Imagen referencial /Pixabay
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En su libro Vigilar y castigar, Michel Foucault refiere a un reglamento de una ciudad francesa de fines del siglo XVIII que prevé una serie de medidas a tomar bajo la eventualidad de una peste. Entre otras: “que la calle queda bajo la autoridad de un síndico, que la vigila”; que “se ordena a cada uno que se encierre en su casa, con la prohibición de salir”; que “cada familia habrá acumulado sus provisiones”; que “cuando es absolutamente preciso salir de las casas, se hace por turno, y evitando todo encuentro”.

Así, “no circulan por las calles más que los intendentes, los síndicos, los soldados de la guardia, y también entre las casas infectadas, de un cadáver a otro, los ‘cuervos’ que es indiferente abandonar a la muerte”. En semejante circunstancia, “la inspección funciona sin cesar. La mirada está por doquier en movimiento”, llevando un exhaustivo proceso de registro permanente.

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Para Foucault, la peste es el sueño político de la “sociedad disciplinaria”. El encierro, la reglamentación, el reticulado, el examen, la vigilancia, el castigo: tales son los elementos que subyacen, según el filósofo francés, a las instituciones médicas, psiquiátricas, militares, industriales, carcelarias, escolares. Así pues, la peste como modelo imaginario es capaz de instituir modelos reales de poder, en una instancia que Foucault llamará “poder disciplinario”.

Se ha hablado sin cesar de las consecuencias sanitarias y económicas de la pandemia. Pero, al menos hasta ahora, el análisis relativo al poder y la política parece estar totalmente ausente

Esta curiosa introducción viene a colación de lo siguiente: se ha hablado sin cesar de las consecuencias sanitarias, por un lado, y económicas, por otro, de la peste (pandemia) que actualmente aqueja al mundo. Algunas encuestas, inclusive, que ya han sido publicadas, relevan la preocupación ciudadana en términos de estas dos variables: salud (propia y ajena) y economía (nacional e individual). Pero, al menos hasta ahora, el análisis relativo al poder y la política parece estar totalmente ausente, no obstante lo cual, si alguna noción ha devenido universalmente compartida, ella es precisamente la de que esta pandemia cambiará el curso de los asuntos humanos para siempre. Ahora bien, si la política y lo político (el poder) son parte del fundamento mismo de esos asuntos humanos, parece absurdo entonces no tener nada para decir al respecto. Por ello, a través de esta columna y otras que pienso escribir en los días que vienen, quiero abordar algunos puntos que pueden ser relevantes.

En su “Post-scriptum sobre las sociedades de control”, Gilles Deleuze va más allá de Foucault, argumentando que, en virtud de los nuevos modos de producción, los entornos de encierro disciplinarios están condenados a perecer. Tiene bastante sentido: en un mundo en el que la producción se basa crecientemente en información y comunicación, la inflexibilidad, el rigor, el encierro que supone el sueño de la “peste”, constituye un sueño anacrónico y terriblemente improductivo. Byung-Chul Han en su Psicopolítica ha completado este análisis: el poder, además de no precisar más encierro, tampoco precisa hoy, al menos en gran medida, coerción, pues no es el cuerpo sino la psique su objeto ahora privilegiado.

¿Cómo podemos pensar el poder y, sobre todo, lo que el poder puede llegar a ser el poder, con arreglo a estas ideas? ¿Qué podemos extraer de todo esto?

En primer lugar, diría que otra vez nos damos la cabeza contra la pared de la ideología del progreso. Los acontecimientos interrumpen la ficción idealizada de una historia que se mueve por un carril lineal de progresiva emancipación. La segunda Guerra Mundial fue una pared al respecto, inspiradora de La dialéctica de la ilustración de Adorno y Horkheimer. Las aventuras nucleares, más adelante, expusieron algo de todo esto otra vez: el peligro de la propia destrucción total. Pero ello ha quedado muy lejos en el tiempo, sobre todo para generaciones acostumbradas a cambiar su teléfono cada 6 meses por el subsiguiente modelo que, desde luego, es siempre mejor que el anterior. La ideología de la historia general de la humanidad presenta la misma tendencia que la curva de evolución del IPhone: el nuevo es siempre mejor. Y ocurre hoy, sin embargo, que una pandemia por ahora incontrolable pone en jaque la salud a nivel global, detiene la economía y, en lo que aquí hago foco, devuelve la biopolítica y el modelo del encierro al primer plano. El poder, en otras palabras, otra vez nos necesita encerrados.

