principios: proporcionalidad y subsidiariedad. La proporcionalidad significa que la UE solo puede adoptar las medidas realmente necesarias para alcanzar los objetivos establecidos en los Tratados, mientras que la subsidiariedad significa que, excepto para las “competencias exclusivas”, la UE solo puede actuar si los Estados miembros no pueden alcanzar efectivamente un determinado objetivo, y solo a nivel de la UE.

Las competencias de la UE solo puedan ejercerse de acuerdo con dos principios:
proporcionalidad y subsidiariedad

Ahora bien, tenemos que observar un fenómeno interesante en la política europea, que es la aparición de una nueva dicotomía: parece que la escisión creada por “Soberanistas vs. Federalistas” se está volviendo más importante que la clásica división de “Derechas o Izquierdas”. De hecho, los dos campos mencionados se han enfrentado desde el
comienzo de la historia de la Unión Europea.

Sin embargo, independientemente de las diferencias aparentemente irresolubles, la mayoría de ellos están de acuerdo en que la reforma es necesaria y que requiere la apertura de los tratados de la UE para su modificación. Por supuesto, cada uno con objetivos diferentes en mente.

Los soberanistas quieren una UE formada por Estados nacionales fuertes e independientes y, por consiguiente, no apoyan una mayor integración política ni una ampliación de competencias para instituciones de la UE. Tienden a estar orgullosos de su patrimonio nacional, su cultura y su historia. En contraste, los federalistas, que en su mayoría apoyan el multiculturalismo, las fronteras abiertas y una Europa centralizada, sueñan con un “Estados Unidos de
Europa”, que contrariamente a su nombre parece indicar, se asemeja sobre todo al sistema federal de Alemania, y no a un marco político como el que tiene Estados Unidos
de América.

Pero aun así, mientras que en los Estados Unidos de América la federación y la estructura de poder federal que la representa se formaron orgánicamente, las élites políticas y económicas de Europa están tratando de imponer una estructura de ese tipo a los países. Si logran alcanzar
su objetivo, eso significaría una integración política más estrecha, pero a precio de una pérdida de soberanía para los Estados nacionales.

La pregunta es: ¿qué se debería hacer? Las crisis de las últimas dos décadas han dejado claro que, si hay que actuar con rapidez, lo que funciona es el nivel nacional. Es necesario especificar los ámbitos que, a falta de una autorización específica, no deberían estar cubiertos por ninguna
legislación de la UE. De preferencia, las competencias exclusivas de la UE deberían abarcar únicamente los ámbitos más necesarios para mantener una cooperación económica. Este sería el mejor escenario posible, ya que significaría volver “a lo básico” del proyecto europeo. Los
Estados miembro por sí solos no tendrían suficiente poder para negociar a nivel global, pero como mercado único de casi 500 millones de personas, pueden ser un actor a escala mundial.

La Unión y sus predecesores fueron creados y conformados por Estados individuales con la expectativa de ejercer su soberanía junto con otros Estados miembro a través de las instituciones de la UE en la medida que se requiera.

Por consiguiente, la Unión Europea, que tiene personalidad jurídica desde que el Tratado de Lisboa entró en vigor en 2009, no tiene soberanía individual, solo existe y funciona gracias a los Estados nacionales. Podemos ver que la UE, como organización supranacional, tiene muchas ambiciones para avanzar hacia una integración más profunda intentando ampliar las competencias de la UE a expensas de la soberanía de sus Estados miembro, pero
todo lo que hace es crear conflictos tanto a nivel vertical como horizontal.

La diversidad de la UE, las posturas geopolíticas y las diferentes experiencias históricas de los Estados miembro impiden la aplicación de normas uniformes. Por lo tanto, si no quieren que más países tomen la decisión de abandonar la Unión, deben dejar de impulsar la formación de una unidad política artificial.

Está claro que, después de salir de la actual crisis de salud y la recesión económica que vendrá a continuación, las cosas ya no pueden seguir de la misma manera. No podemos actuar como si nada hubiera pasado. Tenemos que aprender la lección y decidir a dónde nos gustaría dirigirnos juntos.

Cuando se trata del futuro de la UE, tenemos que abrir los Tratados a las reformas institucionales y a la redistribución de competencias para crear una Europa de las Naciones,
trabajando juntos por nuestro interés económico común.

La UE pretende avanzar hacia una integración más profunda intentando ampliar sus
competencias a expensas de la soberanía de sus Estados miembro, pero todo lo que
hace es crear conflictos tanto a nivel vertical como horizontal.

*La Dra. Eszter Párkányi es una abogada Húngara. Trabaja como analista jurídica en el think tank conservador Center for Fundamental Rights. Estudió en la Facultad de Leyes y Ciencias Políticas de la Universidad ELTE de Budapest. Es experta en el desarrollo político y legal de la UE, Brexit y protección de la vida. 

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