Al ser la versión más soft del poder, el psicopoder se diluye subjetivamente en la emergencia rigurosa del biopoder, mucho más duro y evidente que aquel

Mientras tanto, sin embargo, los mecanismos psicopolíticos operan en segundo plano, pues las tecnologías (Big-Data y espionaje cibernético particularizado) en que estos se basan continúan operando. Mezcla de vigilancia y mimesis: los muchos siendo vistos por pocos (expertos en recolección y análisis de datos), por un lado, y los muchos mirando a unos pocos (‘influencers‘), por otro. El uso de las redes e Internet presentará un aumento exponencial en tiempos de cuarentena: todo tendrá lugar en ellas. El “segundo plano” del psicopoder es, en efecto, simplemente subjetivo: lo “sentimos” de tal manera, precisamente porque no lo sentimos habitualmente. Al ser la versión más soft del poder, el psicopoder se diluye subjetivamente en la emergencia rigurosa del biopoder, mucho más duro y evidente que aquel.

El poder político como tal, bio y psico, ha aumentado significativamente y seguirá aumentando conforme pase el tiempo.

Occidente está listo para implementar dispositivos de control social propios del totalitarismo chino: las condiciones necesarias para legitimar semejante poder están emergiendo con toda velocidad. Esto podría cambiar su curso solo si, llegada determinada instancia sin solución de continuidad, el Estado quedara totalmente desfinanciado y su aparato empezara a desmoronarse. Pero por ahora, la curva es necesariamente ascendente. La regulación de la conducta en el marco de la “peste” así lo demanda pues, guste o no, la nuestra es una sociedad estatizada: esto es, que no sabe cómo articularse y ordenarse más allá del Estado.

La ausencia generalizada de valores cívicos y virtudes personales y comunitarias, con arreglo a los cuales el poder político podría gozar de un rol importante pero no total (pues la articulación sería en gran medida comunitaria), ahora son demandadas con desesperación. Y ahora parece obvio que la res publica hace rato que no existe: todo lo que hay son relaciones estatizadas e intercambio mercantil.

El espíritu comunitario que se demanda no puede más que presentarse (con honrosas excepciones, claro) en forma de Narcisismo 2.0: “Aquí estoy yo, en mi casa, como es debido, haciendo mis ejercicios para no perder la forma de mi cuerpo, o bien viendo tal o cual película, y quiero darte esta lección moral (no política, desde luego) a vos, porque yo soy un ciudadano de bien”. No va más de ello en general.

La peste deviene en excusa lúdica que permite tipos inéditos, e incluso épicos, de caricias al ego. Y como no es virtud, sino narcisismo, habrá que ver qué queda de todo esto tras uno o dos meses de cuarentena y encierro.

No obstante, si por algún motivo la “peste” reforzara la virtud comunitaria, el desmedido crecimiento del poder político (bio y psico), tras el fin de la pandemia (si es que ese fin efectivamente llega), podría ser bien controlado y aminorado. La sociedad, con espíritu de comunidad, devendría en un actor social decisivo, consciente de sí, “empoderado”, como está de moda decir ahora. Caso contrario, hay que prepararse para un Estado (en el caso en que el Estado sobreviva a la pandemia, desde luego, y eso depende de la cantidad de tiempo que esto dure) más legitimado que nunca para hacer lo que se le venga en gana: ¿por qué la vigilancia habría de cesar luego de eventualmente superada la pandemia? Es sabido que cuando el Estado crece, achicarlo suele ser tarea prácticamente imposible.

Pero quedan abiertos innumerables interrogantes que intentaré abordar en próximas entregas.

.* Publicado el 21 de marzo de 2020 en PanamPost.

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Agustín Laje (Córdoba, Argentina, 1989) se ha convertido en la bestia negra del feminismo radical en Hispanoamérica a través de sus libros (entre los que destaca 'El libro negro de la nueva izquierda', escrito junto a Nicolás Marquez), sus vídeos e intervenciones en redes sociales y foros internacionales. Es fundador y director de la Fundación Centro de Estudios LIBRE de Argentina.